11 dic. 2009

Los banqueros seguirán al dinero

por Gillian Tett

Este verano, un banquero londinense me reveló que estaba intentando comprar pisos en Singapur y Zúrich. No se debía, insistió, a que tuviera previsto mudarse (adora el colegio de sus hijos en Londres).

Pero estaba tan seguro de que algunos de sus colegas se marcharían de la City en los próximos años, que quería arriesgarse. "Probablemente sea demasiado tarde", confesó. "El momento adecuado para este negocio fue hace un año".

Tal vez no. En los dos últimos días, se han hecho furiosas advertencias de que los banqueros londinenses abandonarán la City tras la noticia conocida el miércoles de el Gobierno fiscalizará los bonus bancarios.

Sospecho que esta agitación olvida lo más importante. Existen buenos motivos para pensar que el papel de Londres en las finanzas globales se está viendo minado. Pero esto refleja factores estructurales más fundamentales –que van mucho más allá de las noticias sobre los bonus–.

Lo que está en juego es el viejo asunto de los desequilibrios macroeconómicos globales. En la última década, las economías no occidentales se han expandido a un ritmo asombroso. Goldman Sachs, por ejemplo, calcula que desde 2007, los denominados países BRIC (Brasil, Rusia, India y China) han representado el 45% del crecimiento global, frente al 24% entre 2000 y 2006, o el 16% de los años 90. A ese ritmo, se calcula que las naciones BRIC alcanzarán la paridad con occidente en sólo 23 años.

Pero los mercados de capitales de esos países aún van muy a la zaga, debido a la debilidad de sus infraestructuras financieras. Así, los países no occidentales han pasado las dos últimas décadas reciclando ese capital a través de centros financieros occidentales, engullendo bonos del Tesoro, adquiriendo derivados de deuda, dirigiendo salidas a bolsa –etcétera–.

Londres ha sido hasta la fecha uno de los beneficiados, dado especialmente a que sus mercados disponían con frecuencia de una ventaja cultural, reguladora y geográfica sobre Nueva York. Pero las placas tectónicas se están desplazando. Como expuso McKinsey hace poco en uno de sus trabajos (Global capitales Markets; Entering a New Era), después de cuatro décadas de boom, los mercados de capitales occidentales parecen maduros –lo que implica que la próxima fuente de crecimiento se encontrará en los países no occidentales–.

O, por decirlo de otra forma, lo que es probable que suceda en las próximas décadas es que el negocio financiero se desplace allí donde esté el capital, ya sea Hong Kong, São Paulo o Shanghai. De momento, la rapidez y la generalización de este cambio no están claras, ya que la capacidad de estos países para crear infraestructuras financieras varía. Tokio, después de todo, es una muestra de que las grandes fuentes de capitales no siempre dan lugar a verdaderos líderes financieros globales.

Pero los bancos occidentales pueden oler la tendencia. Sólo hay que fijarse, por ejemplo, en el hecho de que Santander realizara recientemente una emisión de acciones por valor de 8.000 millones de dólares (5.431 millones de euros) en el mercado brasileño (obteniendo un coste de capital más bajo del que podría haber conseguido en Londres). O en que Hong Kong ha completado este año casi el doble de ofertas públicas de valores que Londres o Nueva York en términos de valor.

Entretanto, los rumores en Goldman Sachs sugieren que el banco estadounidense está considerando una salida a bolsa en China y Brasil. Los propios estudios del banco muestran que el ratio de capitalización de mercado en relación al producto interior bruto en los países BRIC ha crecido desde en torno al 20% hace una década a cerca del 70% en la actualidad.

Esto no quiere decir que Londres desaparezca como centro financiero global. Una gran parte de su negocio aún procede de los mercados occidentales, como Europa continental, y en el sector de la deuda y los derivados, sigue disfrutando de una importante ventaja sobre casi la totalidad del resto del mundo, excepto, posiblemente, Nueva York.

Pero la que cada vez parece más vana es la esperanza generalizada a principios de esta década: que Londres podría ser el principal centro financiero global en el futuro inmediato. En mi opinión, en la próxima década, el liderazgo en los mercados de capitales se distribuirá, en su lugar, de forma más equitativa por todo el mundo. Londres será sólo una parte del paquete.

Ese es el motivo de que los impuestos sean importantes. Personalmente, no creo que los financieros abandonen en masa la City por lo que Alistair Darling hizo el miércoles. Los brókeres operan con una mentalidad y un ritmo estacional extrañamente similar al de los granjeros: saben que viven en un mundo incierto, con el riesgo permanente de que un clima inesperado acabe con la "cosecha" financiera anual –ya sea una crisis del mercado o un jefe aborrecible–. Así, perder los bonus de un año debido a una inesperada tormenta fiscal puede ser tolerable –especialmente si afecta a muchos banqueros al mismo tiempo–.

Pero es el clima más general el que importa en este caso. El verdadero problema es que el ambiente está empeorando en Londres –sólo hay que fijarse en las normas sobre los visados, los impuestos del 50%, etc– mientras que otros pastos se están volviendo más fructíferos.

Así que, si me encuentro en otra ocasión con este banquero, le sugeriré un nuevo emplazamiento para su "negocio" de propiedades: ahora podría ser un buen momento para tomar posiciones cortas en propiedades en Chelsea y otras zonas de Londres de la predilección de los banqueros. Pero, hay que acentuar, con una perspectiva a 10 años, no a 10 días.

The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved.

10 dic. 2009

El BCE aumenta la presión sobre Grecia

por Ralph Atkins

Un importante político del Banco Central Europeo ha advertido a Grecia de que tiene un año para controlar sus finanzas públicas o que, de lo contrario, se arriesga a que sus bonos queden inhabilitados como garantía para los bancos que soliciten liquidez del BCE.

Las declaraciones de Axel Weber, el presidente del Bundesbank alemán, aumentan la presión sobre el nuevo gobierno socialista de Atenas tras conocerse que la situación de su presupuesto es mucho peor de lo temido anteriormente.

El martes, Fitch redujo el ráting de la deuda griega a BBB+ –la primera vez en 10 años que una de las principales agencias de ráting valora a Grecia por debajo de A–. Standard & Poor's también ha advertido sobre la posibilidad de una rebaja.

Antes de la crisis económica global, una valoración de A- era el requisito mínimo que debían tener los activos que ofrecieran los bancos de la eurozona cuando acudiesen a las operaciones de liquidez del BCE. El límite se redujo a BBB- después de que la quiebra de Lehman Brothers el año pasado amenazase con paralizar los mercados financieros, pero hasta el momento el BCE sólo ha dicho que este estándar más bajo se aplicará hasta finales de 2010.

Ante el club internacional de periodistas económicos en Fráncfort, Weber señaló que los ajustes temporales “terminarán”, y añadió que “el Gobierno griego y aquellos con responsabilidades ven clara la necesidad de implementar medidas de consolidación [fiscal] concretas”.

Sin embargo, Weber, miembro del consejo de gobierno del BCE, no dio explicaciones claras sobre si el BCE aprovecharía alguna vez una amenaza para excluir los bonos de un gobierno de la eurozona de sus operaciones de liquidez –un paso que se consideraría político–. Webber asumió que Grecia actuaría en respuesta a las presiones impuestas por los mercados financieros y las agencias de ráting. “La pelota está en el tejado de Grecia”, apuntó.

Las autoridades de la UE mantienen la presión para que Atenas redoble los esfuerzos para reducir su déficit, que se espera que alcance este año casi el 13% del producto interior bruto (PIB).

En febrero, el ministerio de Finanzas alemán sugirió que, en el peor de los casos, se podría ofrecer ayuda a los países de la eurozona en mayores dificultades. Pero esas palabras tranquilizadoras no se han repetido más recientemente, lo que alimenta las especulaciones de que si Grecia afrontase finalmente la amenaza de impago, quedaría en manos del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Sin embargo, Weber expresó su confianza en que la UE cuenta con los medios para obligar al Gobierno griego a reducir su déficit a un nivel en línea con “el pacto de estabilidad y crecimiento” de la región –que se supone que tiene que compensar la falta de una única autoridad fiscal en los 16 países de la eurozona–. El pacto establece un límite del 3% para los déficit del sector público.

“Dentro del pacto de estabilidad y crecimiento no hay ninguna función para el FMI”, señaló Weber.

Los ministros de Finanzas de la eurozona han iniciado movimientos que podrían culminar en sanciones contra Grecia por violar repetidamente el pacto de estabilidad y crecimiento. La frustración con Grecia aumentó debido a la poca fiabilidad de sus estadísticas. A principios de este año, la Comisión Europea esperaba un déficit para 2009 por encima del límite del 3%, pero en noviembre, tuvo que revisar sus previsiones para mostrar una cifra del 12,7%. Se prevé que la deuda del Gobierno griego supere este año el 112% del PIB.

Entretanto, su déficit por cuenta corriente alcanzó casi el 15% del PIB el año pasado, aunque se espera que caiga por debajo del 9% en 2009.

The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved.

9 dic. 2009

Por qué la política de tipo de cambio china nos concierne a todos

por Martin Wolf

El tipo de cambio de un país no puede ser de su exclusiva incumbencia, ya que debe afectar también a sus socios comerciales. Esto se cumple especialmente en el caso de las grandes economías.

Así que, le guste o no a China, su sobregestionado régimen de tipo de cambio es de la legítima incumbencia de sus socios comerciales. El volumen de sus exportaciones es mayor que el de cualquier otro país. La libertad que da la insignificancia ha desaparecido.

Como es natural, a los chinos les molesta la presión. En la conclusión de la cumbre entre la UE y China en Najing la semana pasada, Wen Jiabao, el primer ministro chino, protestó por las demandas de que Pekín permitiese la devaluación de su divisa. Se quejó de que “algunos países quieren por una parte que el renmimbi se aprecie, pero por otra implementan un proteccionismo comercial descarado contra China.

Esto es injusto. Sus medidas son una restricción para el desarrollo de China”. El primer ministro también repitió el mantra tradicional: “Mantendremos la estabilidad del renmimbi en un nivel razonable y equilibrado”.

Podemos dar cuatro respuestas obvias a Wen. Primera, sea lo que sea lo que puedan pensar los chinos, el grado de proteccionismo frente a sus exportaciones ha sido sorprendentemente bajo, teniendo en cuenta la profundidad de la recesión. Segunda, la política de mantener un bajo tipo de cambio equivale a subvenciones y aranceles sobre las exportaciones, a una tasa fija –en otras palabras, proteccionismo–.

Tercera, después de haber acumulado 2,2 billones de dólares (1,4 billones de euros) en reservas de divisas extranjeras hasta septiembre, China ha mantenido una baja tasa de cambio, en un nivel que no se había visto en la historia de la economía mundial. Finalmente, como resultado, China ha distorsionado su propia economía y la del resto del mundo.

Su tipo de cambio real, por ejemplo, no es mayor que a principios de 1998 y se ha depreciado un 12% en los últimos siete meses, incluso pese a que China es la economía mundial de más rápido crecimiento y la que cuenta con el mayor superávit por cuenta corriente.

¿Son importantes estas políticas para China y para el resto del mundo? La respuesta es sí. Mark Carney, el gobernador del banco de Canadá, señalaba en un discurso reciente que “los grandes e insostenibles déficit por cuenta corriente en las grandes regiones económicas eran esenciales en la aparición de vulnerabilidades en muchos mercados de activos. En los últimos años, el sistema monetario internacional no ha sido capaz de fomentar ajustes económicos oportunos y ordenados”. Lleva razón.

Lo que vemos, tal y como señala Carney, es un fracaso a la hora de ajustarse a los cambios en la competitividad global que tiene desafortunados precedentes, especialmente durante los años 20 y 30, con el auge de EEUU, y, de nuevo, durante los años 60 y 70, con el ascenso de Europa y Japón. También señala: “sólo la integración de China en la economía mundial supone un impacto para el sistema mucho mayor que la emergencia de EEUU con el comienzo del pasado siglo. La cuota de China sobre el producto interior bruto mundial (PIB) ha aumentado con mayor rapidez, y su economía es mucho más abierta”.

Además, en la actualidad, el régimen de tipo de cambio gestionado de China es bastante distinto al de otras grandes economías, algo que no sucedía cuando EEUU saltó a escena. Así, el tipo de cambio gestionado de China está trasladando a otros países la presión para efectuar ajustes.

Esto ya era perjudicial antes de la crisis, pero ahora, en el periodo posterior a ella, es aún peor: algunos países avanzados, especialmente Canadá, Japón, y la eurozona, ya han apreciado importantes revalorizaciones de sus divisas. No son los únicos.

Por desgracia, como se sabe desde hace tiempo, hay dos clases de países que son inmunes a la presión externa para cambiar las políticas que afecten a los “desequilibrios” globales: una es el emisor de la divisa mundial clave; y la otra la componen los países excedentarios. Así, el actual impasse podría prolongarse durante algún tiempo. Pero los riesgos que esto generaría también son evidentes: si, por ejemplo, el superávit por cuenta corriente de China creciese nuevamente hacia el 10% del PIB, el superávit podría alcanzar los 800.000 millones de dólares, en dólares actuales, en 2018.

¿Quién podría absorber semejantes sumas? Los hogares estadounidenses están agobiados por las deudas, al igual que los de la mayoría del resto de países con grandes déficit por cuenta corriente. Ese es el motivo por el que los gobiernos son ahora los prestamistas de último recurso.

Para los países con déficit exterior, la preocupación reside en cómo reducir los déficit fiscales sin empujar nuevamente a sus economías a la recesión. Eso no será posible a menos que puedan restablecer el nivel de créditos y gastos anterior de sus sectores privados, o que disfruten de una rápida expansión de sus exportaciones netas. De las dos, la segunda es la ruta más segura para recuperar la salud. Pero esto, a su vez, sólo sucederá si los países excedentarios expanden la demanda con más rapidez que la producción potencial. China es el participante más importante en este juego.

Afortunadamente, estos ajustes interesan a largo plazo a ambas partes, China incluida. Tal y como señala un informe de la Cámara Europea, los superávit externos de China han sido consecuencia de una política errónea. El capital ha tenido un precio muy bajo durante esta década, gracias a créditos baratos y bajos impuestos sobre los beneficios corporativos, mientras que el tipo de cambio extranjero se mantuvo deliberadamente demasiado caro a través de intervenciones en las divisas.

En el proceso, los ingresos se transfirieron de los hogares a la industria. El resultado fue un extraordinario repunte de las exportaciones y de la industria pesada intensiva en capital, con poca creación de empleo. Los ingresos disponibles de los hogares cayeron a un porcentaje extremadamente bajo del PIB, mientras que las inversiones corporativas, los ahorros y los superávit por cuenta corriente se dispararon. La respuesta a corto plazo a la crisis, con el aumento del crédito y la inversión fija, pese a conseguir sostener la demanda, reforzó estas tendencias en lugar de compensarlas. Parece inevitable que se repitan los inmensos aumentos del exceso de capacidad y los superávit por cuenta corriente.

El régimen de tipo de cambio de China y sus políticas estructurales conciernen a todo el mundo. También lo hacen las políticas de otras potencias importantes. ¿Qué sucedería si los países deficitarios redujeran el gasto en relación a los ingresos mientras que sus socios comerciales mostrasen su determinación a mantener sus propios excesos de producción con respecto a los ingresos y a exportar la diferencia? Respuesta: una depresión. ¿Qué sucedería si los países deficitarios sostuvieran la demanda doméstica con masivos déficit fiscales de duración indefinida? Respuesta: una oleada de crisis fiscales.

Ninguna de las respuestas es aceptable; tenemos que cooperar y hacer ajustes. Sin ellos, el proteccionismo en los países deficitarios es inevitable. Estamos asistiendo al descarrilamiento de un tren a cámara lenta. Tenemos que evitarlo antes de que sea demasiado tarde.

The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved

8 dic. 2009

La resurrección del economista olvidado

Por John Cassidy

En la casa celestial de economistas fallecidos se ha instaurado un premio al residente cuya obra explica mejor las crisis financieras, el calentamiento global y otros temas candentes del momento. Entre los favoritos se destacan John Maynard Keynes, el santo patrón de los programas de estímulo; Hyman Minsky, un discípulo estadounidense de Keynes que advirtió contra los peligros de la liberalización financiera; y Milton Friedman, el economista de la Universidad de Chicago cuyos principios de libre mercado parecen pasados de moda pero al que el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, sigue haciendo caso a la hora de prevenir depresiones mediante la inyección de fondos en la economía.

Sin embargo, el nombre del ganador es mucho menos conocido: Arthur Cecil Pigou. Este inglés de cabello claro y ondulado y un bigote poblado fue contemporáneo de Keynes en la Universidad de Cambridge. Durante mucho tiempo, Pigou fue el economista olvidado. En los años previos a su muerte, en 1959, se había convertido en una persona solitaria que apenas salía de sus residencia del King's College. En su día, sus innovadoras ideas sobre gravar a quienes contaminan y hacer obligatorio el seguro médico fueron recibidas con indiferencia. El keynesianismo era la fiebre del momento.

Legado candente

Ahora, el legado intelectual de Pigou está siendo redescubierto y, a diferencia de Keynes y Friedman, goza de un atractivo bipartidista en EE.UU. Economistas de tendencia republicana, como Greg Mankiw y Gary Becker, y demócrata, como Paul Krugman, recomiendan un enfoque pigouviano para salir de la crisis. La agenda del presidente Barack Obama, repleta de temas como la regulación financiera, la venta de derechos de emisión de gases de efecto invernadero y la reforma del sistema de salud, es una aplicación de los principios del economista inglés. Independientemente de que sea consciente de ello, Obama es pigouviano.

Pigou fue el pionero del estudio de las fallas del mercado, la rama de la economía que explora por qué en algunas situaciones el mercado no es eficiente. Pese a creer que el capitalismo funciona la mayor parte del tiempo, el economista demostró que en algunas ocasiones falla. Su hallazgo clave fue que las acciones en una parte de la economía pueden tener consecuencias imprevistas en otras. Por ejemplo, el colapso de una parte relativamente desconocida de los mercados de crédito —la industria de las hipotecas de alto riesgo— puede perjudicar a todo el sistema bancario lo que, a su vez, puede arrastrar a la economía entera a la recesión.

"La incidencia de empresas que se hunden será más extendida dependiendo de si los préstamos bancarios… están más o menos disponibles", escribió Pigou en 1929. Ahora, eso puede parecer obvio, pero hace dos años y medio, cuando se desató la crisis subprime de las hiptecas de alto riesgo, la mayoría de economistas, Bernanke incluido, creía que las consecuencias serían modestas.

Hasta que la Gran Depresión de los años 30 catapultó a Keynes a la prominencia internacional, Pigou era probablemente el economista inglés más eminente. Al igual que muchos de sus contemporáneos, se rebeló contra el laissez faire que había dominado desde los días de Adam Smith. Los defensores del libre mercado interpretaban la economía como una máquina autorregulada en perfecto equilibrio. Pero, "incluso en los Estados más avanzados hay fallas e imperfecciones" que "impiden que los recursos de una comunidad sean distribuidos… de forma eficiente", escribió Pigou en 1920. Su objetivo, decía, era explorar maneras en que "es posible... que el gobierno promueva el estado del bienestar económico y, a través de eso, el bienestar total de sus ciudadanos como un todo".

Pigou estableció una importante distinción entre el valor privado y social de las actividades económicas, como la apertura de una nueva vía ferroviaria. Los ahorros en tiempo y esfuerzo de los que se benefician los usuarios de la vía son privados y quedarán reflejados en los precios que estarán dispuestos a pagar por los pasajes. A su vez, los gastos en la vía férrea, vagones y salarios también son costos privados que ayudarán a determinar los precios que cobrará la empresa. Sin embargo, la apertura de una nueva vía puede crear costos para "gente que no está directamente involucrada, digamos a través de daños sin compensar infligidos a los bosques circundantes", señaló Pigou.

Estos costos sociales, que los economistas modernos bautizaron como externalidades, no entran en los cálculos de las compañías ni de los consumidores, pero al sumar el valor real de cualquier actividad económica, "todos estos efectos deberían incluirse", insistió Pigou.

Para corregir los problemas que estos daños colaterales causan, Pigou abogó por la intervención estatal. Si el valor social de una actividad era menor que su valor privado, como en el caso del ferrocarril que destroza la naturaleza que la rodea, las autoridades deberían imponer "límites extraordinarios" en forma de impuestos, dijo. En cambio, algunas actividades tienen un valor social que excede el privado. Los proveedores de parques, postes de luz y otros "bienes públicos" tienen dificultades para cobrar por su uso, lo que quiere decir que el libre mercado puede fallar a la hora de asegurar un suministro adecuado. Para corregir una posible escasez, Pigou recomendó "los estímulos extraordinarios" en forma de subsidios.

Las externalidades

Sin embargo, la mera existencia de estas externalidades no justifica necesariamente la intervención gubernamental, reconoció Pigou. En algunos casos, las partes interesadas deben llegar a un acuerdo voluntario sobre cómo compensar a los testigos inocentes. Un propietario, por ejemplo, puede bajar los alquileres para los inquilinos que viven encima de un ruidoso bar.

En el caso de la industria financiera, no obstante, hay demasiados jugadores implicados que buscan su propio beneficio, lo cual hace más difícil llegar a una solución práctica. Durante la burbuja de crédito que se extendió desde 2002 hasta 2006 en EE.UU. el mercado inmobiliario se convirtió en un bazar especulativo. Cuando otras industrias fracasan, el resultado suele ser limitado. Si la cervecera colombiana Bavaria vendiera cervezas imbebibles, perjudicaría a la compañía y a sus clientes, pero el resto de la economía se mantendría a salvo.

En el sistema bancario, en cambio, las consecuencias pueden ser catastróficas. Muchos millones de hogares y empresas dependen del crédito para financiarse y asegurar su supervivencia. Si de repente este crédito se evapora, el daño puede contagiarse rápidamente a otros sectores de la economía. Eso es lo que sucedió a fines del año pasado.

Pese a que las autoridades se han demorado en reconocer la influencia del modelo analítico de Pigou, están trabajando dentro de su marco. Incrementar los requisitos de capital de los bancos, instar a las firmas de Wall Street a pagar sus bonificaciones en acciones y obligar a los bancos de inversión a conservar algunos de los valores que emiten en sus propios libros son medidas para mitigar las externalidades de la toma irresponsable de riesgos.

Durante los años 30 y 40, muchos economistas se mostraban pesimistas ante las perspectivas económicas a largo plazo. En cambio, el mensaje de Pigou era optimista y, en cierto sentido, muy estadounidense.

Creía en el progreso, el poder del análisis racional y la capacidad de las personas bien intencionadas, como él, para implementar reformas significativas. Pigou no era un hombre de elaboradas teorías matemáticas. Ante todo, era práctico.

Fuente: WSJ

7 dic. 2009

Obama es partidario de usar los fondos del TARP para estimular el empleo

por Tom Braithwaite

Barack Obama, el presidente de EEUU, se prepara para utilizar una parte de los 700.000 millones de dólares (471.000 millones de euros) del programa de compra de activos tóxicos (TARP) para apoyar la creación de empleo, frente a los deseos de economistas y estrategas más conservadores que quieren usar el dinero para pagar la deuda.

Tim Geithner, el secretario del Tesoro, calcula que, para cuando acabe el año, los bancos habrán devuelto cerca de 175.000 millones de dólares. La reserva de dinero aumentó la semana pasada con la devolución de Bank of America de 45.000 millones de dólares; Citigroup se esfuerza en la actualidad por pagar los 20.000 millones de dólares que recibió durante la crisis financiera.

El fondo TARP, creado durante la administración de George Bush, estaba diseñado originalmente para adquirir activos tóxicos de los bancos con el objetivo de limpiar sus balances y estimular la concesión de créditos. El programa se desvió de su propósito cuando Hank Paulson, el anterior secretario del Tesoro, decidió invertir los fondos directamente en los bancos.

La administración Obama ha ampliado aún más el propósito original, destinando decenas de miles de millones de dólares al rescate de empresas como General Motors y Chrysler. Pero los demócratas están divididos en la actualidad en torno al uso de los fondos del TARP para intentar reducir la tasa de paro, tal vez mediante desgravaciones dirigidas a estimular nuevas contrataciones o inversiones.

Jon Kyl, el senador republicano por Arizona, dijo en la CNN ayer que podría no oponerse a nuevos programas para favorecer la creación de empleo, pero señaló que el dinero debería proceder del programa de estímulo de 787.000 millones de dólares –y no el TARP–.

“Tomemos parte del dinero que no se ha gastado del programa de estímulo”, sugirió. “Se supone que el dinero del TARP que ha sido devuelto al Tesoro ha de usarse para pagar nuestra deuda”.

Algunas autoridades de la administración respaldan esta opinión y preferirían dar una muestra de disciplina fiscal usando los fondos devueltos para pagar la deuda nacional.

Pero los demócratas liberales presionan para que se implemente otra serie de estímulos, lo que es un indicio de las diferencias en el partido.

El Grupo Negro del Congreso, que representa a los miembros afroamericanos, entorpeció el mes pasado la votación sobre la reforma de la regulación financiera con el objetivo de presionar a la administración para que destine más ayudas federales a sus distritos, ya que algunos de ellos sufren tasas de paro que superan el índice global del país del 10%.

Barney Frank, presidente del comité de servicios financieros de la cámara, está presionando para que se use parte del dinero del TARP para pagar la hipoteca de las personas que han perdido sus empleos. “Estoy bastante convencido de que saldrá adelante”, comentó recientemente.

Geithner también espera que la devolución del dinero antes de lo previsto permita cubrir ambos campos.

“Vamos a explicar que dispondremos de considerables recursos que podremos usar no sólo para hacer frente a las prioridades inmediatas del país estimulando la inversión en la creación de empleo, sino también para cubrir nuestros retos fiscales a largo plazo”, aseguró el viernes.

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