18 dic. 2009

Cómo EEUU ha permitido que los bancos se suelten de la correa

por John Gapper

Cuando Barack Obama accedió al cargo, los miembros de su administración citaban el dicho del economista Paul Romer: “Nunca hay que malgastar una crisis”. Pero el Gobierno ha desperdiciado la crisis financiera.

Esta semana, los dos últimos grandes bancos que recibieron inyecciones del Gobierno estadounidense durante la crisis en octubre de 2008 acordaron con el Tesoro la devolución de la deuda. Las normas bajo el programa de compra de activos tóxicos (TARP) no eran del agrado de Citigroup y Wells Fargo, que van a devolver 45.000 millones de dólares (30.933 millones de euros) para recuperar la libertad.

Pese a prolongarse hasta el año que viene, la razón de ser del TARP –evitar la quiebra de los bancos– pronto será historia. Así que es bueno reconocer tanto sus logros como sus fracasos.

Con respecto a su objetivo original, el TARP ha tenido éxito –de hecho ha funcionado mejor de lo esperado–. Tim Geithner, el secretario del Tesoro estadounidense, espera obtener beneficios con la inversión de capital del TARP, y los 700.000 millones de dólares sumarán ahora, como mucho 140.000 millones de dólares al déficit federal.

La economía estadounidense sigue débil pero, comparado con las perspectivas de cataclismo que afrontó Hank Paulson, el ex secretario del Tesoro, cuando se diseñó el TARP, su estado es estable. Los indicios de peligro en los mercados se han desvanecido y ha vuelto la confianza.

Sin embargo, mientras los bancos se apresuran a abandonar el TARP para evitar nuevas reacciones del Congreso y restricciones sobre los pagos a los ejecutivos, poco ha cambiado en Wall Street. Bear Stearns y Lehman Brothers han desaparecido, pero los bancos que quedan siguen ganando dinero de la misma forma que antes.

Las entidades bancarias y los hedge fund han obtenido inmensos beneficios en el último año con el comercio de deuda distressed (deuda de alto riesgo que cotiza con un diferencial de rentabilidad superior a 1.000 puntos básicos), ayudados por los bajos tipos de interés que ha mantenido la Reserva Federal. Entretanto, los bancos que resultaron ser demasiado grandes como para permitir su caída son más grandes que nunca.

Es posible que el TARP haya conseguido sus objetivos financieros pero, en términos de riesgo sistémico, ha fracasado. Al ayudar a los bancos de forma indiscriminada, el TARP no sólo enfureció a los votantes sino que también aumentó el riesgo moral en el sistema financiero e hizo más difícil una reforma eficaz.

“Dada la severidad de la crisis, al Gobierno no le quedaba más remedio que intervenir, pero no se impusieron suficientes condiciones y el problema del riesgo moral ha empeorado”, explica Matthew Richardson, un profesor de la Universidad de Nueva York.

La única esperanza de compensar esta situación, ahora que los bancos han escapado del control del TARP, es mediante una reforma de la legislación que está en la actualidad en el Congreso. Es posible que consiga cosas útiles, como reformar el comercio de derivados y crear un “régimen de disolución” para los bancos, pero probablemente no las suficientes.

El problema del riesgo moral –que los bancos tienen incentivos para crecer y asumir más riesgos con su capital, a sabiendas de que el Gobierno los rescatará en caso de crisis– se ha visto agravado por la forma en la que se ejecutaron los rescates el año pasado.

La semana previa a la caída de Lehman, yo entre otros animé a Hank Paulson, que acababa de salvar a Fannie Mae y Freddie Mac, a no seguir rescatando a entidades financieras. Se contuvo, pero el colapso de la confianza del mercado le obligó a ceder.

Por entonces, el Tesoro estaba improvisando soluciones, y decidió que tenía que tratar a todos los bancos por igual. La primera encarnación del TARP como plan para sostener el precio de los activos respaldados por hipotecas fue desechada en favor de la inversión de capital (casi por la fuerza) en toda la industria.

En esa época, sentía lástima por Paulson (y después por Geithner), que tenían que ajustar continuamente su postura y las justificaciones de su intervención –o de la falta de ella–. Después de todo, se enfrentaban a una avalancha de problemas financieros y al difícil reto de conseguir la aprobación del Congreso.

Incluso así, podrían haber conseguido los mismos objetivos sin dejar semejantes residuos de problemas de incentivos. No era necesaria tanta improvisación, ya que disponían de ejemplos históricos por los que guiarse.

Tal y como expone Charles Calomiris, un profesor de la Universidad de Columbia, Reino Unido afrontó varias crisis financieras en la primera mitad del s.XIX porque el Banco de Inglaterra prometió adquirir pagarés si los precios caían por debajo de un determinado nivel, lo que empujó a las casas de descuento a inflar los créditos.

Después de cambiar de rumbo en 1858, impuso su autoridad negándose a rescatar a Overend, Gurney & Co en 1866. Por desgracia, el intento de Paulson de seguir el ejemplo de Overend, Gurney & Co con Lehman salió mal.

Incluso los rescates pueden estructurarse de forma que se minimicen los incentivos inadecuados. En los años 30, la Resolution Trust Corporation estadounidense permitió la quiebra de los bancos insolventes mientras que invertía en acciones preferentes de los bancos más sanos. En cambio, Paulson dio el mismo trato a Goldman Sachs y a Citigroup.

El riesgo moral parecía un problema de carácter académico por entonces, pero ese carácter lo ha perdido ahora. Al invertir en todos los grandes bancos, y rescatar a los tenedores de bonos de los bancos y de swap de impago de crédito de AIG a la par, estableció poderosos precedentes.

En los años 30, EEUU lo abordó aprobando las reformas Glass-Steagall, pero esta vez, bajo mi punto de vista erróneamente, ha evitado cambios estructurales. En su lugar, pone sus esperanzas en un endurecimiento de la regulación y en nuevos mecanismos para disolver paulatinamente los bancos de inversión con problemas.

Pero a menos que los bancos de inversión se convenzan de que desaparecerán en una futura crisis –y que sus accionistas y tenedores de bonos perderán dinero– los malos incentivos se convertirán en parte del legado histórico del TARP.

El año pasado, a todo el mundo le preocupaban las consecuencias de un fracaso del TARP. En la práctica, funcionó demasiado bien.

The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved.

17 dic. 2009

El cielo económico de España se oscurece

por Victor Mallet

El clima prenavideño en Madrid es una curiosa mezcla de pesimismo y alegría. Por una parte, se le dice a los españoles que están sufriendo la peor crisis económica en 50 años, por lo que temen por sus puestos de trabajo. Por otra, aquellos que aún conservan su empleo pocas veces antes habían dispuesto de tanto dinero para gastar. No sorprende que los restaurantes de la ciudad estén atestados de ruidosas y neuróticas cenas ante la proximidad del periodo vacacional.

Las razones de esta extraña combinación de pesimismo económico y sólido consumo no son ningún secreto. El paro ha experimentado un fuerte aumento –hasta el 18% de la población activa española– pero las medidas de emergencia en todo el mundo para evitar otra depresión han inyectado liquidez en el sistema y rebajado los tipos de interés (y los pagos hipotecarios mensuales) a niveles históricamente bajos. La inflación es baja o negativa.

Tal y como señalaba la semana pasada el economista Edward Hugh: “Dos tercios de la sociedad española nunca han disfrutado de una situación mejor”. Y el derroche español en estímulos fiscales no es, en esencia, muy distinto del que se hizo en Reino Unido o EEUU. Sin embargo, los cielos sobre Madrid –y Washington, Londres, Atenas y Dublín– se oscurecen más con cada día que pasa.

Los gobiernos que respondieron con rapidez a la crisis con ambiciosos planes de gasto, afrontan ahora extraordinarios déficit presupuestarios que ascienden hasta el 10% del producto interior bruto (PIB), crecientes volúmenes de deuda y el escepticismo de los inversores que compran sus bonos soberanos. De ahí la rebaja de Fitch del ráting crediticio para la deuda griega y la revisión negativa de Standard & Poor's de sus perspectivas para España.

Todos saben que estos gobiernos necesitan urgentemente reducir los gastos y subir los impuestos, pero, por motivos tanto políticos como económicos, la medicina necesaria será muy difícil de administrar, especialmente si los tipos de interés empiezan a aumentar.

José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente socialista, no tomó medidas financieras que perjudicaran a los funcionarios o a otros trabajadores españoles cuando se pasaba por el peor momento de la crisis este año. La semana pasada, aseguró alegremente a la nación que “el tren del crecimiento económico está muy próximo”.

Sin embargo, Zapatero se enfrenta ahora a la difícil labor política de subir los impuestos y reducir el gasto precisamente en el momento en el que se supone que la economía española, y la del resto del mundo, se está recuperando y que los banqueros internacionales sonríen ante la perspectiva de generosos bonus.

España es sólo un ejemplo. Moody's, la agencia de ráting que situó esta semana al país a la cabeza de su nuevo “índice de miseria” –un indicador combinado del paro y el déficit fiscal–, advirtió de que la población de varios países como Irlanda y Hungría tendría que hacer ahora “un gran sacrificio”. “La necesidad de frenar el déficit pondrá a prueba la cohesión social”, fueron las desalentadoras palabras en su última revisión de la deuda soberana.

También están los retos económicos. Dejando a un lado el hecho de que parte del gasto que derivó en el déficit se destinase a obras públicas sin sentido (Madrid está trasladando una estatua de Cristóbal Colón al emplazamiento que ocupaba hace tres décadas aprovechando un programa de obras públicas por valor de 8.000 millones de euros), hay que considerar los quebraderos de cabeza que conllevará reducir el déficit presupuestario en una economía débil. El incremento de las tasas fiscales, por ejemplo, no aumentará necesariamente los impuestos recaudados ante una situación económica tan adversa.

Así, los economistas que estudian a España observan los intentos del país por salir de la crisis y reducir un déficit fiscal sin precedentes con una mezcla de fascinación y pavor. La opinión consensuada es que España, después de haber crecido a mayor ritmo que sus vecinos europeos durante una década, lo hará ahora más despacio. Algunos predicen un futuro “en forma de L”, con poco o ningún crecimiento en los próximos años.

“Aumentar el déficit al 10% del PIB es fácil”, explicaba en una reunión en Madrid esta semana Javier Díaz-Giménez, profesor de Economía de la escuela de negocios IESE. “Pero no sabemos cómo volver a un déficit del 3% del PIB”.

Preguntado por la posibilidad de una “década perdida” similar a la de Japón, Díaz-Giménez hizo todo lo posible por mostrarse optimista. España podría no sufrir una década perdida, explicó, “pero nos esperan cinco años muy difíciles por delante”. En resumen, es posible que los restaurantes de Madrid no estén tan llenos como hoy en diciembre de 2010.

The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved

16 dic. 2009

Cinco preguntas sobre la estrategia de abandono de la política de la Reserva Federal

por Krishna Guha

Dentro de la Reserva Federal está surgiendo un debate en torno a cómo debería organizar, comunicar y ejecutar el banco central estadounidense su eventual abandono de su poco convencional política monetaria.

El comunicado que saldrá de la reunión de hoy es posible que no arroje mucha luz en este sentido, más allá quizás de hacer hincapié en que el abandono de unas medidas de provisión de liquidez poco ortodoxas está ya muy avanzado, y que puede proseguir de forma independiente a la política monetaria.

Pero el banco central tendrá que desarrollar sus ideas a medida que avance 2010. “El orden en el que el comité escoja usar sus herramientas de salida es importante”, explica Larry Meyer, ex gobernador de la Fed.

Hay cinco preguntas interrelacionadas esenciales en relación a la secuencia de salida. ¿Debería la Fed centrarse en ajustar los tipos a corto plazo como de costumbre, o modificar los tipos a largo plazo mediante la venta de activos?

Asumiendo que la Fed se concentre en los tipos a corto plazo, ¿necesita reducir sustancialmente los más de 1 billón de dólares (6.854 millones de euros) de excedentes de reservas bancarias en las fases iniciales del proceso, y preferiblemente antes de subir los tipos?

¿Cuando inicie las subidas de tipos, debería comunicar su postura política en términos de un tipo de interés sobre las reservas bancarias más que como un objetivo para los tipos de los fondos de la Fed como en el pasado?

Si comienza a hacer ajustes sin drenar el exceso de reservas, ¿tendrá que actuar con más agresividad de lo que lo habría hecho en otro caso? ¿Y qué política monetaria desea la Fed para cuando la salida se haya completado?

Las respuestas provisionales que se desprenden del liderazgo del banco central parecen ser respectivamente: sí, no, tal vez, probablemente y algo distinto al régimen previo a la crisis.

Pero varios políticos de la Fed defienden un enfoque distinto más próximo a la forma de actuar del banco central previa a la crisis.

Desde el comienzo de la crisis en agosto de 2007, el balance de la Fed ha multiplicado en más del doble su tamaño, de 874.000 millones de dólares a 2,1 billones de dólares. Gran parte de ese incremento se debe a la creación de reservas bancarias.

En los últimos meses, los créditos para el sistema financiero han caído de forma pronunciada, de 1,6 billones de dólares a 265.000 millones de dólares. Pero la Fed ha seguido acumulando activos, y las reservas ascienden ya a 1,1 billones de dólares –casi 50 veces el nivel previo a la crisis–.

Algunos economistas piensan que las reservas desempeñan un papel especial en la creación de crédito, y que el banco central debe reducir las reservas en las primeras fases del proceso de salida o arriesgarse a que la inflación alcance niveles excesivos.

Jim Bullard, el presidente de la Reserva Federal de San Luis, propone que se ajuste la política revendiendo los activos de la Fed, lo que subiría los tipos a largo plazo, al tiempo que reduciría las reservas, antes de aumentar los tipos a corto plazo.

El banco central ha probado varias estrategias –incluidas operaciones de repos invertidas mediante las que la Fed solicita préstamos contra algunos de sus activos– que le permitirían drenar las reservas, potencialmente a gran escala, y reemplazarlas con otras deudas a corto plazo.

Pero la Fed no cree que las reservas sean las únicas que afecten al proceso de inflación. Así que, probablemente, terminará por reducir las reservas sólo en el grado necesario para reforzar su nueva herramienta predilecta: pagar intereses sobre las reservas bancarias fijando, así, un suelo para los tipos de los fondos de la Fed.

Una vez que la Fed comience los ajustes, las autoridades ven cierta lógica en que los tipos sobre las reservas bancarias se convierta en el elemento central de los comunicados, aunque los hábitos del mercado podrían obligarlos a limitarse a los tipos de los fondos federales, que se espera que operen en un rango próximo al de los tipos de las reservas.

Si la Fed inicia los ajustes con más de un billón de excedentes de reservas en el sistema bancario, importantes autoridades del banco central reconocen que es posible que tenga que subir los tipos con más rapidez que cuando los bancos sólo tenían 20.000 millones de dólares de reservas.

Calibrar esto será difícil. Allan Meltzer, un profesor de Carnegie Mellon, explica que cuando las autoridades de la Fed le dicen que subirán más los tipos si es necesario para compensar las hinchadas reservas, “yo les pregunto, ¿hasta qué punto? No saben la respuesta”.

Además, a medida que se desarrolle el ciclo de ajustes, la Fed tendrá que indicar hasta dónde quiere llegar. Si no se actúa sobre ella, la cartera de activos desaparecerá gradualmente, reduciendo las reservas. Pero a muchas autoridades les gustaría terminar en una situación en la que las reservas sean sustancialmente más altas que antes de la crisis –y en la que los tipos se gestionen también de forma distinta–, ya que creen que esto mejoraría la estabilidad financiera.

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15 dic. 2009

Las tensiones entre países desarrollados y en desarrollo afloran en Copenhague

Por Alessandro Torello y Spencer Swartz

COPENHAGUE— Las tensiones se hicieron evidentes el lunes en la cumbre climática de las Naciones Unidas, cuando representantes de un grupo de países pobres se retiró de la conferencia brevemente para protestar por el lento avance de las negociaciones, y funcionarios de la Unión Europea expresaron su exasperación con Estados Unidos y China.

El Grupo de los 77, que representa a países en vías de desarrollo al igual que a grandes economías emergentes como Brasil, la India y China, se retiró de las negociaciones por la mañana, señaló un diplomático brasileño. Los delegados regresaron a la conferencia más tarde, pero los problemas subyacentes seguían sin ser resueltos, indicó el ministro sueco Andreas Carlgren. Suecia representa a la Unión Europea, ya que ejerce la presidencia rotativa de seis meses del bloque de 27 países hasta fin de año.

La turbulencia dentro de la conferencia de Copenhague fue acompañada por disturbios y desorganización afuera, donde cientos de personas esperaron en fila durante horas en un clima frío para poder ingresar al centro de conferencias. En tanto, la policía danesa arrestó y detuvo a más de 1.000 manifestantes que realizaron protestas fuera del lugar donde se desarrolla la conferencia el sábado y el domingo. Autoridades danesas aprobaron nuevas leyes antes de la conferencia climática que permiten la detención preventiva, bajo la cual las personas pueden ser retenidas por la policía durante un máximo de 12 horas.

Los procedimientos oficiales de la conferencia climática se adentran en su segunda semana. Se prevé que los líderes mundiales, incluido el presidente de EE.UU. Barack Obama, arriben a fines de esta semana para cerrar un trato para limitar las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y establecer nuevos mecanismos para subsidiar esfuerzos de los países pobres para adoptar tecnología de bajas emisiones de carbono o adaptarse a los efectos de las temperaturas globales en aumento. Entre los grupos de más alto perfil que reclaman que se tomen acciones se encuentran representantes de países-isla que han advertido que sus territorios al nivel del mar podrían quedar sumergidos si el deshielo polar aumenta los niveles de los océanos.

En el centro de las disputas en Copenhague hay profundos desacuerdos sobre el dinero, lo cual volvió a saltar a primer plano el lunes.

Manadou Honadia, quien integra el equipo de negociaciones del país africano de Burkina Faso, afirmó que el G-77 había retomado las conversaciones con los países ricos, pero aún estaba descontento porque los países industrializados no accedían a compromisos financieros de más largo plazo para los Estados más pobres.

"Necesitamos ver que los países desarrollados nos den un plan de qué transferencias (financieras) llegarán en cinco años, diez años o cuánto a lo largo de los años siguientes, y no lo estamos viendo", indicó.

La Unión Europea prometió US$10.500 millones en financiación entre el año próximo y 2012 para dar el puntapié inicial de la lucha contra el cambio climático en los países en vías de desarrollo.

Fuente: WSJ

14 dic. 2009

Samuelson, un premio Nobel que convirtió la economía en una ciencia

por Stephanie Flanders

Todo economista vivo se ha visto influenciado por la obra de Paul Anthony Samuelson, que murió el domingo a la edad de 94 años. El domingo por la noche se repetían los homenajes a un hombre que hizo más que cualquier otro teórico para convertir la economía de una selección dispersa de ideas en una ciencia social.

Vino al mundo el 15 de mayo de 1915 en Gary, Indiana, pero posteriormente aseguraría que “realmente” nació el 2 de enero de 1932, durante su primer curso de economía como estudiante de la Universidad de Chicago, donde recibió una rigurosa formación matemática en economía clásica de manos de Frank Knight, Jacob Viner, y otras grandes figuras de Chicago del periodo previo a la guerra. Tras su graduación, ingresó inmediatamente en Harvard en 1936. Su llegada coincidió con la transcendental publicación de la Teoría General de Keynes.

Poco después de obtener el doctorado, entró a formar parte de la facultad de economía del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Allí permanecería el resto de su vida, siendo nombrado en 1966 uno de los 12 catedráticos de la institución.

Según él mismo explicaba, llegó a la economía justo en el momento adecuado. “Para una persona con capacidad analítica, lo bastante perceptiva como para darse cuenta de que, en economía, la formación matemática era un un poderoso arma, en 1935 el mundo de la economía era su ostra. El terreno estaba lleno de bonitos teoremas pidiendo ser seleccionados y dispuestos en un orden unificado”.

Gran parte de su carrera la dedicó a hacer precisamente eso. La economía del bienestar, las teorías del consumo, la acumulación de capital, el crecimiento económico, las finanzas y el comercio internacional, todos se convirtieron en sujetos de su rigurosa “selección y disposición”. Resulta difícil nombrar un importante debate económico posterior a la guerra en el que Samuelson no tomase parte. En una ocasión presumió: “Mi dedo ha estado en todos los pasteles”.

Recibió todos los galardones que la profesión puede otorgar, incluida la primera medalla John Bates Clark en 1947 y el segundo premio Nobel de Economía en 1970. Ocupó el cargo de presidente de la Asociación Económica Americana en 1961, de la Sociedad Econométrica en 1951, y de la Asociación Económica Internacional entre 1965 y 1968.

Pese a ser un escritor prolífico en su vejez, se le puede recordar mejor por dos libros publicados muy pronto en su carrera: Los fundamentos del análisis económico y su libro de texto Economía. El primero asentó los cimientos de la economía formal tal y como se practica en la actualidad; el segundo difundió ideas económicas neoclásicas a millones de estudiantes

Fundamentos vio por primera vez la luz como tesis doctoral de Samuelson, que presentó en 1941. Kenneth Arrow, también galardonado con el Nobel y catedrático de Economía de la Universidad de Stanford, en California, comentaría posteriormente que era “el único ejemplo que conozco de tesis doctoral que es un tratado... o tal vez, de tratado que tiene tanta originalidad en cada una de sus partes como para merecer ser aceptado como tesis”.

En él, Samuelson mostró que el mismo método podía aplicarse a casi todos los problemas de la teoría económica. Ilustró que dos principios, la maximización (extraído de las ciencias naturales) y su propio “Principio de la Correspondencia” podían usarse para obtener resultados empíricamente significativos, sin importar si la materia era el comercio internacional o el comportamiento de los consumidores.

Había mucha originalidad en su escritura, sobre todo en su primer artículo académico, publicado a los 23 años, que introdujo la que se convertiría en una idea fundamental en la microeconomía, la teoría de la “preferencia revelada”, que todavía abre importantes libros de texto de teoría economíca.

Samuelson, tío materno de Larry Summers, principal asesor de economía de Barack Obama, escribió en una ocasión que “nuestra materia se esmera cuando trata el comercio internacional”, un tema sobre el que hizo influyentes contribuciones. El famoso “Teorema Stolper-Samuelson”, que dice que abrir un país al comercio tendería a beneficiar el relativamente abundante factor de la producción, allanó el camino para el trabajo posterior sobre las condiciones para la equiparación de salarios y la rentabilidad de capital entre los países en un mundo de libre comercio.

El deseo de Samuelson de abrir un espacio para la economía en los debates políticos contemporáneos fue el otro objetivo de su carrera. Fue uno de los primeros economistas en conseguir un amplio seguimiento como analista económico en la prensa. Sus previsiones regulares sobre la economía estadounidense para Financial Times a comienzos de cada año durante la década de 1970 disfrutaron de un amplio seguimiento pese a, con frecuencia, no ser muy precisas.

Su experiencia como asesor de políticos, como Kennedy y otros presidentes, fue desigual. “A menudo, al convertirme en asesor de una agencia federal, precipitaba su desaparición”, admitía. Y el trabajo diario en política resultaba poco atractivo. Con frecuencia presumía de que nunca había pasado una semana entera en Washington.

En el MIT, varias generaciones de estudiantes y miembros de la facultad se beneficiaron de sus enseñanzas y consejos. En la presentación en 1983 de un volumen dedicado a su obra, sus compañeros catedráticos del MIT, Robert Solow y E. Cary Brown, escribieron que “ha sido más que un modelo de conducta: ha sido la conducta”. Son muchos los ejemplo de su generosidad reconociendo los logros de otros, al igual que los suyos propios.

Las breves memorias de Samuelson, escritas después de recibir el premio Nobel, mostraban pocos deseos de modestia. El inicio exploraba las relativas contribuciones del esfuerzo, y el intelecto, en la formación de genios como Newton, Mill y otros. En relación a sus propias experiencias, señaló que un reciente periodo en el que había estado tomando medicación le había mostrado la importancia de la capacidad innata: “Durante ese tiempo, sentí cómo borraba lo mejor de mi mente. ¡De pronto, me di cuenta de cómo vive la otra mitad! No es que mis aptitudes sufrieran visiblemente a los ojos del resto del mundo: durante ese periodo escribí uno de mis mejores artículos. Pero para mí mismo, estaba claro que le estaba sacandole un gran partido”.

Sin duda, Samuelson sentó las bases de un enfoque cada vez más matemático. Muchos argumentarían que el movimiento hacia modelos teóricos impenetrables ha alejado la economía de una audiencia más amplia. Tal vez su famoso libro de texto equilibrase la situación.

Publicado en 1948, el libro se convirtió en el texto básico para millones de estudiantes. La obra, que otorgó a Samuelson considerables beneficios así como fama, simboliza su no siempre fructíferos esfuerzos por mantener la relevancia de la disciplina ante el mundo exterior. De joven, comentó que “somos como atletas muy preparados, que nunca participan en una carrera”. En los próximos años, habrá pocos economistas formados directamente por Paul Samuelson o su trabajo, pero todos recorrerán la senda que él trazó.
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