12 feb. 2010

Una crisis griega llega a EEUU

por Niall Ferguson

Comenzó en Atenas y se extendió a Lisboa y Madrid, pero sería un grave error creer que la crisis de deuda soberana afectará solamente a las economías más débiles de la eurozona. El problema no se limita al Mediterráneo. Estamos ante una crisis fiscal del mundo occidental. Sus ramificaciones son mucho más profundas de lo que la mayor parte de inversores creen.

Hay, sin duda, un rasgo característico de la crisis de la eurozona. Dada la forma en la que se diseñó la Unión Monetaria Europea, no hay un mecanismo de rescate al Gobierno griego por parte de la UE, de otros estados miembros o del Banco Central Europeo (Artículos 123 y 125 del Tratado de Lisboa).

Es cierto que el Consejo Europeo puede ampararse en el Artículo 122 para acudir en ayuda de un estado miembro que se vea “seriamente amenazado por graves dificultades provocadas por desastres naturales o hechos excepcionales que escapen a su control”, pero, en este momento nadie parece dispuesto aceptar la idea de que el déficit de Grecia es una especie de designio divino. Grecia tampoco puede devaluar su moneda, como habría hecho con el drachma antes de entrar en la Unión Monetaria. Tampoco hay un mecanismo para que el país pueda abandonar la eurozona.

Ante esta situación, sólo hay tres posibilidades: reducir el déficit del 13% al 3% del PIB en sólo tres años; el impago de toda o parte de la deuda pública griega o, (la más probable, según señalaron ayer las autoridades alemanas), una especie de rescate dirigido desde Berlín.

Dado que ninguna de estas alternativas resulta muy atractiva, y que cualquier decisión sobre Grecia puede repercutir directamente sobre Portugal, España y seguramente otras economías, es probable que la solución no llegue de forma inmediata. Aun así, las idiosincrasias de la eurozona no deberían hacernos olvidar la naturaleza general de la crisis fiscal que ahora mismo afecta a la mayor parte de las economías occidentales. Llamémosle geometría fractal de la deuda: el problema es básicamente el mismo en Islandia, Irlanda, Reino Unido o EEUU; lo único que varía es el tamaño. Lo que Occidente está a punto de aprender es que no hay nada como una lección keynesiana. Los déficit no nos han “ayudado” ni la mitad que la política monetaria (tipos de interés cero más relajación cuantitativa).

En primer lugar, el impacto del gasto público ha sido muy inferior a lo que esperaban los defensores del plan de estímulos. En segundo lugar, desde que vivimos en un mundo globalizado, hay un elevado riesgo de que el dinero que se deposita en una economía abierta acabe en otros países.

Por último, los efectos de las explosiones de deuda pública son mucho más inmediatos de lo que pensamos. La peor parte se la lleva la eurozona, ya que los inversores, cuando están inquietos, recurren al “refugio seguro” de la deuda estadounidense. Es posible que este efecto persista durante algunos meses, al igual que ocurrió a finales de 2008 cuando el pánico se apoderó del sector bancario. No obstante, con analizar un poco la situación fiscal del Gobierno federal, por no mencionar la de los estados, nos daremos cuenta de la falacia que rodea al concepto de “refugio seguro”.

Incluso según las últimas previsiones presupuestarias de la Casa Blanca, la deuda federal bruta superará el 100% del PIB en sólo dos años. Este año, al igual que el anterior, el déficit federal rondará el 10% del PIB. Según las proyecciones a largo plazo de la Oficina Presupuestaria del Congreso, EEUU nunca volverá a tener un presupuesto equilibrado.

El Fondo Monetario Internacional publicó hace poco un informe sobre los ajustes fiscales que las economías desarrolladas necesitarían acometer para recuperar la estabilidad fiscal en la próxima década. Los peor parados resultaron ser Japón y Reino Unido, con un ajuste fiscal del 13% del PIB, seguidos de Irlanda, España y Grecia, con un 9%. En sexto lugar aparecía EEUU, que, según los criterios del FMI, necesitaría ajustar su política fiscal un 8% del PIB .

Las explosiones de deuda pública afectan a las economías: al aumentar los temores de impago y/o depreciación monetaria, las autoridades revisan al alza los tipos de interés. Unos tipos reales más altos ralentizan el crecimiento, sobre todo cuando el sector privado sufre un elevado endeudamiento, como ocurre en la mayor parte de economías occidentales, también en EEUU. Aunque la tasa de ahorro de los hogares estadounidenses ha aumentado desde que empezó la Gran Recesión, no ha crecido lo suficiente para absorber los billones de dólares de emisiones de deuda anuales.

Sólo hay dos cosas que se han interpuesto entre EEUU y la subida de la rentabilidad de los bonos: las compras de bonos y de valores respaldados por hipotecas por parte de la Reserva Federal y la acumulación de divisas por parte de las autoridades monetarias chinas. No obstante, la Fed está dejando de comprar y se espera que concluya la relajación cuantitativa.

Por su parte, China ha reducido drásticamente las compras de bonos del 47% de nuevas emisiones en 2006, al 20% de 2008 y un 5% el año pasado. Morgan Stanley calcula que este año la rentabilidad a diez años aumentará del 3,.5% al 5,5%. La deuda federal bruta se aproxima al billón y medio de dólares y los intereses rondan los 300.000 millones de euros.

El nuevo presupuesto de la Administración Obama asume alegremente un crecimiento del PIB real del 3,6% para los próximos cinco años, con una inflación del 1,4% de media. No obstante, si suben los tipos reales, el crecimiento sin duda será menor. En esas circunstancias, el pago de intereses podría aumentar de un 10% a un 20% y a un 25% .

La semana pasada, el servicio de inversores de Moody’s advirtió de que no debería darse por hecho que se va a mantener la calificación AAA para EEUU. La advertencia recuerda a la cuestión que planteó Larry Summers antes de volver al Ejecutivo: “¿Durante cuánto tiempo puede seguir siendo la primera potencia mundial el mayor prestatario del mundo?”. Si pensamos un poco, puede parecer apropiado que la crisis fiscal de Occidente haya empezado en Grecia, la cuna de la civilización occidental. No tardará en cruzar el Canal y llegar a Reino Unido. Pero la cuestión es cuándo llegará esa crisis al último bastión del poder occidental, al otro lado del Atlántico.

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11 feb. 2010

Los impuestos ayudarían a Grecia, si sus habitantes los pagaran

Por Sebastian Moffett y Alkman Granitsas

ATENAS—Al parecer, Grecia tiene una opción fácil para controlar un déficit presupuestario que ha estremecido los mercados financieros: frenar la evasión fiscal generalizada, que le cuesta al país unos 15.000 millones de euros (US$20.500 millones) anuales, una suma que permitiría saldar una gran parte de su déficit.

El problema es que la evasión fiscal en este país mediterráneo es extremadamente difícil de erradicar.

Como parte de las medidas para enfrentar sus problemas presupuestarios, Grecia anunció el martes nuevos planes de austeridad.

El ministro de Finanzas, George Papaconstantinou, anunció la congelación de los salarios del sector público y un recorte promedio de 10% de los sueldos e ingresos suplementarios de los funcionarios públicos. Los salarios y bonificaciones para el primer ministro, altos funcionarios del gobierno y ejecutivos de empresas estatales quedarán congelados, y se reducirán bajo ciertas condiciones. Las medidas permitirían ahorrar al Estado unos 850 millones de euros (cerca de US$1.167 millones) este año, dijo Papaconstantinou.

El gobierno también anunció un impuesto marginal de 38% sobre los salarios de ciudadanos que ganen más de 40.000 euros (US$55.000) anuales, frente al actual 25%.

[Grecia] Reuters

El ministro de Finanzas griego, George Papaconstantinou, en una conferencia de prensa en Atenas, el 9 de febrero.

Además, se eliminarán decenas de lagunas fiscales y devoluciones especiales y se incrementarán los impuestos sobre los dividendos y las compañías en el extranjero. Las medidas tributarias aportarían a las arcas gubernamentales unos 1.200 millones de euros (US$1.648 millones), informó el gobierno.

La economía informal griega, compuesta por los ingresos no declarados, representó 25,1% del Producto Interno Bruto en 2007, según Friedrich Schneider, catedrático de la Universidad Johannes Kepler en Linz, Austria. Las economías informales de España, Portugal e Italia se acercan todas al 20% del PIB, frente a 11,8% en Francia y 7,2% en Estados Unidos, añadió Schneider.

Al explicar la incontrolada evasión fiscal, Schneider afirma que países como España, Portugal y Grecia tan sólo han tenido democracias continuas desde los años 70, y la gente no está acostumbrada a que los gobiernos representen al interés público.

"En la mayoría de estos países, lo que importa es la familia… Hay un menor sentido del deber hacia el Estado", afirma Alberto Alesina, catedrático de política económica de Harvard. "En estos países, la evasión fiscal es algo de lo que se puede hablar tranquilamente —y estar orgulloso— conversando con los amigos en una cena".

En los medios de comunicación griegos abundan los casos de corrupción entre los funcionarios de Hacienda. El diario Ethnos informó a mediados de diciembre del arresto de un funcionario ateniense de 51 años acusado de recibir 1.000 euros (US$1.374) del propietario de una tienda de animales a cambio de no imponerle una multa de 3.000 euros (US$4.120) a su establecimiento.

Por otro lado, en una encuesta gubernamental realizada el año pasado a 150 doctores del lujoso barrio ateniense de Kolonaki todos los médicos informaron que recibían un salario inferior a 30.000 euros (US$41.220) anuales. Treinta de ellos dijeron que ganaban menos de 10.000 euros (US$13.700).

"Un contribuyente no puede declarar unos ingresos de 15.000 euros (US$20.610) y al mismo tiempo mantener una casa grande, un auto grande, un barco de recreo y enviar a sus hijos a una escuela privada", dijo Papaconstantinou el martes.

La asociación de doctores de Atenas no respondió a numerosos pedidos para que comentara sobre el sondeo.

La semana pasada, un taxista ofreció a un empresario un recibo de 50 euros por un viaje de 40 euros, para permitir al cliente reclamar más gastos a su compañía.

El taxista impuso una condición: escribir el recibo en un pedazo de papel en lugar de entregar un recibo de su taxímetro, para que el pago no quedara registrado.

Dimitris Mavrogiannis, propietario de un taller de pintura para autos en el distrito New Cosmos, en Atenas, afirma que por lo general él emite recibos, ya que la mayoría de sus clientes trabaja en compañías de seguros, que insisten en tener constancia del cargo. Sin embargo, reconoce que hace excepciones.

"En la mayoría de los casos, emito recibos", afirma Mavrogiannis, de 58 años. "Pero a veces me piden un descuento sobre el IVA y yo accedo".

Toda esta evasión de impuestos se ha convertido ahora en un problema, cuando el déficit presupuestario de Grecia fue probablemente de 13% del PIB en 2009, lo que llevó a una venta masiva de deuda gubernamental griega y aumentó la tasa de interés que debe pagar el Estado.

Los economistas afirman que no hay solución fácil, y que la única forma de resolver los problemas fiscales de Grecia es a través de medidas graduales. Por su parte, los griegos dicen que les gustaría un sistema más justo.

"Trabajo para una gran constructora griega…pero por supuesto, también he hecho trabajos por mi cuenta sin pagar impuestos", afirma el contratista Alexandros Foukis, de 27 años. "Lo que el gobierno necesita hacer es proveer incentivos para que la gente emita un recibo".

Fuente: WSJ

10 feb. 2010

Una crisis hecha en Japón

Por Jeff Kingston

En Japón hay un proverbio: "Si huele mal, tápelo". Lamentablemente, este parece haber sido el enfoque de Toyota ante su crisis de seguridad, ya que inicialmente negó, minimizó y mitigó los problemas relacionados con frenos y aceleradores que parecen tener voluntad propia. El presidente Akio Toyoda, nieto del fundador, estuvo desaparecido durante dos semanas y la empresa no pareció ser muy transparente sobre temas clave de seguridad, con lo que arriesga la confianza de sus consumidores en todo el mundo.

Esta ha sido una pesadilla de relaciones públicas para Toyota, ya que su marca ha sido un sinónimo de calidad y confiabilidad. Una crisis como ésta no puede ser más desafortunada para una automotriz y el costo de este problema hasta ahora —el llamado a revisión inicial de US$2.000 millones y la profunda caída del valor de sus acciones desde el 21 de enero, cuando se anunció el llamado a revisión del acelerador— es sólo un pago inicial de la cuenta final. El llamado a revisión ya se expandió a sus modelos Prius en todo el mundo, incluyendo Japón. Ya se empezaron a presentar demandas legales y se espera que los acuerdos extrajudiciales sean millonarios. Y hay que tener en cuenta las fábricas inactivas y los consecionarios vacíos.

No es sorprendente que la respuesta de Toyota haya sido tan inepta y dilatada, porque el manejo de crisis en Japón es ampliamente subdesarrollado. Durante las últimas dos décadas, no puedo pensar en una instancia en la que una empresa japonesa haya tenido un buen desempeño para manejar una crisis. El patrón es demasiado familiar, y típicamente se produce una respuesta inicial lenta, se minimiza el problema, se decide un llamado a revisión a regañadientes, la comunicación con el público es deficiente y hay muy poca compasión y preocupación por los consumidores perjudicados por el producto.

Tradición de eludir

Ya sean televisores que explotan, electrodomésticos que se incendian, leche contaminada o etiquetado falso, en un caso tras otro las empresas han eludido su responsabilidad hasta que la evidencia acumulada las obligaba a hacer pública y reconocer la culpa. El costo de esta negligencia es bajo en Japón, donde la compensación por daños y perjuicios causados por un producto es casi irrisoria o inexistente.

Une excepción llamativa a estos antecedentes es la saga que involucra a empresas farmacéuticas que continuaron vendiendo productos con plasma contaminado a hemofílicos, lo que causó la infección de muchos de ellos con el virus VIH en la déc ada de los 80. El gobierno estaba al tanto del tema y no logró detener esta crisis de salud pública perfectamente prevenible. Tras años de negación, el actual ministro de finanzas, Naoto Kan, quien era el ministro de Salud en 1994, reveló documentos que mostraban que el gobierno les permitió a las empresas continuar vendiendo el plasma defectuoso para que no perdieran participación de mercado ante empresas extranjeras que vendían productos de sangre en buen estado. Al hacerlo posibilitó una compensación relativamente generosa y un pedido de disculpas desesperado por parte de ejecutivos de la farmacéutica.

A menudo, sin embargo, los intereses de los productores se imponen a la seguridad de los consumidores.

Las firmas japonesas a menudo buscan cubrir o disfrazar los hechos y los encargados de comunicarse con los medios y el público a menudo no tienen la información que necesitan para hacer su trabajo. La ausencia de una estructura para entregar información precisa y con rapidez a la alta gerencia obstaculiza la necesidad de una respuesta adecuada. Eso deja a la cúpula sin la preparación adecuada para enfrentar las preguntas de los medios y proyecta una imagen de impenetrabilidad e indiferencia.

Hay un elemento cultural en esta inclinación por gestionar incorrectamente una crisis. La vergüenza de admitir defectos en un producto en un país obsesionado con la artesanía y la calidad posterga la instancia de hacer públicos los problemas y asumir la responsabilidad. Y una empresa de alto estatus como Toyota tiene mucho que perder ya que su cara corporativa está en juego. Se supone que la vergüenza de producir autos defectuosos es problema de otras automotrices, y el continuo desastre de relaciones públicas revela lo poco preparada que está la empresa para manejar una crisis y lo avergonzada que se siente. Además, en Japón las identidades de los empleados están estrechamente ligadas a la imagen de la empresa para la que trabajan, y la lealtad a la firma supera las preocupaciones por los consumidores.

También hay una cultura de deferencia dentro de las corporaciones que dificulta que quienes se encuentran más abajo en la jerarquía cuestionen a sus superiores o informen sobre problemas.

Dar prioridad al consenso y al grupo es una ventaja para trabajar en equipo, pero también puede obstaculizar una mirada crítica hacia lo que se ha decidido o diseñado. Estas inclinaciones culturales se manifiestan en otros lugares del mundo, pero son excepcionalmente poderosas dentro de la cultura corporativa japonesa y constituyen impedimentos significativos para evitar y responder a una crisis.

Cuando Toyoda asumió las riendas de la empresa a mediados de 2009, no pudo expresar de forma tranquilizadora cómo iba a lidiar con los problemas de exceso de capacidad, así como con la necesidad de depender menos del mercado estadounidense y aumentar su presencia en China, India y Brasil.

Una serie de éxitos, especialmente la del híbrido Prius, puede haber convertido a Toyota en una empresa demasiado confiada, lo que a su vez le hizo perder la agudeza en consumo eficiente de combustible y confiabilidad que la ayudó a surgir en los años 70. Recuperar esa ventaja y reubicar la empresa en mercados en crecimiento promete ser una transición difícil.

Cuestión nacional

Hay mucho en juego para la empresa y el país en momentos en que Toyota intenta restaurar su reputación. Hubo una alarmante cantidad de casos en los últimos años en los que productos japoneses no cumplieron los altos estándares de calidad que el mundo y su propia gente esperan. En algunos ámbitos, se considera un barómetro de un país en declive, uno que está a la deriva y se resbala.

Japón no puede darse el lujo de ser complaciente respecto a la calidad de sus productos y el estancamiento de su productividad, en especial teniendo en cuenta su bomba de tiempo demográfica. Una población que envejece y se reduce a la vez necesita hacer más con menos. Requiere aumentar el valor agregado y la producción per cápita para mantener a una población anciana y sus necesidades de pensiones y atención médica. Y esto significa mantenerse a la par con competidores como Corea del Sur, que están listos para desplazar a Japón en cuanto falle.

Una Toyota recuperada puede significar mucho para la golpeada psiquis nacional y ayudar a reestablecer la reputación de Japón como una potencia manufacturera donde la atención a los detalles es una marca registrada más que un signo de interrogación.

—Jeff Kingston es director de estudios asiáticos de la Universidad Temple en Japón. Un libro de su autoría sobre Japón saldrá a la venta en septiembre en EE.UU.

Fuente: WSJ

9 feb. 2010

Los franceses defienden su idioma en Naciones Unidas

por Harvey Morris y Stanley Pignal

Las autoridades francesas están tomando medidas para defender el uso del francés en Naciones Unidas y otras instituciones internacionales como idioma de la diplomacia, ante el inexorable avance del inglés.

París ha renovado sus esfuerzos para garantizar el futuro del francés en los círculos internacionales, como consecuencia en parte del nombramiento en noviembre de la británica Lady Ashton para dirigir la política exterior de la Unión Europea.

Los medios de comunicación franceses se han apresurado a sacar partido de su bajo nivel de francés, impensable en una época en una alta autoridad de la UE, lo que refleja la preocupación en París a que el cuerpo diplomático que esté formando sea anglófono.

Jean-Pierre Raffarin, ex primer ministro y enviado especial del presidente Nicolás Sarcozy para promocionar el francés, estuvo en Nueva York a finales de la semana pasada para insistir en que debe respetarse su estatus como uno de los idiomas de trabajo de la ONU.

Las gestiones francesas son el último intento por detener el creciente uso del inglés como el medio dominante del discurso diplomático. Raffarin explicó a los periodistas en una reunión informativa exclusivamente en francés en Nueva York: “El presidente Sarkozy me ha pedido que contacte con las organizaciones internacionales para garantizar la presencia del francés y para expresar, con actitud positiva pero firme, que las reglas deben respetarse”.

La visita de Raffarin obligó a Ban Ki-moon, el secretario general de la ONU, a evocar su conocimiento de un idioma que se ha esforzado por dominar desde su acceso al cargo hace tres años. “El secretario general insistió en mantener la conversación en francés, con la ayuda de notas”, explicó Raffarin, “y demostró que podía hablar francés”.

La sensibilidad francesa por el decreciente papel del idioma quedó patente a mediados de semana cuando Gérard Araud, el embajador de Francia ante la ONU, se negó a explicar en inglés el programa de su país para la presidencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, incluso pese a que sus asesores se apresuraron a facilitar sistemas de traducción. “¡No hablo inglés. Punto!”, advirtió a los periodistas acreditados, la mayoría de ellos angloparlantes. “¡Es inaceptable!”, dijo. Señaló que la ONU tenía seis idiomas oficiales: inglés, francés, ruso, chino, español y árabe.

El mes pasado, Raffarin lanzó un mensaje similar a Bruselas, donde en la última década la UE ha evolucionado, pasando de ser un bastión de la diplomacia francófona a adoptar el inglés como su idioma de trabajo de facto.

La tendencia quedó clara en la reciente consulta del Parlamento Europeo a los nuevos comisarios de la UE, que asumirán el cargo esta semana. Excepto unos pocos, todos usaban el inglés como su lengua de trabajo.

La candidata búlgara, que se expresaba en un perfecto inglés, recibió un fuerte aplauso cuando prometió que aprendería francés. El inglés se ha hecho con el control de Bruselas después de sucesivas ampliaciones hacia el norte y el este de Europa.

Cerca de la mitad de los ciudadanos de la UE tienen algún dominio del inglés, aproximadamente el doble que en el caso del francés y el alemán, según las estadísticas de la Comisión.

El francés sigue conservando el estatus de idioma de trabajo de la Comisión, junto con el inglés y el alemán, y aún puede escucharse en partes de la maquinaria de la UE, pero los ejemplos de su uso son cada vez más escasos, para frustración de la misión diplomática francesa en la UE. La misión describe su objetivo como la “defensa de la posición de los franceses y de su idioma dentro de las instituciones europeas”.

Otros se muestran menos preocupados por el cambio de peso de los idiomas, insinuando que podría ser un medio para conseguir la estrecha unión que desea la UE. “El inglés se ha convertido en una especie de latín moderno, y bastante práctico –¿por qué oponerse a su expansión?–”, preguntó Jacques Lafitte, un miembro de un lobby francés en Bruselas.

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8 feb. 2010

¿Una tragedia griega o una tempestad en un vaso de agua?

Por Tom Lauricella

¿Deberían los problemas de un país con menos habitantes que el área metropolitana de Los Ángeles causar estragos en los enormes mercados financieros de Estados Unidos?

Esta es un tema acaloradamente debatido después de que los temores sobre la deuda de Grecia desataran marcadas oscilaciones en los mercados bursátiles la semana pasada. Las señales de que la crisis fiscal griega infectaba a otros mercados de Europa contribuyó a la violenta caída del Promedio Industrial Dow Jones el jueves y la mayor parte del viernes, antes de que un repunte a fin del día lo devolviera a terreno positivo.

[Mercados]

Para algunos, los temores del mercado de bonos que afligen a Grecia y otros países europeos brindan un motivo real para preocuparse. Sostienen que mientras los problemas de deuda ahora parecen contenidos, puede extenderse con facilidad. Grecia es sólo una de muchas economías —incluida la de EE.UU. — que soportan fuertes cargas de deuda como legado de la crisis financiera.

Incluso si los problemas de deuda soberana en países de la zona euro no causan un contagio global a gran escala, los pesimistas afirman que de todos modos el resultado probablemente serán costos más altos para los préstamos en Europa. Esto le restaría bríos a la recuperación económica tanto en el continente como en el resto del mundo.

Grecia "es un llamado de atención", afirma Henry McVey, director de macroeconomía y asignación global de activos en Morgan Stanley Investment Management. Ahora que las instituciones financieras han reducido sus deudas, "los inversionistas se concentran en qué gobiernos están sobreapalancados", señala.

Independientemente de si la reacción a Grecia se justifica, el revuelo de la semana pasada refleja la naturaleza tenue del sentimiento alcista del mercado bursátil. Los inversionistas empezaron este año en general con optimismo, según las expectativas de una recuperación global "equilibrada" en la que el crecimiento mejoraría, pero a un ritmo lento que permitiría que las tasas de interés se mantuvieran bajas.

El primer problema surgió a mediados de enero, cuando China se movió con mayor rapidez que lo previsto para restringir los préstamos bancarios. Ahora, la crisis de deuda en Europa, que se viene gestando desde hace tiempo, dificulta aún más el proceso.

"Lo que hace un par de semanas parecía un escenario perfecto de recuperación económica ha desaparecido", escribieron analistas de divisas de BNP Paribas.

La semana pasada, los inversionistas se apresuraron a volver a deshacerse de activos de riesgo, incluyendo materias primas y bonos corporativos. En tanto, el dólar se fortaleció a medida que los inversionistas abandonaban el euro. Para muchos inversionistas, el destino elegido fueron los bonos del Tesoro estadounidense.

Hay una amplia gama de temores, desde una simple desaceleración económica hasta escenarios más extremos como una nueva crisis de crédito en Europa en momentos en que los bancos afrontan pérdidas ligadas a su exposición a la deuda gubernamental, o un retiro de países como Grecia de la Unión Europea. El mayor temor es el contagio, que los problemas de las economías atribuladas se diseminen a medida que los inversionistas se apresuran a vender sus inversiones en mercados aún saludables más accesibles para compensar pérdidas en lugares como Grecia.

Sin embargo, para algunos, no pasa de una tempestad en un vaso de agua. Aunque no desestiman los desafíos que enfrentan esos países, algunos afirman que simplemente no es un problema material para otros mercados como EE.UU., en especial los de acciones. Afirman que el tumulto de la semana pasada fue impulsado por una histeria a corto plazo sobre un minúsculo mercado de bonos al cual las empresas estadounidenses, en especial los bancos y otras firmas financieras cuyas acciones se vieron perjudicadas la semana pasada, tienen poca exposición directa.

En cambio, los inversionistas deberían enfocarse en la economía estadounidense que mejora y en otra ronda de reportes de ganancias corporativas mejores de lo esperado para el tercer trimestre. EE.UU. debería continuar brindando un refugio seguro para los inversionistas.

"Lo que vemos es ruido", afirma Aaron Gurwitz, director de estrategia de inversión global de Barclays Wealth.

McVey, de Morgan Stanley, admite que con unos US$350.000 millones, el mercado de bonos de Grecia es muy pequeño, pero afirma que ese no es el punto. Lo que ocurre en Europa "no es diferente a lo que se vio en los bancos de inversión: el mercado no quiere hacer negocios con entidades sobreapalancadas", sostiene.

Fuente: WSJ