11 jun. 2010

'Frikieconomistas', la corriente alternativa contra la crisis

El hombre ha tratado siempre de anticiparse a su suerte. Hoy, los grandes gurús de la economía lanzan solemnes pronósticos sobre el porvenir financiero para aplacar la sed del homo superstitiosus. A pesar de que la curiosidad por saber qué depara el futuro siga en auge, figuras como los oráculos, los adivinos, los videntes o las sibilas han caído en el olvido.

Un proceso de selección natural que ha originado dos grandes castas: las seguidoras de la economía micro y de la macro. A esta última doctrina pertenecen los profetas del siglo XXI. Los macroeconomistas se ocupan de cuestiones como la inflación, las recesiones o las crisis financieras.

Son los que aparecen con frecuencia en televisión y predicen qué va a ocurrir con el sistema económico, explican el periodista Stephen J. Dubner y el economista Steven D. Levitt, el dúo que ha revolucionado el mundo con sus teorías económicas y que ya ha vendido millones de ejemplares con su bestseller Freakonomics. Un éxito que también esperan cosechar con la segunda parte del libro, 'Superfreakonomics' (Debate).

Cara o cruz
Para estas rara avis, los expertos en macro gozan de un prestigio heroico cuando las cosas van bien, o sufren el linchamiento social más descarnado cuando se tuercen. Es más, afirman que "tratar de adivinar el futuro de un sistema financiero tan gigantesco, dinámico y complejo como el actual es, además de muy difícil, imposible y, por tanto, iluso, porque es tan cambiante como el tiempo".

Un mal hábito que, no obstante, Dubner recomienda ignorar: "Yo animaría a la gente a que considere a estos gurús como niños que balbucean sobre algo de lo que no tienen ni idea". A su juicio, antes de estudiar economía, los teóricos deberían profundizar más en su conocimiento de la naturaleza humana. "La economía está íntimamente ligada a la psicología y al comportamiento del hombre. No podemos obviar esta variable, ya que el ser humano influye de forma directa y determinante en el sistema financiero", apunta.

Y, si el dinero es el centro del universo, lo normal es que "la gente pase la mayor parte de su vida hablando de ello. Esto se debe a que el dinero es un tipo de medida perfecto", reconoce el autor. Esta forma de medir, sin embargo, no puede aplicarse en campos tales como la psicología o las emociones, "lo que explica que los economistas se limiten a ignorar este factor".

Pero estos frikieconomistas no son los únicos. A esta serie de expertos atípicos se suman autores como Richard Thaler (autor de Quasi rational economics) o Dan Ariely (Predictably irrational), consagrados a la corriente que emparenta la economía micro con lo emocional -también conocida como economía conductual-, que cada vez gana más adeptos.

Aliciente estratégico
Estos férreos defensores de la microeconomía consideran que hay que empezar por comprender qué mueve a los individuos a tomar sus decisiones. Y en este ámbito, la mayor parte de los expertos coinciden: el hombre se mueve por incentivos. La crisis no tiene nada del otro mundo. Todos los que participaron en la venta de hipotecas basura y compra de paquetes de deuda de alto riesgo, actuaban motivados por los mismos incentivos. Todos querían valor y dinero al menor riesgo.

Esto explica en parte que la deuda fuera rebotando de unos a otros, "hasta que explotó, ya que partía de una base defectuosa". Asimismo, añade que "si alguien le dijera a una persona que va a llover justo el día que piensa salir de vacaciones, después de ver 100 días soleados maravillosos, se limitará a ignorar el comentario, porque no le conviene". Y esta actitud es inherente a la naturaleza humana.

Mentiras
A esto se suma que "algunas agencias no inspeccionaron adecuadamente a las compañías que les pagaban antes de elaborar el rating. Los vendedores de hipotecas tampoco deberían haber incitado a la gente a que mintiera sobre sus ingresos para conseguir la casa y, de esta forma, obtener ellos su comisión".

En el ámbito político también podría aplicarse esta misma regla de tres. "La política atrae siempre a personas de la misma calaña movidas por idénticas motivaciones". Un incentivo que, probablemente, carecería de interés a ojos de los empresarios multimillonarios, ya que pasarían a formar parte de un sistema demasiado controlado.

Según Dubner, si los gobernadores recibieran un sueldo diez veces mayor al que perciben en la actualidad, aceptarían menos sobornos, el nivel de corrupción caería en picado, "y atraerían a otro tipo de gente más honrada". Asimismo, agrega que "si aumentara el grado de transparencia en las instituciones políticas, los mandatarios harían mejor su trabajo, pero los periodistas perderían el suyo", bromea.

Sin embargo, lamenta que, de momento, "la cualificación y las intenciones de la gente que compone el aparato de gobierno, no suelan ser las mejores para la sociedad".

El 'mono sapiens' y la economía simiesca
"Los monos también son personas", sostienen Dubner y Levitt en su libro 'Superfreakonomics'. Según un experimento realizado en capuchinos por el economista Keith Chen, profesor asociado de la Universidad de Yale, los monos son capaces de manejar dinero como los humanos.

Los capuchinos, que en palabras de Chen "tienen un cerebro pequeño y están muy centrados en la comida y el sexo", aprendieron a valorar unas piezas metálicas "que no eran comestibles y con las que no podían practicar sexo" al darse cuenta de que podían cambiarlas por golosinas.

El estudio demostró que "cuando el 'precio' de un alimento subía, los monos compraban menos, y cuando bajaba, compraban más", es decir, que cumplían con la ley más básica de la economía humana.

Asimismo, su aversión a la pérdida llegaba a ser tan irracional como la de los seres humanos. En una ocasión, uno de los capuchinos asaltó la jaula de reparto del dinero y huyó del lugar de los hechos. Curiosamente, en lugar de comprar comida, le dio el dinero a una mona que, a cambio, mantuvo relaciones sexuales con él. Este fue "el primer caso de prostitución simiesca en los anales de la ciencia", revelan los autores.

PSICONOMÍA
A raíz del batacazo que recibieron los macroeconomistas con sus predicciones erróneas, surge una nueva corriente que explora la psicología del ser humano como alternativa para entender el funcionamiento real del sistema financiero.

Fuente: Expansión

10 jun. 2010

Ha llegado la hora de planificar la era post-keynesiana

por Jeffrey Sachs

La economía keynesiana encara su última victoria. Los estímulos fiscales globales promovidos el año pasado por la Administración Obama se están retirando, repudiados por el mismo G-20 que los aprobó. Ahora, con el telón de fondo de una creciente crisis de la deuda soberana, debemos abandonar las estrategias a corto plazo a favor de las inversiones a largo plazo necesarias para generar un crecimiento sostenible.

El paquete de estímulo keynesiano se asentaba sobre cuatro premisas discutibles: que era necesario para prevenir una depresión global; que un estímulo fiscal a corto plazo supondría un impulso para la economía; que los proyectos podrían aunar las agendas cíclica y estructural, de carácter cortoplacista y largoplacista respectivamente; y, finalmente, que el rápido aumento de la deuda pública ocasionado por los estímulos no tenía por qué ser motivo de preocupación. El hecho de que estas ideas gozasen de una aceptación tan generalizada daba testimonio del eterno atractivo político de los recortes fiscales y el aumento del gasto.

De hecho, las continuas referencias el año pasado a la Gran Depresión carecían de fundamento; entre los políticos cundía el pánico. La hábil banca central podría, y lograría, evitar una depresión. Los paquetes de estímulos elaborados de forma apresurada suponían una vuelta al keynesianismo. Lo relevante es que EEUU, Reino Unido, Irlanda, España, Grecia y otras naciones habían abusado del crédito durante una década, así que el descenso del consumo después de 2007 no era una anomalía contra la que luchar, sino un ajuste que debía ser aceptado.

Cierto gasto anticiclo es fundamental por motivos sociales. Pero medidas de estímulo como los recortes fiscales temporales para los hogares o los esquemas de ayuda a la compra de vehículos no eran más que formas de malgastar el escaso tiempo y dinero. Reflejaban la esperanza de que un puente fiscal temporal nos devolviera a la senda del crecimiento basado en el consumo y la vivienda –una propuesta discutible teniendo en cuenta que la vieja “normalidad” había sido insostenible desde el punto de vista financiero–.

Las declaraciones sobre una recuperación verde, que defendían que la caída del consumo se vería compensada por la inversión en energías sostenibles, eran, y siguen siendo, razonables. Sin embargo, pronto desaparecieron ante la insistencia de los políticos en sus rápidos paquetes de ayuda. Los sistemas de energía sostenible son fundamentales, pero son un proyecto a largo plazo. Nunca podrían servir como programa de empleo a corto plazo. Tal vez en China existan proyectos de suficiente escala, pero no en EEUU.

Tras asumir el cargo en enero de 2009, el presidente Barack Obama heredó el mayor déficit presupuestario en tiempos de paz de la historia de EEUU. Al ampliarlo, lo convirtió en suyo. Tanto él como sus asesores ignoraron uno de los descubrimientos clave de la macroeconomía moderna: que el resultado de la política fiscal no depende exclusivamente de los impuestos y gastos actuales, sino también de la trayectoria que se prevé para ellos en el futuro.

EEUU no se encontraba en una posición creíble para aumentar un déficit ya de por sí enorme “de forma temporal”, ya que las perspectivas para reducirlo en el futuro eran, y siguen siendo, extremadamente confusas. En Norteamérica no existe consenso sobre cómo restablecer el equilibrio presupuestario, ya que se ve atrapada entre un gobierno federal que realiza muy pocas inversiones y ofrece escasos servicios públicos, y una opinión pública que hace gala de una oposición casi maniática a las subidas de impuestos. No se puede elaborar una política fiscal a largo plazo creíble si se empieza avanzando en la dirección opuesta, con mayores déficit.

El actual panorama económico global muestra una débil demanda en EEUU y Europa, enormes déficit presupuestarios, rebajas del ráting de la deuda soberana y unos consumidores reacios a solicitar créditos. Los gobiernos luchan por la credibilidad del mercado mediante recortes draconianos del gasto. También es un enfoque equivocado. Aquí les ofrezco algunas sugerencias.

Primera, los gobiernos deberían trabajar con un marco presupuestario a medio plazo de cinco años, y fijar una estrategia de transformación económica a 10 años. Los recortes del déficit deberían iniciarse de inmediato para alcanzar ratios deuda-PIB razonables antes de 2015.

Segunda, los gobiernos deberían explicar, y la opinión pública entender, que hay poco que la política económica pueda hacer para crear empleos de alta calidad a corto plazo. Los buenos empleos son resultado de una buena educación, tecnologías de vanguardia, infraestructuras fiables y un gasto adecuado de capital privado. Por lo tanto, son el resultado de años de inversiones públicas y privadas sostenibles. Los gobiernos tienen que potenciar de forma activa la educación de posgrado.

Tercera, los gobiernos deben, por supuesto, garantizar también los esquemas de seguridad social: los subsidios a personas con bajos ingresos, el acceso universal a la sanidad y educación básicas, el aumento de los programas de formación y la promoción de la educación superior.

Cuarta, los gobiernos deberían impulsar las necesarias transformaciones estructurales a largo plazo. Los países con déficit exterior como EEUU y Reino Unido tendrán que potenciar las exportaciones en los próximos años, y todas las naciones deberán promover las energías limpias y la construcción de nuevas infraestructuras de transporte.

Quinta, los gobiernos y la opinión pública deberían insistir en que los ricos paguen más impuestos sobre su renta y patrimonio –de hecho, muchos más–. La redistribución de los últimos 25 años ha convertido nuestras economías en extravagantes zonas de recreo para los más ricos. Los políticos tanto de la izquierda como de la derecha en EEUU y Reino Unido han beneficiado con bajos impuestos a aquellos que pagan las facturas de sus campañas. Incluso las zonas de recreo debería cobrar entrada cuando son multimillonarios los que quieren acceder a ellas.

En resumen, tenemos que recomponer nuestras agendas macroeconómicas. No existen los milagros a corto plazo; sólo la amenaza de que surjan más burbujas si perseguimos ilusiones económicas. Para reconstruir nuestras economías, el lema debe ser la inversión, no el estímulo.

Fuente: FT

9 jun. 2010

El crecimiento de América Latina se traduce en un mayor peso global

Por Paulo Prada

BRASILIA—La reciente transformación de América Latina de un caso perdido a una creciente potencia económica ha mejorado sus lazos con el Fondo Monetario Internacional y le está dando un mayor peso en las negociaciones globales sobre reformas económicas y financieras.

Uno de las voces que han llamado con más fuerza a dichos cambios ha sido la de Dominique Strauss-Kahn, el ex ministro francés de Finanzas y actual director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI). Antes de la reunión del G-20 en Seúl la semana pasada, Strauss-Kahn visitó América Latina donde les pidió a los líderes ayuda para mantener "el consenso global" sobre la reforma financiera que surgió tras la reciente crisis económica.

Mientras Europa sufre los estragos de una crisis de deuda, Japón sigue estancado y Estados Unidos se recupera moderadamente, muchas economías en América Latina han repuntado con fuerza. Fortalecidos por la demanda de materias primas y un alza del consumo interno, países como Brasil, Perú, Colombia y Chile disfrutan de lo que muchos economistas predicen será un período de crecimiento sostenido. El martes, Brasil anunció una expansión de 9% en el primer trimestre frente al mismo período del año anterior, el mayor crecimiento desde que se implementó la actual metodología en 1995. La cifra anualizada, la preferida en EE.UU., bordea el 11%.

En los últimos 12 meses, los países latinoamericanos han hecho uso de su peso económico para ganar mayor relevancia en la arena mundial. Brasil, por ejemplo, ha jugado un papel decisivo en el esfuerzo por reajustar los derechos de voto en el FMI y ha sido un actor importante en el G-20 y otros foros internacionales.

Strauss-Kahn, en su tercer año al frente del FMI, se reunió recientemente con el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; el de Perú, Alan García; y ministros de otros países como México, Uruguay y Bolivia.

Su mensaje fue que el mejor desempeño económico le da a América Latina una voz más fuerte y un mayor poder persuasivo. Después de reunirse con el presidente brasileño, Strauss-Kahn citó la posición de da Silva frente a otros líderes (y al papel ascendente del país en el comercio internacional) como activos que podrían ayudar a convencer a otros gobiernos de que tienen que manejar la economía global en forma conjunta.

[FMI]

Su relativa salud económica, argumentó, podría dar a los países latinoamericanos no sólo un mayor impulso en los mercados globales, sino también una mejor posición en la mesa de negociaciones cuando los líderes reordenen la economía global. "Es mucho más fácil sacar adelante su agenda cuando está en una posición de fortaleza", añadió Strauss-Kahn. Su acogida en la región contrastó con lo que históricamente ha sido una relación áspera.

García, que en el pasado ha criticado al FMI, bromeó en un discurso en Lima que "el Fondo Monetario había cambiado". El mandatario reconoció que él, Perú y buena parte de América Latina también habían cambiado.

Debido a su papel de bombero financiero, el FMI fue a menudo el prestamista de última instancia para la región. Como condición de los préstamos, el Fondo impuso rigurosos criterios económicos que con frecuencia fueron percibidos como invasivos.

Sin embargo, la mejora de las economías de la región les ha permitido pagar miles de millones de dólares en préstamos. Ahora, Latinoamérica se ha unido a China y otras naciones en desarrollo en una reforma que podría cambiar para el año entrante la participación de los países pequeños en la estructura del FMI.

En lugar de paquetes de rescate, países como Colombia y México están solicitando "líneas de crédito flexibles" que el Fondo empezó a ofrecer en 2009 a países con buenos antecedentes, como una especie de respaldo en caso de que se vean afectados por crisis externas. Brasil, que hace cinco años le debía al Fondo US$15.500 millones, no solo pagó la deuda, sino que el año pasado acordó comprar hasta US$10.000 millones en bonos para ayudar en la financiación de programas.

Algunos líderes en la región, sin embargo, aún preocupan al FMI así como a economistas e inversionistas, especialmente cuando tiene que ver con la intervención en los mercados y la independencia de los reguladores. Este año, el presidente del banco central de Argentina renunció después de oponerse a un plan del gobierno para usar US$6.600 millones de las reservas extranjeras para reducir la deuda nacional.

El FMI, asimismo, aún tiene críticos en la región, especialmente gobiernos populistas como Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Después de un debate entre Strauss-Kahn y cuatro ministros de Hacienda en una universidad de Lima, Luis Alberto Arce, el ministro boliviano, dijo que la entidad tenía poco que ofrecer a un país como el suyo, que ha estado implementando medidas para redistribuir la riqueza y nacionalizar industrias clave. El FMI, añadió, tenía muy poco diálogo con el gobierno boliviano.

A pesar de los esfuerzos del organismo por fomentar lazos con la región, Strauss-Kahn recomendó a los líderes que recordaran que siguen siendo vulnerables. La crisis económica, manifestó, se originó en el mundo desarrollado y los bancos latinoamericanos, por fortuna, tenían poca exposición a los derivados hipotecarios que la generaron.

Aun así, advirtió que los precios de las materias primas, en medio de una volatilidad global prolongada, o una reducción de la demanda de Asia, podrían caer y minar los ingresos. Y un continuo flujo de capital extranjero podría producir burbujas de activos y presiones sobre las monedas locales. La inflación, por mucho tiempo el azote de las economías de América Latina, podría regresar de la mano del crecimiento.

Fuente: WSJ

8 jun. 2010

La crisis pone en evidencia que Europa no es una unión

Por Peter Brown

La actual crisis financiera debería al menos poner fin de una vez por todas a la noción de que la Unión Europea es, en forma y función, Estados Unidos de Europa.

Esta idea y su corolario —que la UE acabaría siendo una poderosa fuerza económica mayor que EE.UU.— han llegado al fin del camino.

Ahora parecería incluso ridícula, cuando cada país de la eurozona actúa por su cuenta para abordar las amplias diferencias culturales y políticas que separan a naciones como Grecia y Alemania.

Sin embargo, hace tan sólo seis años, un reconocido periodista del Washington Post, T.R. Reid, expresó lo que era la creencia popular en Europa y en las fiestas de la alta sociedad de Nueva York y Washington con un libro muy elogiado, titulado "Los Estados Unidos de Europa: la nueva superpotencia y el fin de la supremacía estadounidense". La obra resumía la opinión de que la UE estaba destinada a superar a EE.UU. como potencia económica.

Pero quienes coincidían con esta visión de la UE no consideraron las grandes diferencias entre sus naciones miembro y cómo la falta de un poderoso gobierno central que pudiera resolver todas las disputas podría ser un desastre en una crisis.

Por supuesto, es cierto que los estados de EE.UU. pueden estar en lados opuestos en una serie de factores culturales, políticos, demográficos y de estilo de vida. Pero las diferencias son mínimas si se comparan con las de los países de la UE, que tan sólo hace poco más de medio siglo eligieron bandos y casi se destruyen mutuamente. Sí, es cierto, EE.UU. tuvo su Guerra Civil, pero fue hace siglo y medio cuando muchos de los estados del país ni siquiera existían.

Cuestión de Confianza

Y, quizás la razón más poderosa por la que fue imprudente pensar que la UE sobrepasaría a EE.UU. es la siguiente: en el fondo, sus miembros no confían el uno en el otro.

No están dispuestos a ceder su soberanía nacional a un todopoderoso organismo regulador.

A la UE le faltan algunos requisitos básicos de una unión que funcione sin problemas:

Una constitución: la UE no tiene una única constitución que fije todas las reglas para todos los que viven en el bloque. No cuenta con un único gobierno que pueda hacer que sus estados miembros hagan algo, algo que sí puede hacer el gobierno estadounidense. El tratado que establece los principios de los Estados miembros de la UE y del Parlamento Europeo es una imitación endeble de la Constitución y Congreso estadounidenses.

Un único presupuesto y sistema tributario uniforme: si bien los países de la UE tienen políticas comunes, a menudo éstas se ignoran. Por ejemplo, la incapacidad de no exceder los límites del déficit presupuestario, lo que provocó la actual crisis.

Un sistema judicial uniforme: la UE tiene una Corte Suprema, pero sólo cuenta con poderes para resolver disputas entre los países del bloque.

Unas fuerzas armadas unificadas: supuestamente la UE tiene una política exterior unificada, pero tiene poca influencia en los asuntos mundiales ya que no existen unas fuerzas armadas de la UE que hagan cumplir estas políticas. Y esta falta de un poder militar real hace que su economía sea vulnerable a las presiones de las naciones que sí lo tienen.

Una divisa común: por supuesto, existe el euro, pero no lo usan todos los miembros de la UE. Imagínese si el dólar se usara en Dakota del Norte, o en Nueva York, pero no en Nueva Jersey. Dados los recientes eventos en Europa, no sería sorprendente que algunos países que ahora usan el euro optaran por reemplazarlo por una divisa nacional para evitar la crisis económica causada porque algunos países de la zona euro no pagaron sus cuentas.

No Eliminar el Dólar

Esto nunca podría ocurrir en EE.UU. Incluso si un estado con grandes problemas financieros —por ejemplo, California— se declarara en bancarrota, otros estados con mejor salud financiera no podrían dejar de usar el dólar para salvarse ellos mismos. Bajo la Constitución, el gobierno federal gestiona todos los asuntos monetarios.

Pero se trata de algo más que una cuestión de leyes.

Por mucho que digan que Nueva York y Mississippi son muy diferentes, sus ciudadanos se ven como estadounidenses, a diferencia de los europeos que se ven a ellos mismos como holandeses, franceses o alemanes.

A pesar de las diferencias regionales en EE.UU., tenemos un grupo de reglas económicas, una edad de jubilación, un sistema de leyes y beneficios laborales, y un presupuesto nacional.

Nada de esto significa que la UE está perdida, pero hace desaparecer sus aspiraciones de convertirse en una superpotencia económica, por lo menos a corto plazo.

Peter A. Brown, director asistente del Polling Institute de la Universidad de Quinnipiac, es un ex corresponsal de la Casa Blanca con dos décadas de experiencia cubriendo noticias gubernamentales y políticas de Washington.

Fuente: WSJ

7 jun. 2010

El panorama del empleo en EEUU es muy desalentador

por Mort Zuckerman

Vamos a la deriva. Nos consolamos ante el menor atisbo de una buena noticia, pero navegamos por aguas peligrosas; la Gran Depresión se está revelando crudamente como una crisis global y EEUU, el motor tradicional de la recuperación, falla en cada una de sus intervenciones.

El Gobierno estadounidense respondió a la crisis con grandes ayudas financieras. Pero fuera de estas transferencias, los ingresos personales de los estadounidenses continúan cayendo; el mercado inmobiliario sigue, en el mejor de los casos, estancado; el crecimiento del consumo es simbólico. La única energía real de la economía procede del final de la liquidación de inventarios, que es ahora el principal responsable del aumento de la producción industrial y de cualquier mejora de la economía.

Los hogares estadounidenses están abatidos. En mayo, sólo el 11,3% creía que sus ingresos aumentarían en los próximos seis meses, frente al 16,6% que esperaba un descenso. Es la primera vez en cuatro décadas que la mayoría de la población cree que su situación irá a peor, y no a mejor. Es probable que los posibles estímulos fiscales y monetarios masivos que pudieran invertir la tendencia sean políticamente insostenibles dada la creciente preocupación sobre el enorme déficit nacional.

Se mire donde se mire, el panorama resulta desolador. Los principales indicadores económicos cayeron en abril –algo poco usual en una fase tan temprana del ciclo de recuperación–. La demanda de empleo creció en 25.000 solicitudes, llegando a las 471.000. Y volvieron a subir por encima de las expectativas durante las tres primeras semana de mayo –elevando la media móvil de las cuatro semanas en torno, o por encima, de los 100.000 nuevos parados–. Durante los meses previos, las solicitudes de trabajo nunca se aproximaron ni mucho menos al entorno de las 400.000.

No estamos viviendo el ciclo habitual de crecimiento económico. Si lo estuviéramos haciendo, la creación de empleo habría registrado ya un nuevo máximo y compensado todos los trabajos perdidos, tal y como sucedió en anteriores recesiones postguerra. En esta ocasión, estamos lejos del viejo techo de empleo, concretamente en 8,4 millones de personas. Uno de cada seis estadounidenses está en paro o tiene un trabajo a tiempo parcial. No es un ciclo normal cuando se lo compara con una recesión típica, en la que no se pierden más de dos o tres millones de empleos.

Un estudio de David Rosenberg, economista jefe de Gluskin Sheff, revela unas estadísticas tras las cifras oficiales realmente aterradoras. Más de 6,5 millones de personas (más del 45% de los parados) llevan al menos 27 semanas sin empleo, frente a los 3,2 millones de hace un año.

Los sueldos están bajando; los recortes salariales aumentan a medida que los empresarios intentan reducir costes y siguen negándose a contratar. Y el número de trabajadores que buscan empleo sigue creciendo. Por ejemplo, en abril hubo 290.000 nuevas contrataciones, pero la mano de obra aumentó en 805.000 personas.

Los parados que buscan empleo superan el número de trabajos que se crean. Si se amplía el concepto de desempleo para englobar a las personas con un trabajo a tiempo parcial y a aquellas que han solicitado un empleo a lo largo del último año, la cifra alcanza aproximadamente el 17%. La tasa de paro oficial se ha reducido a algo menos del 10%, pero sólo incluye a las personas que han buscado un empleo en las últimas cuatro semanas.

¿En qué se traduce este excesivo número de personas en busca de empleo, con una media de 5,6 trabajadores por cada nuevo empleo? En deflación salarial. El sueldo medio por hora no ha subido desde comienzos de año, llegando un mes incluso a descender un 0,1%, algo que no había sucedido desde abril de 2003.

Es una recuperación desconcertante. Tras el sólido crecimiento del PIB de aproximadamente el 6% en el cuarto trimestre del año pasado, en condiciones normales anticiparíamos un aumento mensual de 250.000 puestos de trabajo. En su lugar, enero y febrero registraron una media de 31.000 nuevos empleos –un mínimo crecimiento sin precedentes tras un trimestre con un PIB tan sólido–.

Habrá que desarrollar políticas y ayudas estatales para los parados de larga duración, cuya probabilidad de encontrar un empleo se reduce conforme permanecen inactivos. Este grupo de parados ha aumentado desde los dos millones de junio de 2004 a los 6,7 millones de abril de 2010. Es probable que nos esperen entre cinco y ocho años de crecimiento económico moderado. Crear 12 millones de puestos de trabajo para volver al pleno empleo, cuando su destrucción aún no ha terminado, parece casi imposible.

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