20 nov. 2009

El BdE justifica sus exigencias de capital con el fin de tener un sistema más resistente

por Expansión.com

El director general de regulación del Banco de España (BdE), José María Roldán, ha justificado hoy que en materia de supervisión se piense en elevar "de manera selectiva" las exigencias de capital con el fin de tener un sistema financiero internacional que sea más "resistente" que el actual.

A la hora de exigir capital hay que ser "rigurosos", pero pedirlo de manera "proporcionada", en función de los riesgos que haya asumido cada entidad, y "ser cuidadosos para no disparar a todo lo que se mueve", ha explicado Roldán en su intervención en la II Jornada de Actualidad Comunitaria, organizada por la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA).

Sin embargo, también ha advertido de que hay que tener cautela para que ese mayor rigor con el sistema financiero no dificulte que el crédito llegue a familias y empresas, lo que dificulta el desarrollo de la economía.

No obstante, señala que no hay que pensar en que los cambios que se plantean para el sistema financiero vayan a afectar a la recuperación económica, porque el "tsunami regulatorio" tardará años en entrar en vigor.

El aumento de los requisitos de capital, recuerda Roldán, es una de las medidas que se incluyen en el conjunto de propuestas del G20 que serán efectivas a finales de 2012, por lo que existe un "plazo dilatado" en el tiempo para evitar el riesgo de que con ello se dificulte el acceso al crédito.

Pero Roldán ha insitido en la necesidad de modificar las normas para que en el futuro las entidades sean capaces de soportar tanto las pérdidas esperadas del negocio bancario como las inesperadas -propias de momentos de crisis-.

De esa forma, se conseguirá que las entidades sigan operando incluso en entornos "muy desfavorables" y cumplan su función "vital" de intermediación con la economía, ha añadido.

La crisis -en alusión a la financiera- que acabamos de vivir tiene un impacto sobre las exigencias de capital, porque "se estaba pidiendo muy poco", reconocía Roldán.

Por ello, de cara al futuro, el nuevo modelo de regulación debe evitar el desplazamiento del riesgo de crédito, ha indicado.

Hay que pedir más capital por las titulizaciones complejas que se realicen; mayores provisiones; fijar una proporción entre capital y el tamaño del balance de una entidad; así como evitar que haya políticas que incentiven la toma excesiva de riesgos por parte de los gestores de las entidades.

Roldán además ha aprovechado nuevamente para elogiar el "modelo español" de Fondos de Garantía de Depósitos, que se nutre de las aportaciones de las propias entidades, y ha dicho que es el que debería seguirse en el resto de Europa, ya que ha demostrado su eficacia.

19 nov. 2009

El efecto contagio de Brasil

por Peter Garnham

El jueves, las divisas asiáticas vivieron una jornada de devaluaciones después de que la decisión de Brasil de seguir recortando el flujo de inversiones extranjeras despertara los temores de que otros países siguieran su ejemplo.

De la noche a la mañana, Brasil decidió poner fin al resquicio legal que hasta entonces había permitido a los inversores sortear el impuesto del 2% a las inversiones en bolsa anunciado el mes pasado.

El ejecutivo anunció un impuesto del 1,5% a las American Depositary Receipts (ADR), un instrumento financiero creado para que las acciones de las compañías extranjeras se negocien en las bolsas estadounidenses El ministro de Finanzas brasileño, Guido Mantega, aseguró que algunos inversores extranjeros se habían dedicado a comprar ADR brasileños, convirtiéndolos en acciones emitidas localmente para aumentar su presencia en el mercado brasileño, sin tener que pagar el impuesto de 2% sobre los flujos de capital que ingresan al país.

Dado que los tipos de interés de las principales economías siguen estando en mínimos históricos, en los últimos meses, los expeculadores se han dedicado a realizar operaciones en los mercados emergentes, que crecen a un ritmo más rápido, en busca de rentabilidad.

Las operaciones especulativas han provocado que el valor de muchas divisas de mercados emergentes se dispare, amenazando las exportaciones. Hasta ahora, la mayoría de las economías de los mercados emergentes han afrontado el problema interviniendo en los mercados monetarios para ralentizar la apreciación de sus divisas. No obstante, Brasil y Taiwan han adoptado medidas más drásticas, imponiendo controles de capital para limitar la revalorización de sus monedas.

"Las últimas iniciativas de Brasil y Taiwan para contener el flujo de inversiones extranjeras son una señal clara de que las autoridades de los mercados emergentes no aceptarán una constante entrada del capital occidental, vistas las implicaciones monetarias que esas operaciones comportan", explicaba David Bloom, de HSBC. De hecho, la rupia indonesia sufrió una drástica caída después de que el jueves el banco central del país anunciara que estudia medidas para contener la inversión extranjera.

La rupia, que se ha revalorizado más de un 17% frente al dólar en lo que va de año, cayó un 1,6% frente al dólar en una sola jornada. Por su parte, la rupia india también se devaluó, después de conocerse que el Gobierno del país pretende imponer cuotas a los préstamos corporativos para intentar contener la revalorización de su moneda.

Tras conocerse la noticia, la rupia india perdió un 0,9% frente al dólar. A principios de mes Taiwan también decidió prohibir los depósitos a largo plazo de los inversores extranjeros, en un intento por frenar la revalorización de su divisa, el dólar taiwanés, que cedió un 0,5% frente al dólar. Otras divisas asiáticas, como el won coreano, el ringgit malasio y el peso filipino, también perdieron valor.

The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved.

18 nov. 2009

En busca de una fórmula para salvar a Wall Street

Por Mark Whitehouse

Los estragos que de la crisis financiera han llevado a los economistas a esforzarse para comprender precisamente por qué ocurrió y cómo impedir que vuelva a suceder. Para esa misión, John Geanakoplos de la Universidad de Yale se inspira en El mercader de Venecia.

El enfoque de la obra de William Shakespeare es el colateral. El prestamista Shylock exige una forma de recompensa particularmente onerosa si su préstamo no es devuelto: una libra de carne humana. Geanakoplos también reconoce el peligro al acecho en los activos que respaldan préstamos. Para él, el riesgo es que los inversionistas que pueden pedir prestado con demasiada libertad contra esos activos impulsen sus precios a niveles demasiado altos, dando lugar a un derrumbe que repercute en toda la economía.

Durante años, su esfuerzo para comprender este proceso no suscitó demasiado interés. Pero ahora todas las miradas se centran él; otro efecto más de la brutal forma en que se desinfló la burbuja del crédito. La crisis dejó en evidencia la insuficiencia de las herramientas tradicionales de los economistas, lo que los obligó a replantearse muchas cuestiones que para muchos de ellos ya tenían respuesta desde hacía mucho tiempo, como por ejemplo cómo controlar los perjudiciales ciclos de auge y caída.

[Geanakoplos] Jesse Neider para The Wall Street Journal

La compleja teoría sobre colaterales del profesor de Yale John Geanakoplos ha cobrado relevancia desde el colapso de los mercados financieros, el año pasado.

Geanakoplos es parte de un pequeño grupo de académicos que ofrece una nueva forma de interpretar esos ciclos. Formado por un conjunto variado que abarca desde especialistas en finanzas hasta teóricos abstractos, el grupo avanza hacia el epicentro del escenario económico tras años en el banquillo. La meta es arreglar los modelos que encapsulan el entendimiento del mundo que tienen los economistas y servir como herramientas para que los bancos centrales del mundo diseñen sus políticas. Se trata de una tarea que podría requerir una reforma en profundidad del modo en que funcionan esos modelos.

"Podríamos estar delante de un cambio de paradigma", afirma Frederic Mishkin, un ex gobernador de la Reserva Federal que ahora enseña en la Universidad de Columbia.

Ese cambio podría darle la vuelta a la forma en que los banqueros centrales hacen su trabajo. Esto podría llevarlos a involucrarse más en los mercados. Podrían, por ejemplo, poner un mayor énfasis en la cantidad de préstamos que se otorgan en la economía, en vez de concentrarse sólo en las tasas de interés a las que se otorgan los préstamos. En tiempos de auge, eso podría llevarlos a restringir la cantidad de dinero que podrían tomar prestado diferentes actores, desde los fondos de cobertura hasta los compradores de viviendas.

Geanakoplos es emblemático de la nueva forma de pensar, pero eso no significa que sus ideas serán las que prevalezcan. Es demasiado pronto para saberlo. Pero el economista se encontraba entre un grupo de académicos a los que el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, invitó a discutir la crisis durante su punto álgido en octubre de 2008.

El siglo pasado fue testigo de dos revoluciones en la forma en la que los economistas entienden el mundo. Ambas requirieron dolorosas crisis para ponerlas en marcha, pero podría decirse que ambas mejoraron la capacidad del gobierno de manejar la economía.

La primera llegó después de la Gran Depresión, cuando los economistas elaboraron algunos de los primeros modelos matemáticos que las autoridades podían usar para intentar gestionar la economía. La segunda llegó en la década de los 70, que estuvo marcada por la alta inflación, cuando los economistas crearon nuevos modelos que tomaban en cuenta la forma en que las expectativas de las personas, sobre precios o ingresos, pueden influir sobre la economía a largo plazo.

Durante la segunda revolución, la economía de EE.UU. ingresó en un período de estabilidad e inflación baja que abarcó desde los años 80 hasta la mayor parte de esta década. Esto llevó a muchos economistas a creer que habían triunfado sobre los ciclos económicos. En palabras de Robert Lucas de la Universidad de Chicago, uno de los padres intelectuales de los modelos, "el problema central de la prevención de las depresiones se ha solucionado... por muchas décadas".

El resultado fue una nueva ortodoxia, conocida como "expectativas racionales", que aún domina y abarca todo, desde la forma de invertir de los fondos de pensión hasta la manera en que los analistas financieros fijan los precios de los valores. Entre sus ramas principales se encuentra la idea de que los mercados son "eficientes", lo que significa que incluso un inversionista poco preparado puede obtener un buen negocio, ya que el precio de cualquier valor tiende a reflejar toda la información relevante que hay disponible.

Geanakoplos nunca estuvo convencido de que esta teoría fuera acertada. Un ex campeón adolescente de ajedrez y licenciado en matemáticas y teoría económica en Harvard, el economista dedicó gran parte de su carrera a buscar fallas en las teorías dominantes. Su escepticismo estuvo complementado con experiencia en el mundo real, primero como director de investigación de renta fija en la corredora ahora desaparecida Kidder, Peabody & Co. y luego como socio de un fondo de cobertura especializado en valores respaldados por hipotecas, Ellington Capital Management.

En Wall Street, Geanakoplos, ahora de 54 años, descubrió algo que consideró como una limitación seria del mercado: no había suficientes viviendas ni otras formas de colateral para respaldar las grandes cantidades de valores de deuda que los bancos podrían crear. Por eso, cuando los inversionistas exigieron más valores "respaldados por activos", los banqueros tuvieron que buscar formas de "estirar" la provisión disponible de colateral.

Una forma proponía que el colateral desempeñara una doble función. Por ejemplo, los mismos préstamos hipotecarios que hicieron los bancos se volvieron en colateral para complejos valores de deuda, conocidos como obligaciones hipotecarias colateralizadas.

Otra forma de estirar el colateral era prestar más en su contra. Por ejemplo, si un banco bajaba el pago inicial sobre una casa de US$100.000 de 20% a 5%, podría tener US$95.000 en préstamos contra la casa en lugar de US$80.000. De forma similar, los bancos podrían reducir los pagos iniciales, o "márgenes", que exigen a los inversionistas que usan dinero prestado para comprar bonos y otros valores.

Una interpretación de El Mercader de Venecia en 1997 y el tema de la libra de carne humana ayudó a Geanakoplos a concentrarse en la importancia del colateral. "Pensé que era una señal de los dioses de que había descubierto algo e iba por buen camino", señala.

En un ensayo académico de 2000, Geanakoplos ofreció una teoría. Afirmó que cuando los bancos establecen márgenes muy bajos, al prestar más contra una cantidad determinada de colateral, tienen un potente efecto sobre un grupo específico de inversionistas. Estos son compradores, ya sean fondos de cobertura o quienes quieren una casa, que por distintos motivos le dan un valor más alto a un tipo determinado de colateral. Los llamó "compradores naturales".

Al usar grandes cantidades de dinero prestado, o apalancamiento, estos compradores empujan los precios al alza a niveles extremos. Debido a que esos precios están muy por encima de lo que tendría sentido para los inversionistas que usan menos dinero prestado, violan la idea de los mercados eficientes. Pero si una dosis de malas noticias vuelve a los prestamistas inseguros sobre el futuro inmediato, éstos suben los márgenes y obligan a los optimistas apalancados a vender. Eso desata una caída en espiral en que los precios que bajan y los márgenes que suben se refuerzan mutuamente. Los bancos pueden sofocar la economía a medida que se vuelven temerosos de prestar bajo cualquier circunstancia. Geanakoplos lo llamó el "ciclo del apalancamiento".

Esta idea tenía grandes implicaciones para quienes diseñan políticas económicas. Durante décadas, estaban convencidos de que las tasas de interés eran el indicador más importante de oferta y demanda en los mercados de crédito, y la única variable que necesitaban ajustar para lograr un resultado económico deseado. Ahora, Geanakoplos proponía que otro elemento —el colateral de los prestamistas o sus requisitos de margen— podría ser incluso más importante.

El año pasado, cuando los mercados financieros se tambalearon, los modelos principales de los bancos centrales ofrecieron pocas pistas sobre cuál sería el impacto sobre la economía en general, o lo que deberían hacer para protegerlo. Ahora que la crisis financiera puso en evidencia fallas en los modelos de los bancos centrales, los economistas han comenzado a generar una gran actividad que probablemente rediseñe el campo. Al igual que ocurrió en las dos revoluciones en el pensamiento económico anteriores, los economistas están redescubriendo trabajos relevantes. Geanakoplos fue invitado a presentar sus ideas en una conferencia que se realizará en abril, organizada por el Consejo Nacional de Investigación Económica de EE.UU.

Geanakoplos aún tiene que desarrollar su teoría y convertirla en un modelo completo. "Su trabajo asume que el ciclo de apalancamiento es malo, pero da pocas pautas de hasta dónde deberían controlarlo los reguladores", afirma Markus Brunnermeier, un economista de Princeton.

Ahora, la meta de los economistas es crear un modelo que tenga en cuenta lo que ocurre en el sector financiero pero que también sea lo suficientemente simple como para que se pueda aplicar en el diseño de políticas. La búsqueda está uniendo a economistas financieros con macroeconomistas. Algunos creen que una solución viable emergerá dentro de un par de años; otros afirman que podría llevar décadas. Por su parte, Geanakoplos está convencido de que un cambio de paradigma de este tipo ya está en marcha.

17 nov. 2009

El banquero que perdió la batalla con el gobierno

Por Carrick Mollenkamp y Dan Fitzpatrick

Kenneth D. Lewis jamás se imaginó que sus ocho años al frente de Bank of America Corp. acabarían así.

Había tenido un año lleno de dolores de cabeza, grandes y pequeños. Su madre lo exhortaba a devolver los US$45.000 millones que el banco recibió del gobierno. En agosto, mientras ponderaba su futuro durante unas vacaciones en el estado de Colorado, un oso entró a su casa en la montaña y vació el refrigerador. Pero lo que finalmente determinó su partida fue su incapacidad para llevarse bien con el Tío Sam.

Ya en diciembre del año pasado, un funcionario de la Reserva Federal le envió un correo electrónico a un colega en el que le pedía ideas para obtener "una libra de carne" de Lewis, en medio de la polémica desatada por la todavía pendiente adquisición de Merrill Lynch & Co. por parte de Bank of America. En mayo, la presión de los reguladores había llegado a tal extremo que la junta directiva del banco formó un comité especial encargado de negociar con el gobierno.

En septiembre, mientras un juez insistía en que las escaramuzas con las autoridades debían resolverse en una corte y un fiscal estatal hablaba de acusar de fraude a Bank of America o alguno de sus ejecutivos, la agenda de Lewis estaba repleta de reuniones con abogados. A fines de septiembre, tomó por sorpresa a una reconfigurada junta directiva al anunciar su partida a finales de 2009, un año antes de lo previsto.

Ahora, mientras el banco busca un sucesor, Lewis no ha podido liderar el proceso.

El ejecutivo sugirió algunas opciones, como ascender a uno de sus lugartenientes, para posteriormente enterarse de que la junta ya había contratado a una firma cazatalentos previa solicitud de la Reserva Federal, señalan fuentes cercanas.

La situación en la que se encontró Bank of America, obligado a hallar un nuevo presidente ejecutivo rápidamente, culminaba casi un año de batallas con los reguladores y los investigadores en el que Lewis, de 62 años, perdió paulatinamente el control de la entidad en la que había trabajado durante 40 años. Durante el primer semestre, Lewis ya le había confesado a un colega que no era la persona indicada para realizar un trabajo que exigía demostrarles reverencia a los políticos y los reguladores.

El legado de Lewis ahora se debate entre el de un hombre que contribuyó a fortalecer el sistema financiero estadounidense durante una crisis, mediante la compra de Merrill y Countrywide Financial, o el de uno que cerró demasiados acuerdos controvertidos y puso en riesgo una de las mayores instituciones financieras. Lewis rechazó ser entrevistado para este artículo.

Si había un ejecutivo de la banca que parecía contar con el temple para soportar las presiones de los reguladores y los mercados, ese era Ken Lewis.

El oriundo de Mississippi ascendió poco a poco hasta llegar a la presidencia ejecutiva de Bank of America. Tras sustituir a su mentor, Hugh McCall, en 2001, Lewis emprendió una frenética racha de adquisiciones y controló férreamente los costos del banco, que se expandió y llegó a acumular activos del orden de los US$2,3 billones (millones de millones).

Hace poco más de un año, Bank of America parecía encaminado a convertirse en el gran héroe de la emergencia financiera.

Luego de cerrar la adquisición del banco hipotecario Countrywide en julio de 2008, Bank of America volvió al ruedo dos meses después durante un momento crítico. En el fin de semana de septiembre en el que Lehman Brothers Holdings Inc. caía en la bancarrota y American International Group Inc. (AIG) se acercaba al borde del precipicio, Bank of America acordó la compra de otra firma en aprietos, Merrill Lynch.

Sin embargo, para el 3 de diciembre, dos días antes de que se celebrara la asamblea de accionistas para aprobar el negocio, las pérdidas de Merrill se disparaban.

"Qué desastre", escribió Gary Carlin, un ejecutivo de Merrill en un email a Neil Cotty, un miembro del equipo de Bank of America encargado de integrar la adquisición.

El dominio de Lewis de su junta directiva, que en algún momento llegó a ser incuestionable, se empezó a debilitar. En medio de las crecientes pérdidas de Merrill, un director del banco que había aprobado la operación, Chad Gifford, le mandó un correo electrónico a otro director, William Barnet, con fecha de 10 de diciembre: "¡¡¡Lo que más me molesta es la forma en que aprobamos la adquisición!!!", se lamentaba. Gifford y Barnet, que ya dejó la junta directiva, no devolvieron las llamadas en busca de su versión de los hechos.

A mediados de diciembre, después de la votación de los accionistas, las proyecciones de la pérdida de Merrill en el cuarto trimestre ascendían a los US$12.500 millones. Lewis alertó a los reguladores al respecto y sacó a colación la posibilidad de dar marcha atrás en la transacción debido a un "cambio adverso significativo", una de las cláusulas que habían estipulado en el contrato de compra.

Ben Bernanke, el presidente de la Fed y el entonces secretario del Tesoro, Henry Paulson, presionaron al banco para que siguiera adelante con el acuerdo para impedir una ola de pánico entre los inversionistas, según señaló posteriormente el propio Lewis en su testimonio ante el Congreso estadounidense.

Paulson amenazó con despedir a Lewis y la junta directiva del banco si no se concretaba la compra de Merrill, según los testimonios de Lewis y el propio Paulson.

Bank of America cerró la compra de Merrill y, conforme a lo prometido, recibió una nueva dosis de fondos del fisco. El gobierno, que ya le había otorgado US$25.000 millones, inyectó otros US$20.000 millones mediante la compra de acciones preferentes con un jugoso dividendo de 8%. El gobierno también empezó a supervisar los gastos y las remuneraciones de Bank of America.

El rol de la Fed

Lo que Lewis desconocía en ese momento era que mientras algunos funcionarios lo presionaban para completar la compra de Merrill, en la Fed empezaban a circular dudas sobre las finanzas del banco. La adquisición de Merrill intensificó esas preocupaciones.

El 20 de diciembre, Mac Alfriend, de la Reserva Federal de Richmond, el organismo encargado de supervisar a Bank of America, le envió un correo electrónico a un colega de la Fed en Washington que versaba sobre "ideas para extraerle una libra de carne a Lewis".

Deborah Bailey, la funcionaria que recibió el email, respondió que la Fed estaba estudiando algunas medidas, como la firma de un memorando de entendimiento para obligar a Bank of America a mejorar sus operaciones y gestión. Representantes de la Fed y de la Reserva Federal de Richmond declinaron comentar al respecto.

El tono de Bernanke, sin embargo, fue más conciliador.

En una conversación con Lewis, en víspera de Año Nuevo, el titular de la Fed indicó que "no te vamos a abandonar", según las notas tomadas por Lewis. Bernanke añadió que Bank of America" es una empresa sólida que ha actuado de manera muy apropiada bajo circunstancias muy difíciles". Pero la presión sobre Lewis siguió creciendo.

El presidente ejecutivo empezó a frustrarse y se dio cuenta de cuánto le disgustaba tratar con políticos. Después de una reunión en marzo en la Casa Blanca con el presidente Barack Obama y otros presidentes ejecutivos de entidades financieras, señaló que no iba a comportarse servilmente ante las autoridades.

Los inversionistas y los reguladores lo estaban presionando para que fortaleciera la junta directiva y mejorara las operaciones del banco cuya acción se había derrumbado a US$3,14 luego de superar los US$33 poco antes de la compra de Merrill. En la asamblea anual del 29 de abril, los accionistas acordaron dividir los cargos de presidente ejecutivo y de la junta directiva. Walter Massey reemplazó a Lewis en la presidencia de la junta directiva.

Más tarde ese mismo día, los reguladores, incluyendo la Fed, indicaron que planeaban emitir un memorando de entendimiento confidencial contra el banco debido a sus preocupaciones sobre gobierno corporativo y la capacidad de manejar el riesgo y financiar operaciones en épocas de crisis. La noticia cayó como una bomba al interior de Bank of America.

Los directores no ocultaron su asombro. La Fed se disponía a castigar al banco por su desempeño después de que funcionarios de la propia Fed y del Departamento del Tesoro los habían presionado para cerrar la compra de Merrill.

La sanción, que se produjo algunos días después, obligó al banco a reformar su junta directiva y resolver los temas vinculados al riesgo. Para Lewis, señala una fuente cercana, era cada vez más claro que "esta no es mi compañía y esta no es mi junta directiva".

El 28 de septiembre, Lewis decidió que era hora de decir adiós. Viajó a Boston para comunicarles la noticia a tres directores y señaló que haría el anuncio el viernes 2 de octubre. El libreto, sin embargo, cambió. Sin su conocimiento, el presidente de junta, Walter Massey, empezó a llamar a otros directores para informarles de la partida de Lewis, dicen fuentes cercanas. Massey no devolvió las llamadas en busca de comentario.

Ante una posible filtración a la prensa, se decidió adelantar el anuncio para una conferencia telefónica con la junta directiva fijada para el 30 de septiembre.

Otrora la voz cantante en las reuniones de la junta directiva, Lewis ahora se sienta tranquilamente y apenas abre la boca, asegura una fuente cercana.

—Liz Rappaport, Joann S. Lublin y Damian Paletta contribuyeron a este artículo.

16 nov. 2009

El inversionista que apostó contra la casa y ganó

Por Gregory Zuckerman

Corrían los últimos meses de 2007, los mercados financieros colapsaban y las firmas de Wall Street perdían enormes cantidades de dinero, como si intentaran devolver las ganancias obtenidas en una década durante unos pocos meses brutales. Pero un inversionista llamado John Paulson de alguna forma estaba haciendo su agosto. Sus ganancias eran tan colosales que parecían irreales, como si fueran sacadas de un dibujo animado. Su firma, Paulson & Co., obtuvo US$15.000 millones en 2007.

La ganancia personal de Paulson ascendió a casi US$4.000 millones, o más de US$10 millones por día. Eso supera las ganancias que obtuvieron en 2007 J.K. Rowling, Oprah Winfrey y Tiger Woods juntos. A fines de 2007, un corredor llamó a Paulson para recordarle que tenía una cuenta personal con US$5 millones, una cuenta que ahora se le hacía tan insignificante que se le había olvidado.

Paulson, conocido como J.P., apostó a que el mercado inmobiliario colapsaría y que las hipotecas riesgosas perderían gran parte de su valor. Las apuestas ubicaron al administrador de fondos oriundo de Queens, en la ciudad de Nueva York, en la misma línea que Warren Buffett, George Soros y Bernard Baruch en el panteón de corredores de Wall Street. Y como diría luego un administrador de fondos rival, con tanta envidia como respeto, "Paulson ni siquiera es un especialista del negocio inmobiliario ni de las hipotecas... Hasta esta operación, era uno más del montón, nada especial".

John Paulson lanzó su fondo de cobertura en 1994. Su fuerte eran las fusiones corporativas que consideraba con más probabilidades de ser completadas, una de las formas más seguras de inversión. Cuando se reunía con clientes, a veces éstos se sorprendían ante su apretón de manos débil y sus modales discretos, ambos rasgos inusuales en una industria llena de bravuconería.

[Paulson]

Este artículo es un adaptado de The Greatest Trade Ever (algo así como "El mejor negocio de la historia"), de Gregory Zuckerman, que ha sido publicado recientemente en EE.UU. por Broadway Business.

Para principios de 2006, Paulson, que entonces tenía 49 años, había alcanzado su ocaso según los parámetros acelerados que rigen en Wall Street para valorar una carrera. Había sido eclipsado por un grupo de inversionistas que habían amasado grandes fortunas en pocos años. Era el cuarto año de un alza espectacular en los precios de las viviendas, algo que Estados Unidos jamás había visto. Parecía que todo el mundo ganaba mucho dinero con rapidez. Todos menos John Paulson.

"Esto es una locura", le dijo Paulson a Paolo Pellegrini, uno de sus analistas. Pellegrini estaba bajo sus propias dosis de presión. Un año antes, este oriundo de Italia había llamado a Paulson en busca de un empleo, tras una carrera llena de desilusiones. Paulson & Co. era su última oportunidad en Wall Street.

La línea de tendencia

Pellegrini pasó horas en la oficina de Paulson, debatiendo cómo deducir un cambio en el mercado inmobiliario. Paulson le encargó que descubriera si los precios de las viviendas estaban, de hecho, inflados. A altas horas de la madrugada, en su cubículo, Pellegrini rastreaba los precios de las viviendas en todo EE.UU. desde 1975. Las tasas de interés no parecían influir en los bienes raíces. En busca de ideas nuevas, Pellegrini agregó una "línea de tendencia" que ilustraba cuánto habían aumentado los precios en los últimos tiempos. Luego realizó un "análisis regresivo" para suavizar los altibajos.

La respuesta estaba frente a él: los precios de las viviendas habían subido un endeble 1,4% anual real entre 1975 y 2000. Pero se habían disparado más de un 7% en los años siguientes, hasta 2005. La revelación: los precios de las viviendas en EE.UU. tendrían que caer casi un 40% para regresar a su línea de tendencia histórica. No sólo los precios habían subido como nunca antes, sino que las cifras de Pellegrini mostraban que cada vez que el precio de las viviendas había bajado en el pasado, el descenso se había ubicado por debajo de la línea de tendencia, lo que sugería que una eventual caída sería brutal.

"¡Esto es increíble!", exclamó Paulson la mañana siguiente. El cuadro era su Piedra Rosetta que le permitía comprender el mercado inmobiliario. Ahora, tenían que encontrar la manera de transformarlo en ganancias.

Unos meses más tarde, Paulson estaba convencido de que había descubierto el negocio perfecto. Los seguros sobre hipotecas riesgosas se cotizaban a precios baratísimos. Su plan consistía en comprar montones de seguros contra la cesación de pagos, o inversiones que servían de seguros contra deuda por hipotecas riesgosas. Cuando los precios de las viviendas cayeran y los propietarios dejaran de pagar sus hipotecas, el valor de estos seguros aumentaría y Paulson se haría rico. Si podía convencer a una cantidad suficiente de inversionistas para que lo respaldaran, podría lanzar un fondo especializado en esta apuesta.

Al enterarse de la estrategia de inversión, Nolan Randolph, un ejecutivo de Crestline Investors, de Texas, y un cliente de Paulson & Co., no dejaba de sacudir la cabeza. La potencial desventaja era demasiado grande si la operación fracasaba, afirmó. Por eso rechazó la propuesta de Paulson. Lo mismo hizo la Universidad de Harvard, donde Paulson había estudiado.

Incluso algunos inversionistas que coincidían con Paulson en que los precios de las viviendas se desplomarían dudaron de que pudiera ganar mucho dinero, debido a que había relativamente poco corretaje en las inversiones que compraba.

Para mediados de 2006, Paulson había recaudado US$147 millones, principalmente entre amigos y familiares, para lanzar un fondo. Muy pronto, Josh Birnbaum, uno de los principales corredores de Goldman Sachs, fue a ver a Paulson para decirle que su firma continuaría comprando algunas de las hipotecas contra las que apostaba Paulson & Co. El inversionista no pareció inmutarse y siguió con su plan.

Unos meses después, Paulson y Pellegrini estaban ansiosos por encontrar más formas de apostar contra hipotecas riesgosas. Acumular seguros hipotecarios en el mercado resultó ser un proceso lento. Pronto encontraron una forma creativa y controvertida de incrementar sus operaciones.

Se reunieron con banqueros de Bear Stearns, Deutsche Bank, Goldman Sachs y otras firmas para pedirles si podían crear valores —paquetes de hipotecas llamados obligaciones de deuda colateralizada, CDO— contra las que pudiera apostar Paulson & Co.

La mayor ganancia

Los bancos de inversión les venderían los CDO a clientes convencidos de que el valor de las hipotecas se mantendría. Paulson compraría seguros para las inversiones de hipotecas CDO, una apuesta a que perderían valor. De esta forma, Paulson podría apostar contra alrededor de US$1.000 millones de deuda hipotecaria en una sola jugada. Varios bancos, incluidos Deutsche Bank y Goldman Sachs, aceptaron trabajar con su equipo. Posteriormente, algunos inversionistas afirmaron que Paulson contribuyó en forma indirecta a la creación de más inversiones en CDO que desembocaron en pérdidas adicionales de miles de millones de dólares para quienes poseían pedazos de estos instrumentos.

Paulson aún no estaba seguro de que su estrategia fuera a dar resultado. Simplemente compraba protección, afirmó. "No creamos ningún valor, nunca vendimos los valores a inversionistas", dice Paulson. "Siempre pensamos que eran préstamos tóxicos".

A fines de 2007, Pellegrini llevó a su esposa de vacaciones a Anguila, en el Caribe. Cuando se pasó por un cajero automático para retirar algo de efectivo, su esposa consultó el balance de su cuenta corriente. En la pantalla apareció una cifra que no había visto en su vida: US$45 millones, recién depositados en su cuenta conjunta como un regalo sorpresa. Era parte de la bonificación de Pellegrini para ese año.

"Wow", dijo su esposa discretamente, sin apartar la vista de la pantalla. Se marcharon, agarrados del brazo, camino a un barco que los llevaría a la cercana isla de St. Barts.

El balance personal de Paulson para 2007 fue de casi US$4.000 millones. Fue la mayor ganancia obtenida en un año en la historia de los mercados financieros.

Fuente: WSJ