9 jul. 2009

Algunos economistas creen que ya terminó la recesión

Por Kelly Evans

Puede parecer absurdo, pero algunos economistas dicen que es altamente probable que la recesión estadounidense, (que comenzó en diciembre de 2007) haya terminado hace meses.

La voz más reciente en opinar sobre el tema es Christopher Rupkey, el economista financiero en jefe de Bank of Tokyo-Mitsubishi UFJ. En una nota enviada el lunes por la mañana, dice que una recuperación en forma de V, en la que la economía no sólo se recupera sino que gana fuerza rápidamente, es "quizás no tan descabellado como piensan".

"Los consumidores y negocios han pospuesto compras por seis meses, la población aún está creciendo a cerca de 1,2% por año y si la tasa de desempleo está cerca de tocar su punto más alto, entonces el crecimiento podría ser más firme de lo esperado en la segunda mitad de 2009", escribe.

Para solventar su argumento de que la recesión ya terminó, él señala una serie que en el pasado ha sido un muy buen indicador de los cambios en el ciclo de negocios: las solicitudes semanales de beneficios por desempleo. Esta serie alcanzó su cenit en la semana del 28 de marzo cuando se registró una cifra estacionalizada de 674.000 nuevas solicitudes, desde entonces ha retrocedido, aunque se mantiene históricamente alto. Si ese cenit se mantiene, significa que la recesión probablemente terminó en abril o mayo, dijo.

El "fin" de una recesión típicamente se refiere al mes en el que los declives en el crecimiento económico alcanzan su fondo. Usualmente, no está claro sino hasta mucho después de sucedido, por lo cual el comité de fijación de fechas del ciclo de negocios de la Oficina Nacional de Investigación Económica de EE.UU., la cual declara los puntos altos y bajos del ciclo económico, a menudo toma varios meses o un año para hacer su anuncio. Por ejemplo sólo anunciaron en diciembre de 2008 que la recesión actual había comenzado en el mismo mes del año anterior.

Esta no sería la primera vez que el comité ve el fondo en el ciclo de actividad económica pese a la continua debilidad en un área clave: el mercado laboral. De hecho el gobierno estadounidense reportó el jueves pasado que EE.UU. recortó otros 476.000 empleos en junio y que la tasa de desempleo alcanzó el 9,5%. La "recuperación" sin empleos vista en las últimas dos recesiones podría volver a presentarse en esta ocasión. En 2001, por ejemplo, la recesión terminó en noviembre, pero la tasa de desempleo continuó subiendo hasta mediados de 2003.

Sin embargo, Rupkey indica que la profundidad del declive actual implica que una recuperación más brusca, como las vistas en los años 70 y 80 es posible ahora. Esos declives, indica, "tuvieron recuperaciones reales en el PIB en los dos primeros años con promedios de 4,7% y 6,5% respectivamente.

8 jul. 2009

Por qué la ayuda internacional hace más daño que bien a África

Por Dambisa Moyo

Hace un mes visité Kibera, la mayor barriada pobre de África. Más de un millón de personas viven en este suburbio de Nairobi, la capital de Kenya, donde tratan de ganarse la vida en un área de una milla cuadrada — más o menos el 75% del tamaño del Parque Central en Nueva York. Es un mar de chozas de aluminio y cartón que para muchas familias olvidadas es su hogar.

La idea de una barriada chabolista trae a la mente imágenes de niños jugando entre pilas de basuras, sin agua potable, y con el hedor de aguas residuales. Kibera cumple las expectativas.

Lo que resulta tremendamente desalentador es que tan sólo a unos metros de Kibera está la sede del Programa de las Naciones Unidas para Asentamientos Humanos, que, con un presupuesto anual de millones de dólares, tiene el cometido de "promover pueblos y ciudades social y medioambientalmente sostenibles con el objetivo de proporcionar un resguardo adecuado para todos".

Kibera es una llaga abierta en Kenya, un país con uno de los mayores índices de cooperantes al desarrollo per cápita. Es también el país donde en 2004, el enviado especial británico Edward Clay se disculpó por subestimar el alcance de la corrupción gubernamental y por no haberla denunciado antes.

Dar limosnas a África sigue siendo una de las ideas más populares de nuestro tiempo —lo piden millones de personas en multitudinarias marchas, se juzga a los gobiernos por su compromiso al respecto y los famosos pontifican sobre su necesidad. Los llamamientos a doblar la ayuda a África van en aumento, y sus proponentes están presionando para que se doble la entrega de US$50.000 millones en asistencia internacional que África recibe cada año.

Sin embargo, ha quedado determinantemente probado que la asistencia a África a empobrecido aún más a los pobres, y ha ralentizado el crecimiento. La insidiosa cultura de la asistencia ha dejado a los países africanos con aún más deuda, más propensión a la inflación, más vulnerables a los vaivenes de los mercados de divisas y menos atractivos para la inversión de calidad. Ha hecho aumentar el riesgo de conflictos civiles (el hecho de que más de 60% del África subsahariana tenga menos de 24 años y pocas posibilidades de prosperar es motivo de preocupación). La asistencia es un desastre político, económico y humanitario.

Pocos se atreven a negar que existe un claro imperativo moral para la ayuda humanitaria y benéfica en casos necesarios, como durante el tsunami de 2004 en Asia. Sin embargo, cabe recordar lo que la ayuda de emergencia y benéfica puede y no puede conseguir.

Las becas financiadas con asistencia ciertamente han ayudado a que niñas africanas vayan a la escuela (sin importar que no podrán encontrar un trabajo en sus propios países cuando se gradúen). Este tipo de ayuda puede proveer un parche para aliviar el sufrimiento inmediato, pero por su propia naturaleza no puede ser una plataforma de crecimiento sostenible.

Independientemente de sus características positivas y negativas, la ayuda benéfica de este tipo es poca comparada con el mar de dinero que África recibe anualmente en ayuda intergubernamental o de grandes instituciones de desarrollo como el Banco Mundial.

En los últimos 60 años, al menos US$1 billón (millón de millones) en ayuda al desarrollo ha sido transferida de países ricos a África. Pero los ingresos per cápita hoy es más reducido que en los años 70, y más del 50% de la población —más de 350 millones de personas— viven con menos de un dólar al día, una cifra que se ha casi doblado en dos décadas.

Incluso tras las agresivas campañas de paliación de deuda de los años 90, los países de África siguen pagando cerca de US$20.000 millones en repagos de deuda cada año, un potente recordatorio de que la ayuda no es gratuita. Para mantener el sistema en funcionamiento, la deuda se repaga a expensas de la educación y los servicios médicos africanos. Los llamados bienintencionados a cancelar la deuda tienen poco peso cuando dicha cancelación viene seguida con nuevas entregas de ayuda, y el ciclo vicioso vuelve a empezar.

En 2005, sólo semanas antes de la conferencia del G-8 que tenía a África como tema prioritario de su agenda, el Fondo Monetario Internacional publicó un informe titulado "La Asistencia No Aumentará el Crecimiento en África". El informe advertía a gobiernos, donantes y proponentes de que deberían ser más modestos en sus reivindicaciones de que más ayuda resolvería los problemas de África. A pesar de dichos comentarios, no se han realizado esfuerzos serios por reducir la dependencia de África de esta droga debilitante.

La crítica más evidente a la asistencia es su nexo con una corrupción desenfrenada. Los flujos de una asistencia destinada a ayudar al africano promedio acaban por beneficiar a abultadas burocracias gubernamentales y organizaciones no gubernamentales financiadas por gobiernos.

En una audiencia ante el Comité del Senado de Relaciones Exteriores de EE.UU. en mayo de 2004, Jeffrey Winters, profesor de Northwestern University, argumentó que el Banco Mundial había participado en la corrupción relacionada con US$100.000 millones de sus préstamos destinados al desarrollo.

En 2002, la Unión Africana, una organización de países africanos, estimó que la corrupción le estaba costando al continente US$150.000 millones al año, mientras los donantes internacionales aparentemente estaban ignorando el hecho que los fondos de asistencia estaban teniendo el efecto involuntario de fomentar la corrupción. Con pocas condiciones ligadas a los fondos, hasta ahora ha sido común que los fondos sean usados para cualquier cosa menos los propósitos de desarrollo para los que estaban destinados.

En Zaire – hoy en día conocido como la República Democrática del Congo —Irwin Blumenthal (nombrado por el FMI a un cargo en el banco central del país) advirtió en 1978 que el sistema era tan corrupto que no había "ninguna (repito, ninguna) posibilidad de que los acreedores de Zaire recuperaran su dinero". Aún así, el FMI pronto le dio al país el mayor préstamo que había otorgado a un país africano. Según la agencia de monitoreo de corrupción Transparencia Internacional, Mobutu Sese Seko, el presidente de Zaire entre 1965 y 1997, habría robado al menos US$5.000 millones al país.

Hoy es ligeramente mejor. Hace un mes, el ex presidente de Malawi Bakili Muluzi fue acusado de desviar dinero de ayuda por US$12 millones. El ex presidente de Zambia Frederick Chiluba (uno de los consentidos del desarrollo durante su mandato entre 1991 y 2001) se mantiene involucrado en un caso legal que ha revelado que millones de dólares fueron desviados de programas de salud, educación e infraestructura hacia su propio fondo de efectivo. Y sin embargo, la ayuda continúa llegando.

Una economía naciente necesita un gobierno transparente y responsable por sus actos y un servicio civil eficiente para ayudar a cumplir las necesidades sociales. Su gente necesita trabajos y creer en el futuro del país. Un exceso de ayuda ha mostrado que no es suficiente para ayudar a lograr estas metas.

Un flujo constante de dinero "gratuito" es la manera perfecta de mantener a un gobierno ineficiente, o sencillamente malo, en el poder. A medida que la ayuda fluye, el gobierno no tiene que hacer nada más. No tiene que subir los impuestos y, siempre y cuando le pague al ejército, no tiene que preocuparse del descontento de sus ciudadanos. Sin importar si sus ciudadanos no tienen representación (al no haber impuestos no puede haber representación). Todo lo que el gobierno realmente necesita hacer es cortejar y cuidar a sus donantes extranjeros para mantenerse en el poder.

Atascado en un mundo de ayuda sin incentivos, no hay razones para que el gobierno busque otras formas, mejores y más transparentes de recaudar la financiación para el desarrollo (tales como acceder al mercado de bonos, pese a lo difícil que pueda ser). El sistema de ayuda alienta a los gobiernos de países pobres a levantar el teléfono y pedirle a las agencias de donación la siguiente infusión de capital. No es una sorpresa que a lo largo de África, más del 70% de los fondos públicos provengan de la ayuda extranjera.

En Etiopía, en donde la ayuda extranjera representa más del 90% del presupuesto del gobierno, un mero 2% de la población del país tiene acceso a teléfonos celulares. (El promedio en África es de cerca de 30%). Tal vez no sea preferible que el gobierno gane dinero al vender sus licencias celulares generando así los muy necesarios ingresos de desarrollo y entregándole a sus ciudadanos un servicio telefónico que a su vez podría estimular la actividad económica?

Miren lo que ha sucedido en Ghana, un país en el que después de décadas de gobierno militar, que ascendió al poder a través de un golpe de estado, un gobierno pro-mercado ha registrado avances alentadores. Los agricultores y pescadores ahora usan sus teléfonos celulares para comunicar con sus agentes y clientes a lo largo del país para encontrar en dónde son más competitivos los precios. Esto se traduce en numerosas oportunidades para la auto-sostenibilidad y generación de ingresos, lo cual, con cierto estímulo, puede ser rápidamente duplicado a lo largo del continente.

Para impulsar los prospectos económicos de un país, los gobiernos necesitan un sector público eficiente. Pero el sector público es naturalmente propenso a la burocracia y casi siempre se siente el riesgo del clientelismo y el deseo de envolver a los ciudadanos en una interminable madeja de trámites. Lo que la ayuda hace es convertir a ese peligro en una sombría realidad. Esto ayuda a explicar por qué hacer negocios a lo largo de buena parte de África es una pesadilla. En Camerún le toma a un emprendedor cerca de 426 días el llevar a cabo 15 procedimientos para obtener una licencia comercial. ¿Qué empresario desea gastar 119 días llenando formularios para iniciar un negocio en Angola? Esta persona probablemente consideraría primero a EE.UU. (40 días y 19 trámites) o a Corea del Sur (17 días y 10 trámites).

Incluso lo que parecería una intervención benigna en apariencia, puede tener consecuencias terribles. Digamos que hay un fabricante de mosquiteros en un pequeño pueblo de África. Digamos que emplea a 10 personas que en conjunto fabrican 500 mosquiteros por semana. Típicamente, estos 10 empleados sostienen más de 15 familiares casa uno. Un programa inspirado por los gobiernos occidentales generosamente le da a la región afectada 100.000 mosquiteros gratis. Esto rápidamente quiebra al fabricante de mosquiteros y deja a sus 10 empleados sin los medios para sostener a sus 150 dependientes. En un par de años, la mayoría de los mosquiteros donados estarán rotos y serán inútiles, pero entonces ya no habrá un fabricante de mosquiteros al cual recurrir. Entonces necesitarán más ayuda y los gobiernos africanos una vez más podrán abdicar sus responsabilidades.

La ayuda alimentaria ha sido similar, lo cual históricamente ha hecho poco para apoyar a los agricultores africanos. Bajo los auspicios del programa estadounidense Alimentos por Paz, cada año millones de dólares son usados para comprar comida cultivada en Estados Unidos que luego es enviada a través de los océanos. Uno se pregunta cómo un sistema que inunda a los mercados extranjeros con alimentos estadounidenses, el cual quiebra a los agricultores locales puede ser bueno para África. Una mejor estrategia sería usar el dinero de ayuda para comprarles alimentos a los granjeros al interior del país y luego distribuir esa comida a los ciudadanos más necesitados.

También hay que tener en cuenta la "enfermedad holandesa", un término que describe cómo grandes flujos de dinero pueden acabar con el sector exportador de un país al incrementar los precios internos y por lo tanto haciendo que sus bienes sean demasiado costosos como para exportarse. La ayuda tiene el mismo efecto. Grandes cantidades de ayuda en dólares que inundan a las frágiles economías en desarrollo causan que la moneda doméstica se fortalezca en contra de las monedas extranjeras. Esto es catastrófico para el empleo en países pobres en donde el bienestar de la gente depende de ser relativamente competitivos en el mercado global.

Para combatir la inflación inducida por la ayuda, los países deben emitir bonos para absorber el subsiguiente torrente de dinero que baña a la economía. Por ejemplo, en 2005 Uganda fue forzado a emitir tales bonos para reducir el exceso de liquidez en cerca de US$700 millones. Los pagos de intereses en esto eran de cerca de US$110 millones anuales.

El estigma asociado a los países que dependen de la ayuda no debería ser subestimado o ignorado. Es el ocasional inversionista que desea arriesgar su dinero en un país que es incapaz de sostenerse por sus propios medios y gestionar sus asuntos de manera sostenible.

África sigue siendo el continente más inestable del mundo, afligido por los desordenes civiles y la guerra. Desde 1996, 11 países han estado involucrados en guerras civiles. Según el Stockholm International Peace Research Institute, en la década de los 90, África tuvo más guerras que el resto del mundo combinado. Aunque mi país, Zambia, no ha tenido la desafortunada experiencia de una guerra civil, viví ciando era niña la incomodidad de vivir bajo toque de queda (en donde todo mundo debía estar en sus casas entre 6 p.m. y 6 a.m., lo cual implicaba correr de la escuela o el trabajo) y de vivir bajo el miedo de los inciertos resultados de un intento de golpe de estado en 1991, experiencias que tristemente no son ajenas a muchos africanos.

Los choques civiles a menudo son motivados por el conocimiento de que al hacerse con el poder, el ganador obtiene un acceso virtualmente completo al paquete de ayuda. En los últimos meses ha habido al menos tres trastornos políticos a lo largo del continente en Mauritania, Guinea y Guinea Bissau (cada uno de los cuales sigue siendo dependiente de la ayuda extranjera). El gobierno de Madagascar fue derrocado por un golpe hace un par de semanas. La continua volatilidad política a lo largo del continente funciona como un recordatorio de que los esfuerzos de ayuda financiera inyectan la democracia a la fuerza a economías que enfrentan cada vez más pobreza y difíciles prospectos económicos que en el mejor de los casos son precariamente vulnerables. El éxito político a largo plazo sólo puede ser alcanzado una vez se haya establecido una sólida trayectoria económica.

Los partidarios de la asistencia argumentan que los US$13.000 millones (US$100.000 millones en términos actuales) de ayuda a través del Plan Marshall después de la Segunda Guerra Mundial ayudó a rescatar a Europa de un abismo económico, y que la asistencia podría funcionar, y funcionaría, si África tuviera un buen contexto regulatorio.

Los proponentes de la ayuda no mencionan que las intervenciones del Plan Marshall fueron cortas, intensas y con punto final, a diferencia de los compromisos abiertos que no fomentan la innovación porque hacen que los gobiernos se crean con derecho indefinido a la ayuda. Y los partidarios de la asistencia no dedican mucho tiempo al misterio de por qué un país que funciona buscaría asistencia en lugar de otras, y mejores, modalidades de financiación. Ningún país ha conseguido el éxito económico dependiendo de la ayuda hasta el punto que lo hacen muchos países de África.

La buena noticia es que sabemos lo que funciona; lo que causa crecimiento y lo que reduce la pobreza. Sabemos que las economías que dependen de compromisos de asistencia abiertos fracasan casi universalmente, y que los que no dependen de la ayuda tienen éxito. Ejemplos de los segundo son, por ejemplo, China e India, e incluso Sudáfrica y Botswana. Su estrategia de financiación al desarrollo enfatiza la importancia del rol del sector privado y los mercados por encima de un sistema obsoleto de asistencia al desarrollo que promueve entregas de dinero.

Los países africanos podrían empezar emitiendo bonos para recaudar fondos. Sin duda, acceder a los mercados tradicionales de capital de EE.UU. y Europa sigue siendo un reto. Pero los países africanos podrían explorar oportunidades para recaudar fondos en mercados no tradicionales como Oriente Medio y China (que tienen reservas de divisas de más de US$4 billones). El actual desasosiego en el mercado, además, provee una oportunidad para los países africanos de centrarse en conseguir calificaciones de crédito (un pre-requisito para acceder a los mercados de bonos), y de prepararse para cuando los mercados de capital vuelvan a cierto grado de normalidad.

Los gobiernos deben atraer más inversión extranjera directa creando estructuras fiscales atractivas y reduciendo las barreras burocráticas y regulaciones complejas para las empresas. Los países africanos deberían también centrase en aumentar el comercio; China es un socio prometedor. Y los países occidentales pueden ayudar eliminando el ciclo de dar algo a cambio de nada. Ya es tiempo de que haya un cambio.

Dambisa Moyo, una ex economista de Goldman Sachs y autora de Dead Aid: Why Aid Is Not Working and How There Is a Better Way for Africa.

7 jul. 2009

¿Debe Alemania modificar su modelo exportador?

Por Marcus Walker

BERLÍN—Alemania, bajo los efectos de una gigantesca caída de las exportaciones, cree firmemente que no hay alternativa: las exportaciones deben seguir siendo el motor de su crecimiento. Aunque hay una alternativa, el país sencillamente no tiene el estómago para digerir los cambios que requeriría.

El Producto Interno Bruto, el valor de todos sus bienes y servicios, ha descendido cerca de 7% en los últimos cuatro trimestres, lo que se atribuye principalmente a que el resto del mundo está comprando menos bienes alemanes.

Una lección de esta crisis es que si hay algo peor que sufrir un colapso crediticio, como le pasó a Estados Unidos, es depender de clientes que atraviesan por una crisis crediticia.

Cuando las exportaciones representan hasta el 47% del PIB y caen 17% respecto de igual lapso del año previo, como le ocurrió a Alemania en el primer trimestre, el efecto es borrar de un plumazo años de crecimiento económico.

Existen tres maneras en las que Alemania, la cuarta economía del mundo, puede responder a estos desafíos.

Una es quedarse tranquila y esperar a que el comercio global se recupere. Esto es lo que el gobierno de la canciller Angela Merkel y la mayoría de las empresas alemanas piensan hacer. En su opinión, esta recesión es un gigantesco bache cíclico, pero los fundamentos de la economía del país siguen siendo sólidos.

Los defensores del status quo sostienen que la dependencia de las exportaciones refleja las ventajas comparativas del país. Alemania es buena en ingeniería y otros países, especialmente aquellos en rápido desarrollo como China, necesitan mucha maquinaria nueva. El gobierno, por lo tanto, está subsidiando las nóminas de las compañías para preservar sus fuerzas laborales y conocimientos hasta que los extranjeros vuelvan a abrir la billetera.

Pero ser el fabricante de herramientas del mundo tiene sus desventajas. El gasto global en inversión puede ser muy volátil, como lo ha demostrado la actual recesión.

Nadie sabe si las exportaciones alemanas crecerán después de la recesión tan rápido como lo hicieron en los años de bonanza, porque Estados Unidos y partes de Europa ahorrarán más y consumirán menos, al menos durante un tiempo.

Además, el empleo en los principales sectores de exportación de Alemania (maquinaria, autos y químicos) ha venido decayendo a largo plazo a medida que las compañías reducen costos y trasladan su producción a países más económicos para mantenerse competitivas. En realidad, el breve repunte de Alemania en los últimos años pudo haber sido el canto del cisne para la base manufacturera alemana de la posguerra.

Una segunda opción es incrementar el consumo doméstico, y los sindicatos dicen que es algo que debió haber pasado hace tiempo. La competitividad exportadora alemana se ha logrado a expensas del consumo interno, afirman los sindicatos, porque por años las empresas han intimidado a los trabajadores para que renuncien a recibir aumentos de sueldos por años. El ingreso disponible para el consumo a duras penas se elevó durante la racha de crecimiento del país entre 2005 y 2008, cuando el PIB aumentó cerca de 7%. A diferencia de los estadounidenses, a los consumidores alemanes no les gusta comprar con tarjetas de crédito para suplir sus estancados ingresos.

Para revivir el crecimiento de los salarios, los sindicatos alemanes quieren que el gobierno establezca un salario mínimo nacional y la obligatoriedad de las tarifas negociadas por los sindicatos en varios sectores. "El equilibrio de poder en el mercado laboral se ha inclinado a favor de las compañías en los últimos años, y debemos cambiar eso", dijo Gustav Horn, director del Macroeconomic Policy Institute, un grupo de expertos apoyado por los sindicatos en Dusseldorf.

Sin embargo, un alza de los salarios por vía de la regulación podría perjudicar las perspectivas de empleo de los trabajadores menos calificados. Y el empleo es la clave para estimular el consumo. "La gente que gana o pierde trabajos cambia sus patrones de consumo más que aquella que recibe un aumento de sueldo", dice Elga Bartsch, economista de Morgan Stanley en Londres.

La tercera opción sería estimular la inversión en nuevos sectores, para suplementar las tradicionalmente fuertes industrias alemanas de autos e ingeniería. Muchas industrias basadas en el conocimiento y los servicios que han impulsado el crecimiento en otras partes, como computadoras y software, farmacéuticos y biotecnología no han prosperado tanto en Alemania.

"Alguien creó una ventaja comparativa en maquinarias y BMW en la década de los 60, pero nadie ha creado mucho desde entonces", dice Adam Posen, subdirector del Peterson Institute for International Economics en Washington. Las políticas públicas en Alemania y el sistema bancario del país, dominado por el Estado, se enfocan en apoyar a las compañías existentes en vez de las emergentes, dice Posen.

Alemania está, hasta cierto punto, tratando de promover nuevos sectores. Los subsidios, por ejemplo, han convertido al país en líder en energía solar. Pero Alemania es penúltima en el número de nuevas empresas entre 18 economías avanzadas estudiadas por el Global Entrepeneurship Monitor, un proyecto de investigación internacional.

Fuente: WSJ

6 jul. 2009

La crisis afecta las corrientes migratorias internacionales

Por Patrick Barta y Paul Hannon

BANGKOK—La crisis económica global está golpeando a los inmigrantes en todo el mundo con mayor virulencia que a los trabajadores nativos y ha frenado un incremento de décadas en la migración internacional, informó el martes la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Los países ricos, incluyendo EE.UU., deben evitar tomar medidas para desalentar la inmigración, debido a que muchos de ellos necesitarán inmigrantes a largo plazo, dijo el grupo, con sede en París en su reporte anual de migración.

La OCDE encontró que las tasas de desempleo para los inmigrantes están subiendo más rápido que las de los trabajadores nativos en muchos países industrializados, en parte debido a que los inmigrantes tienden a gravitar hacia industrias como la construcción, que han sido muy vapuleadas por el declive.

Los inmigrantes también son más aptos para ocupar posiciones temporales o de medio tiempo que son fáciles de eliminar cuando la situación económica empeora. En EE.UU., la tasa de desempleo para inmigrantes bordea el 10%, frente a 9,4% para la población general, un cambio de dirección de tendencias anteriores.

Antes de la crisis económica, los niveles de desempleo para los inmigrantes eran más bajos que para la población nativa, una situación que los economistas dicen que es común debido a que los inmigrantes tienden a estar dispuestos a tomar cualquier trabajo disponible. Otros países como España también han visto grandes incrementos en el desempleo de inmigrantes.

Las cifras confirman lo que muchos economistas sospechaban durante meses, que las economías desarrolladas se están volviendo menos atractivo para los inmigrantes. Hasta 2008, los flujos globales de migración se incrementaron constantemente a medida que las economías prósperas se quedaban cortas de trabajadores y el costo de las comunicaciones y los viajes internacionales decreció.

En el Reino Unido, por ejemplo, la OCDE halló que más del 70% de los trabajos creados desde 1997 fueron ocupados por personas nacidas en el extranjero, mientras que los inmigrantes representaron al menos el 40% del crecimiento total del empleo en Austria, Dinamarca, Italia y España.

El auge de los trabajadores inmigrantes tuvo muchos críticos, incluyendo a algunos políticos en EE.UU. y Europa a los que les preocupaba que los inmigrantes estuvieran compitiendo con los locales por empleos e incrementando el costo de los programas de salud y educación públicos. La OCDE dijo que es muy prematuro para saber cuánto está desacelerando la inmigración, ya que toma mucho tiempo para que los shocks económicos alteren los patrones de inmigración y buena parte de los datos migratorios del mundo son recopilados con un retraso significativo.

El informe dijo que algunos países ya han visto un declive en la llegada de nuevos trabajadores, a medida que estos cancelan planes para mudarse y los gobiernos reducen las cuotas de inmigrantes que permiten entrar. Los declives podrían intensificarse a lo largo del año, dijo la OCDE

En EE.UU., el número de visas temporales H-1B para inmigrantes otorgadas en el año fiscal 2008 cayó 15% frente al año anterior, mientras que en España, las nuevas entradas bajo un esquema de nominación por parte de los empleadores cayeron de 200.000 en 2007 a 137.000 en 2008. Australia, Irlanda e Islandia también han visto declives en algunas categorías de trabajadores extranjeros, informó el organismo.

"Podría ser bueno el reducir la inmigración por el momento", dijo Ángel Gurría, secretario general de la OCDE en conversación con los periodistas. Esto se debe a que los trabajadores que llegan durante tiempos de crisis económica a menudo pasan apuros para conseguir el éxito en sus nuevos hogares, dijo. A largo plazo, "necesitamos un discurso público balanceado sobre inmigración", que incluya un reconocimiento de que los inmigrantes siguen siendo necesarios en ciertos casos.

Muchos países ricos tienen poblaciones envejecidas y sectores clave, incluyendo el sector salud, que pasarán apuros para encontrar trabajadores suficientes en los próximos años, dijo la OCDE. Cuando las economías en desarrollo comiencen a crecer de nuevo, un proceso que la OCDE cree que cobrará fuerza a principios del próximo año, las preocupaciones por la escasez de trabajadores "podrían reaparecer con una nueva urgencia", indicó el reporte.

Fuente: WSJ