22 ene. 2010

La Casa Blanca propone limitar el tamaño de los bancos de EE.UU.

Por Jonathan Weisman, Damian Paletta y Robin Sidel

WASHINGTON—El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, propuso nuevas regulaciones orientadas a limitar el tamaño y las actividades de los mayores bancos del país.

Con el ex presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker, a su lado, Obama dijo que pretendía endurecer las actuales restricciones al tamaño de los bancos y obligarlos a elegir entre la red de protección que otorga el gobierno y el a menudo lucrativo negocio de transar valores con recursos propios y poseer fondos de cobertura o de capital privado.

Volcker ha sido una de las voces más críticas de los bancos pero hasta hace poco los principales asesores de la Casa Blanca, como el secretario del Tesoro Timothy Geithner, no parecían muy convencidos. "El contribuyente estadounidense nunca volverá a estar a merced de un banco demasiado grande para caer", prometió Obama.

Si son aprobadas por el Congreso, las propuestas alterarán en forma significativa el negocio de las principales entidades financieras del país. La posibilidad de que las nuevas normas disminuyan las ganancias de los bancos hizo que los inversionistas castigaran las acciones financieras, lo que contribuyó a una caída de 213,27 puntos, equivalente a 2%, del Promedio Industrial Dow Jones. El índice cerró la jornada en 10.398,88 puntos. La acción más vapuleada fue la de J.P. Morgan Chase, que declinó 6,6%.

El destino de la legislación, en todo caso, probablemente dependerá en buena medida de los republicanos. Sin embargo, en un entorno político marcado por la hostilidad hacia la banca, es posible que los demócratas sólo necesiten convencer a un puñado de legisladores republicanos para aprobar una variante de lo que el propio Obama bautizó como "la regla de Volcker".

La iniciativa busca que los bancos comerciales que acepten depósitos del público no puedan invertir ese dinero para beneficio del propio banco. A los bancos comerciales se les prohibiría poseer, invertir o asesorar a fondos de cobertura o firmas de capital privado. Los reguladores bancarios no sólo tendrían la potestad de hacer cumplir dicho reglamento sino que estarían obligados a hacerlo. "Uno puede elegir dedicarse a negociar con recursos propios o ser propietario de un banco, pero no puede hacer ambas cosas", aseveró un representante de la Casa Blanca.

Los bancos y los grupos que representan sus intereses atacaron la propuesta, la que tildaron de innecesaria y poco inteligente.

Durante los últimos años, los bancos estadounidenses han apuntalado sus ganancias en negocios que van mucho más allá de las actividades tradicionales de un banco como captar depósitos, conceder préstamos y transar acciones y bonos a nombre de sus clientes. Algunos han comprado o auspiciado fondos de cobertura. Otros han invertido su propio dinero en los mercados.

Después del colapso de Lehman Brothers y el rescate de American International Group, a finales de 2008, los bancos de inversión Goldman Sachs y Morgan Stanley se transformaron formalmente en bancos. Esto les permitió acceder a préstamos de la Fed y contar con una garantía fiscal sobre su nueva deuda en los mercados financieros.

Cuando la crisis empezó a amainar, Goldman y otras empresas se endeudaron a tasas muy bajas y generaron jugosas ganancias al negociar con recursos propios. Esto le dio a Volcker y sus aliados nuevos argumentos para respaldar la iniciativa.

"Lo importante es que las instituciones que cuenten con el respaldo del gobierno no puedan generar ganancias de sus propios recursos", manifestó Austan Goolsbee, economista de la Casa Blanca y miembro del comité presidencial encabezado por Volcker.

Funcionarios del gobierno dijeron que los nuevos reglamentos obligarán a grandes instituciones como J.P. Morgan Chase y Bank of America a decidir la dirección de sus negocios. Insistieron, sin embargo, que la medida no constituye una versión remozada de la ley Glass-Steagall, que separó durante décadas a los bancos comerciales de los de inversión y que fue derogada a finales de los años 90.

21 ene. 2010

La brújula del mercado bursátil, aunque ineficiente, es difícil de superar

Por Jason Zweig

Ante el modo errático en que el mercado define los precios de las acciones, resulta tentador pensar que uno puede hacerlo mejor.

Entre el récord del Promedio Industrial Dow Jones en octubre de 2007 y el punto de declive más profundo del mercado bajista en marzo de 2009, la acción de Bank of America cayó 94%. Para fines de 2009, había aumentado 389%. No eran sólo las acciones financieras que actuaban como yoyos: En el mismo período, la acción de Alcoa perdió 87% de su valor antes de triplicarlo.

¿Cómo puede ser "eficiente" este tipo de vaivén tan alocado? A medida que millones de compradores y vendedores inteligentes compiten para maximizar su riqueza, actualizan los precios de las acciones con toda la información relevante que está disponible. Eso es lo que significa un "mercado eficiente". Presume que el precio del mercado es la mejor estimación del valor intrínseco de una acción, o de lo que vale todo el flujo de caja actual y futuro de la empresa. Pero el hecho de que el mercado ofrece la mejor estimación disponible no significa que el precio de mercado sea el correcto.

En 1974, el gran analista financiero Benjamin Graham describió irónicamente la hipótesis de la eficiencia de los mercados como una teoría que "podría haber tenido mucha importancia práctica si hubiera coincidido con la realidad". Graham se maravillaba del hecho que Avon Products, cuya acción se negociaba en US$140 en 1973, hubiera caído por debajo de US$20 en 1974.

"Niego de modo enfático que sea porque el mercado tiene toda la información que necesita para establecer el precio correcto o que los precios que registre en la práctica sean los correctos".

Graham propuso que el precio de cada acción consiste de dos elementos. Uno, "el valor de inversión", mide el valor de todo el efectivo que una compañía generará ahora y en el futuro. El otro, el "elemento especulativo", responde al sentimiento y la emoción: la esperanza y la avaricia en los mercados alcistas y el temor, el rechazo y el arrepentimiento en los mercados bajistas.

El mercado es bastante eficiente a la hora de procesar la información que determina el valor de la inversión. Pero predecir los cambios en las emociones de decenas de millones de personas no es tarea fácil. Así que el elemento especulativo en la definición de precios tiende a experimentar vaivenes rápidos y enormes que pueden hundir el valor de la inversión.

Por ende, es importante no extraer conclusiones erróneas a partir de la ineficiencia del mercado. "La evidencia sugiere que el mercado no es racional", dice Meir Statman, un profesor de finanzas en la Universidad de Santa Clara en California. "Pero hay que mantener a raya la voz interior que dice que debe ser fácil superar al mercado".

Para empezar, mirar las cosas en retrospectiva nos impide ver la verdad. El pasado marzo, en medio del pánico financiero, era imposible predecir que Bank of America sobreviviría y que su acción estaba a precio de saldo.

El mercado había asignado precio a las compañías financieras como si pudieran quebrar porque había mucha información que sugería que esa era una posibilidad, y porque el temor estaba tan extendido que el optimismo prácticamente parecía irracional.

Así que, aunque parezca evidente hoy en día que Bank of America es un superviviente, la mayoría de inversionistas no creía que el precio que asignó el mercado a la acción era demasiado barato el pasado marzo.

A corto plazo, la mentalidad de comportamiento colectivo que tienen los profesionales del mercado dificulta aún más apostar contra el "elemento especulativo" del precio de una acción. Comprar en medio de un huracán de ventas requiere valentía sobrehumana.

Finalmente, incluso los gestores de fondos que superan al mercado frecuentemente llevan a sus clientes a perder en comparación con el mercado, una vez cobradas sus tarifas y costos de negociación.

Por eso, incluso después de los alocados vaivenes de la última década, los fondos indexados siguen siendo los más recomendables para la mayoría de inversionistas. Puede que el mercado sea ineficiente, pero sigue siendo prácticamente invencible.

Fuente: WSJ

19 ene. 2010

El ex presidente de la Fed Paul Volcker está hablando pero, ¿hay alguien que lo escuche?

Por Kate Kelly

En una serie de apariciones en los últimos meses, el ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos ha fustigado los conflictos de interés de los mayores bancos estadounidenses, criticado a la propia Fed por casi extralimitarse en sus facultades y ridiculizado la innovación financiera. Volcker, por ejemplo, dijo en una conferencia del año pasado que la innovación financiera más importante que ha visto en los últimos 20 años es el cajero automático.

El jueves pasado volvió a la carga al señalar, en un discurso pronunciado en Nueva York, que los bancos que combinan el corretaje de valores de alto riesgo con la concesión de crédito afrontan "conflictos de interés inmanejables" y deberían ser divididos. Una medida de esta naturaleza desembocaría en el desmantelamiento de gigantes de la talla de J.P. Morgan Chase & Co., Citigroup y Bank of America Corp.

Unas horas antes, el presidente Barack Obama había anunciado una iniciativa menos severa: el cobro de un impuesto especial a las mayores entidades financieras del país.

Ambos discursos subrayan la difícil posición de Volcker. Tras haber sido considerado como uno de los principales defensores del actual mandatario durante la campaña presidencial, su influencia en la Casa Blanca parece haber disminuido. Y aunque su figura es casi reverenciada entre los críticos de Wall Street, tanto de izquierda como de derecha, las posturas que defiende con mayor convicción no han tenido una gran acogida entre las autoridades.

"Es claro que el gobierno no comparte las ideas que Volcker postula en estos momentos", señala Douglas Elliott, de Brookings Institution, un centro de estudios de Washington. Si se toma en cuenta la dificultad de separar las operaciones de crédito de los bancos de sus brazos de corretaje, "en esto le doy la razón al gobierno", dice Elliott. "La verdad es que el presidente concuerda con Volcker acerca de la reforma financiera más del 90% de las veces", señala Jennifer Psaki, vocera de la Casa Blanca.

¿Acaso Lawrence Summers, el veleidoso director del Consejo Nacional Económico de la Casa Blanca y uno de los principales asesores de Obama en materia financiera, devuelve las llamadas de Volcker?

Psaki manifestó que Summers y Volcker hablan a menudo, incluso durante la semana de Navidad, cuando se reunieron en la Casa Blanca durante dos horas.

Volcker, quien cuando estuvo a la cabeza de la Fed ayudó a derrotar la inflación de los años 70 y, de paso, disparar la crisis de la deuda externa de América Latina de inicios de los años 80, fue durante un tiempo un solitario crítico de la liberalización que contribuyó a desatar la reciente crisis. Hace dos años, cuando la firma de valores Bear Stearns Cos. estaba al borde del colapso, Volcker asesoró secretamente a Timothy Geithner, quien entonces presidía la Reserva Federal de Nueva York. Su recomendación partía de la fusión de emergencia con J.P. Morgan Chase, que ayudó a impedir una calamidad financiera.

Poco después de asumir la presidencia, Obama le pidió a Volcker que encabezara la Junta de Asesoría de Recuperación Económica del Presidente, cuyo objetivo era diseñar la respuesta del nuevo gobierno a la crisis financiera.

A pesar de la presencia de algunos pesos pesados, como el presidente del conglomerado industrial y financiero General Electric Co., Jeffrey Immelt, se trata de un organismo exclusivamente deliberante, no de un regulador ni de una oficina de la Casa Blanca.

Las diferencias ideológicas y luchas de poder de Washington quedaron en evidencia en el discurso del jueves de Volcker. Dados "los diferentes intereses nacionales y privados en juego, además de las prioridades legislativas en competencia" es difícil alcanzar un consenso sobre la reforma del sector financiero, reconoció. En otro tema —quién debe presidir un nuevo consejo de reguladores financieros—, estuvo en desacuerdo. Volcker sostiene que el cargo debe recaer en alguien de la Fed, no del Departamento del Tesoro. Tanto el gobierno de Obama como Volcker son partidarios de que la Fed tenga mayores facultades para supervisar los bancos.

De todas maneras, la principal reforma que postula Volcker ha empezado a ganar terreno. El mes pasado, los senadores Maria Cantwell y John McCain presentaron un proyecto de ley que separa a los bancos comerciales de los bancos de inversión, en esencia un regreso a la ley Glass-Steagall que mantuvo esa separación durante décadas. Volcker ayudó a darle forma al proyecto de ley, dijo una fuente cercana. La iniciativa, no obstante, tiene un largo y tortuoso camino por delante si se considera el lobby de los bancos y la apretada agenda legislativa, dicen algunos observadores.

Volcker, en todo caso, insiste en que las líneas de comunicación entre el consejo asesor que lidera y el presidente siguen abiertas. "Esta fue su idea", resalta. "Nos escucha y eso es todo".

Fuente: WSJ

18 ene. 2010

La banca prepara la batalla contra Basilea

por Brooke Masters/Patrick Jenkins

Los bancos preparan ya su defensa para hacer frente a la propuesta de los reguladores globales, por la que las entidades que se financian con inversión externa deberán aumentar sus requisitos de capital. A su favor alegarán que la iniciativa bloquea su capacidad de crecer en los mercados emergentes.

Los grandes banqueros temen que las provisiones provoquen un enorme agujero en las reservas de capital de entidades financieras de Reino Unido, la Unión Europea y Japón, en un momento en el que ya se enfrentan a la tesitura de tener que aumentar su capital regulador.

Los analistas describen la propuesta como la parte más "draconiana" y "potencialmente catastrófica" de la serie de medidas adelantadas en diciembre por el Comité de Basilea, que establece la normativa global que posteriormente aplicarán los reguladores locales.

Los analistas de Credit Suisse calculan que la legislación reduciría sustancialmente las reservas de capital que los bancos suelen apartar para protegerse de las posibles pérdidas. En su opinión, la conocida como ratio de capital Tier 1, un importante indicador que mide la fortaleza de los balances, se recortaría en 0,7 puntos porcentuales desde el actual 9,6%.

En términos generales, el Comité de Basilea pretende obligar a los bancos a que dejen de incluir sus participaciones minoritarias en su capital, aunque insiste en la obligación de estos a seguir declarando todas las pérdidas potenciales de sus sucursales.

Según los reguladores, los bancos son responsables de todas las pérdidas de sus filiales, aunque el capital que los inversores minoritarios tienen en una filial en concreto no puede utilizarse para absorber las pérdidas del grupo en cualquier otra parte del mundo. En opinión de los analistas de Citi y Evolution, serán HSBC, BNP Paribas, Crédit Agricole y Natixis los más perjudicados por la iniciativa.

Hasta ahora, los bancos han evitado realizar comentarios al respecto."La propuesta del capital minoritario es una pesadilla, pero la reacción de los bancos en contra de esta medida es tan fuerte que nunca sobreviviría a un proceso de consultas. Acabaría con el sector bancario de Japón", explicaba Simon Maughan, analista de bancos de la consultora MF Global.

Los grandes banqueros ya han comenzado a preparar una estrategia para intentar suavizar la propuesta antes de su ratificación, prevista para finales de año. La propuesta de Basilea ya ha surgido en varias conferencias del sector al más alto nivel. El Banco de Italia ha declarado de forma explícita su descontento con la iniciativa, asegurando que espera que el comité se plantee "reconocer de alguna forma los intereses minoritarios".

Todo parece indicar que el sector se las arreglará para encontrar algunos aliados entre los gobiernos de los mercados emergentes. A menudo solicitan la inclusión de inversores minoritarios locales como forma de evitar que los beneficios de un sector financiero en auge se evaporen.

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