30 abr. 2010

Por qué una reforma prudente es la opción arriesgada

por Martin Wolf

Los estadounidenses están obsesionados con la demanda lanzada por la Comisión del Mercado de Valores contra Goldman Sachs. Por fin, esperan muchos, los malhechores recibirán su castigo. Pero este deseo no capta lo esencial. El problema es más lo que está permitido que evitar lo que no lo está.

Con esto no quiero decir que no hubiera muchas actuaciones fraudulentas detrás de la crisis financiera. Tal y como escribió John Kenneth Galbraith, la “malversación de fondos” siempre aumenta en épocas de bonanza. Pero la verdadera catástrofe, tal y como expuse la semana pasada, es el riesgo que asumieron los participantes que trabajaban legalmente dentro del sistema.

El papel de las grandes entidades es, obviamente, problemático: son, al mismo tiempo, el casino, los grandes apostantes de las mesas de juego, los agentes del resto de jugadores y, si la situación se tuerce, los beneficiarios de responsabilidades limitadas y rescates gubernamentales implícitos y explícitos. Es una garantía para que se repita la catástrofe. Bajo el patrón oro, la escala de los rescates fue limitada. En un sistema de moneda fiduciaria [no respaldada por reservas físicas], no existe semejante límite, hasta que el valor del dinero se colapsa.

¿Qué soluciones existen? Empecemos con lo mínimo que sería necesario para hacer más creíble una mayor estabilidad.

Una solución obvia es la de volver a un sistema bancario oligopolista y estrictamente regulado. Este es el tipo de sistema del que ha disfrutado Canadá. Pero es pesado. También es incoherente con la globalización. El acceso de los residentes a la financiación extranjera y de las entidades domésticas al riesgo exterior hace inestables este tipo de cárteles.

La alternativa, así, sería la de intentar hacer que el actual sistema sea seguro. Para ello, tendríamos que dar una mayor solidez a las entidades y a las conexiones entre ellas, mejorar la calidad de la información y motivar a los participantes para que sean menos despreocupados. Habría siete puntos fundamentales.

Primero, aumentar los requisitos de capital. Hay muchas situaciones imaginables en las que las entidades con sus actuales niveles de apalancamiento serían insolventes. Los ratios de apalancamiento de 30 a 1 son peligrosos. Tres a uno parece una proporción más sensata.

Segundo, las entidades también deben disponer de sustanciales deudas que puedan convertirse en capital, o tratarse como si lo fueran, en un proceso de quiebra. Es una condición necesaria para las entidades problemáticas. Lo sucedido tras el colapso de Lehman demostró que los procesos de bancarrota habituales no sirven para los grupos complejos.

Tercero, dar a los requisitos de capital un fuerte carácter anticíclico.

Cuarto, garantizar que los bancos conservan una importante cantidad de activos de fácil valoración por los prestamistas de último recurso.

Quinto, modificar los incentivos dentro de las firmas. Los gestores de las entidades con problemas deberían recibir sus bonus en acciones que no puedan vender hasta varios años después de haberlas abandonado. Si eso reduce el número de agresivos tomadores de riesgo, mejor que mejor. Las medidas también deben aplicarse a otros empleados. De lo contrario, resulta muy fácil obtener enormes beneficios con estrategias comerciales con una alta probabilidad de estallar.

Sexto, imponer requisitos de capital y de colateral mucho más altos frente al comercio de derivados. Todas estas actividades deben llevarse a las bolsas. Sí, se ralentizaría la innovación, pero cuando los costes de esta los asumen otros, tiene todo el sentido del mundo.

Séptimo, mejorar radicalmente la calidad de la información disponible. Es de especial importancia un cambio en el pago a las agencias de ráting. Al ofrecer un servicio público, tienen que estar financiadas por un impuesto general.

¿Mejoraría con todo ello el sistema? Sí. Pero el sistema financiero seguiría siendo una máquina de desastres. Hay tres problemas. Primero, no existe una base sensata para decidir la cantidad de capital necesaria. Segundo, tal y como señala Andy Haldane, del Banco de Inglaterra, “los riesgos potencialmente dañinos dentro del sistema financiero no los determina Dios, sino el hombre”. Resulta rentable asumir riesgos cuyos beneficios van a parar a tu bolsillo pero cuyos inconvenientes los sufren otros. Así que, cuanto más seguro intenten hacer los reguladores el sistema, más riesgo podrá asumir este. Finalmente, resulta fácil crear el riesgo deseado mediante el arbitraje regulatorio. Eso es precisamente lo que hizo el “sistema bancario en la sombra”.

Entonces, ¿qué más podría intentarse? Una reforma estructural. Hay tres propuestas sobre la mesa.

La primera, de Paul Volcker, es la de prohibir el comercio con capital propio por parte de las entidades aseguradas. Si esto fuera posible (que lo dudo), debería hacerse.

La segunda, de mi colega John Kay, entre otros, apoya la “banca limitada” (narrow banking), bajo la que las entidades receptoras de depósitos estarían seguras, pero el resto del mundo estaría poco regulado. Sigo sin creer que el Gobierno pudiera ignorar cómo funciona (o, más bien, cómo no funciona) el sistema de creación de créditos. Nadie planeaba rescatar a los fondos del mercado monetario. Sin embargo, durante la crisis, fueron salvados igualmente.

La tercera propuesta la plantea Laurence Kotlikoff de la Universidad de Boston en su nuevo libro, La banca de propósito limitado. Me gusta esta idea. En esencia, lo que viene a decir es que no puedes jugar con el dinero de otros, porque, si pierdes, el Estado se verá obligado a pagar. Así que, en lugar de tener entidades poco capitalizadas que asuman riesgos con los créditos de los balances, los grupos financieros se convertirían en fondos de inversión. El riesgo lo asumirían clara y explícitamente los hogares que, en cualquier caso, poseen todo el capital. En este mundo, los intermediarios financieros no deberían fingir que pueden cumplir con sus obligaciones porque, en muchas regiones del mundo, sencillamente no pueden.

Nada de lo dicho resuelve por completo el gran problema de garantizar una mayor estabilidad macroeconómica: pero un sistema financiero menos inestable seguramente facilitaría las cosas. Tampoco soluciona la cuestión de la coordinación internacional: en una economía mundial abierta, sin controles del cambio, resulta difícil garantizar la estabilidad sólo en un país. Finalmente, ninguna de las propuestas aborda el problema obvio de la transición de lo que tenemos en la actualidad a un sistema más sano.

Pese a todo, esta discusión deja dos cosas claras. La primera es que conseguir que cualquier cosa parecida al actual sistema sea más segura requiere cambios radicales en las reglas. No basta una supervisión más estrecha. Los incentivos tienen que cambiar por completo. La segunda es que un sistema financiero en el que los intermediarios asuman los riesgos en su propia contabilidad es intrínsecamente inestable. Es muy probable que cometan los mismos errores juntos, generando pánico y poniendo en peligro al sistema, con consecuencias económicas devastadoras. Este es el talón de Aquiles de las economías de mercado. Se nos ha puesto sobre aviso. La próxima vez, será una catástrofe para las dañadas economías desarrolladas.

The Financial Times Limited 2010. All Rights Reserved.

29 abr. 2010

Grecia es la propia crisis subprime de Europa

por Wolfgang Münchau

Esta va a ser la semana más importante en los 11 años de historia de la unión monetaria europea. Cuando acabe, sabremos si se puede contener la crisis fiscal griega o si, de lo contrario, se extenderá a otras partes de la eurozona.

Para entonces, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Gobierno griego deberían haber llegado a un acuerdo. Tendremos que estar atentos a tres puntos.

El primero, y más importante, Grecia deberá presentar un programa de transición que explique cómo puede convertirse un alto déficit primario en un superávit primario igual de grande sin provocar el hundimiento del crecimiento económico. Lo que he escuchado hasta el momento de los economistas griegos resulta muy desalentador. La mayoría de las sugerencias son estratagemas contables anticuadas –como intentar añadir las estimaciones sobre la economía sumergida a los datos oficiales del producto interior bruto (PIB)–. Lo que deberíamos buscar es un programa a tres años que plantee recortes detallados de gastos y reformas estructurales.

Segundo, el paquete total tiene que ser sustancialmente superior a los 45.000 millones de euros prometidos hasta el momento (de los que 30.000 millones de euros proceden de la UE, y el resto del FMI). La aportación de la UE es sólo por un año, y veo pocas probabilidades de que pueda incrementarlo, ya sea ahora o el año que viene. Axel Weber, el presidente del Bundesbank, ha calculado que Grecia requerirá aproximadamente 80.000 millones de euros durante todo el periodo de ajuste. Parece un juicio bastante acertado. Lo que necesitamos escuchar es un compromiso creíble y sin fisuras que vaya más allá de los 45.000 millones de euros. Grecia requerirá garantías durante al menos dos años –en los que deben decidirse todos los ajustes políticos, e implementarse la mayoría de ellos–.

Tercero, tenemos que vigilar la situación en Alemania. El Gobierno intentó en un principio agregar la legislación sobre créditos griega a una ley ya existente, pero encontró oposición. Ahora se desarrollará un proceso legislativo completo. Algunos parlamentarios de la coalición de Angela Merkel ya han expresado dudas de que vayan a apoyarlo, entre ellos el líder parlamentario de la CSU bávara, el partido hermano de los cristiano-demócratas de Merkel. Exponen que la mejor solución sería que Grecia abandonase la eurozona y se incorporase más adelante. Sobre este punto, cuentan con el apoyo gran parte de las altas esferas jurídicas y económicas del país.

Su argumento rebosa hipocresía legal. Aquellos que lo defienden fingen preocuparse profundamente por el estricto cumplimiento de la cláusula contra los rescates del Tratado de Maastricht. Sin embargo, no ven ningún problema en defender una ruptura de la ley europea proponiendo una salida de Grecia de la eurozona. Bajo la legislación actual, Grecia no puede ser expulsada. De hecho, no puede abandonar la eurozona de forma voluntaria, sin tener que abandonar también la UE. En cualquier caso, es más inteligente que Grecia cometa impago dentro de la eurozona que fuera de ella. Así que, ¿qué sucede si el Bundestag bloquea la ayuda? Sencillamente, que Grecia quebrará, lo que pondrá en riesgo a varios bancos alemanes y franceses con importantes cantidades de deuda soberana y privada griega.

Cuando acabe esta semana, se habrán despejado las incógnitas sobre los dos primeros puntos. En el caso del tercero, la discusión se alargará. Merkel está decidida a prolongar su resolución más allá del 9 de mayo, la fecha de las elecciones regionales en el estado alemán de Renania del Norte-Westfalia.

Durante esta crisis me he preguntado con frecuencia por lo que haría falta para que los líderes políticos hagan progresos. Existen muchos problemas de coordinación y demasiada gente engreída a la que consultar, muchos de los cuales no entienden lo que sucede ni comprenden las verdaderas prioridades. En semejante clima, los accidentes ocurren. Hasta el momento, el progreso político de la UE ha favorecido esta crisis. Necesitamos algo que se aleje de nuestras expectativas más bajas. De lo contrario, Grecia quedará abocada al impago, y la crisis se extenderá a Portugal y otras naciones.

Al igual que cada familia desgraciada tiene sus propios problemas concretos, el caso de Portugal es distinto al de Grecia. Pero sus problemas no son menos graves. En Portugal, las miradas se centran en el sector estatal. La UE prevé que la deuda bruta del sector público alcance el 85% del PIB a finales de este año. Es una cifra alta, aunque no alarmante. Según mis cálculos, usando los datos del Banco Mundial, la ratio deuda exterior/PIB de Portugal, incluidos los sectores público y privado, es de un 233% –la del Gobierno asciende al 74% mientras que en el caso del sector público se sitúa en el 159%–. La posición de inversión internacional ronda el -100% del PIB –la suma en la que los activos financieros de Portugal en el extranjero son superados por los activos que los inversores extranjeros poseen en Portugal–. Se prevé que el déficit por cuenta corriente quede justo por debajo del 10% del PIB. Estamos ante una grave crisis del sector privado. Y al igual que Grecia y España, Portugal ha perdido competitividad frente a la media de la eurozona de entre un 15% y un 25% durante su primera década en la zona euro.

A lo que asistimos aquí es al equivalente europeo de la crisis subprime estadounidense. A menos que escuchemos buenas noticias de Atenas el viernes, pronto estallará.

Fuente: FT

28 abr. 2010

EEUU debe afrontar los riesgos asociados a los derivados

por George Soros

Goldman Sachs se defenderá con contundencia ante la demanda interpuesta por la SEC (la Comisión del Mercado de Valores de EEUU). Las especulaciones sobre quién resultará vencedor en este caso resultan interesantes; no obstante, se tardarán meses en conocer el resultado.

Con independencia de éste, el caso tiene consecuencias para la legislación sobre las reformas financieras que estudia el Congreso estadounidense. Las operaciones de Goldman, incurran en no en la ilegalidad, no aportaron precisamente beneficios sociales.

La entidad utilizó complejos productos sintéticos vinculados a los valores respaldados por hipotecas, convirtiéndolos en unidades imaginarias que imitaban a los originales. Estas obligaciones de deuda colaterales sintéticas no financiaban la propiedad de ninguna vivienda ni distribuían el capital de forma más eficaz. Simplemente aumentaron el volumen de los valores respaldados por hipotecas, cuyo valor cayó en picado con el estallido de la burbuja inmobiliaria. El principal objetivo de la operación era obtener comisiones.

Ésta es una clara demostración de cómo los derivados y los valores sintéticos se han utilizado para crear un valor imaginario de la nada. El número de CDO con calificación “triple A” que se generó, superó a los activos subyacentes que tenían la misma calificación. Esto se hizo a gran escala, a pesar del hecho de que todas las partes implicadas fueran inversores sofisticados.

El proceso se prolongó durante años, hasta que estalló, provocando pérdidas de billones de dólares. No se puede permitir que se repita. El uso de derivados y otros instrumentos sintéticos debe regularse incluso si las partes implicadas son inversores sofisticados.

Los valores ordinarios deben registrarse en la SEC antes de realizar operaciones con ellos. Los sintéticos también deberían estar registrados, aunque quizás con otro organismo, como la Comisión Reguladora de Futuros de Materias Primas. A pesar de su utilidad, los derivados pueden tener numerosos riesgos asociados. Por ejemplo, pueden acumular desequilibrios en la oferta y la demanda que sólo se conocerán cuando se superen ciertos límites.

Éste es el caso de las llamadas opciones con barrera de vencimiento que se utilizan en las operaciones con divisas y de los programas de carteras de seguros, que condujeron al lunes negro de la Bolsa de Nueva York en octubre de 1987. Aunque la posterior introducción de interruptores de circuito reconocía de forma implícita las irregularidades que pueden provocar los derivados, no se extrajeron las conclusiones adecuadas.

Son los swap de impagos de crédito (CDS) lo que más incertidumbre generan. Aunque se supone que protegen a los tenedores de bonos frente al impago, dado que sus operaciones no están sometidas a ningún control, se pueden utilizar para provocar ataques bajistas. Además de actuar como un seguro frente a impagos, también facilitan una licencia para matar.

Su uso debería limitarse a los inversores que tienen un “interés asegurable” en los bonos de un país o de una empresa. Corresponde a los reguladores la tarea de conocer los derivados y los valores sintéticos y de negarse a permitir su creación si no se pueden evaluar sus riesgos sistémicos. Esta responsabilidad no debe dejarse en manos de los inversores, contrarios a los dictados de los dogmas fundamentalistas del mercado que predominaron hasta hace poco.

Los derivados personalizados deberían registrarse de forma individual, y los reguladores tendrían que conocer los riesgos asociados a estos. Aunque el registro resulte laborioso, serviría como elemento disuasorio a la hora de utilizar derivados OTC. Estos productos deberían agruparse al margen de los instrumentos que operan en el mercado bursátil, lo que evitaría los abusos que contribuyeron al colapso de 2008. Exigir el registro de derivados y valores sintéticos sería una tarea sencilla y eficaz; sin embargo, las actuales propuestas en materia de legislación no contemplan esta posibilidad.

La Comisión de Agricultura del Senado propone evitar que los bancos de inversiones comercialicen los productos derivados de la deuda. Ésta propuesta es excelente, ya que podría reducir la interconexión de los mercados, evitando el efecto contagio, aunque no serviría para regular los derivados. Todo apunta a que los cinco grandes bancos de inversión, que representan el 95% de las operaciones OTC de EEUU, se opondrán a la propuesta, que, de aprobarse, afectaría gravemente a sus beneficios.

Resulta aún más sorprendente que haya multinacionales contrarias a estas medidas. La única explicación a su postura es que los derivados personalizados pueden facilitar la evasión de impuestos y la manipulación de las cuentas. Sin embargo, estas consideraciones no deberían influir en la modificación de la legislación.

The Financial Times Limited 2010. All Rights Reserved.

27 abr. 2010

El euro puede sobrevivir a una cesación de pagos griega

Por Daniel Gros

El gobierno griego ha presionado el botón de pánico y ha activado el plan de rescate de la zona euro y el FMI. Sin embargo, no está claro si el rescate (cuya implementación aún requiere la aprobación del gobierno alemán) funcionará. Los mercados financieros siguen sin convencerse, como se evidencia por las elevadas primas de riesgo que se exigen por la deuda griega. La experiencia de Argentina también muestra que incluso varios programas de FMI no siempre pueden evitar un colapso.

Para los líderes de la Unión Europea esto genera una pregunta fundamental: ¿Qué sucedería si el paquete de ayuda propuesto de 45.000 millones de euros no pone fin a esta tragedia griega? ¿Una cesación de pagos podría significar el fin del euro?

Detrás de esta recurrente pregunta se encuentra la asunción de que la noción de "cesación de pagos" tiene un significado preciso, el cual no es el caso. Las agencias de calificación de deuda definen la cesación de pagos como el no cumplir con un pago contractual más allá del periodo de gracia. Sin embargo, los mercados a menudo han sido más comprensivos en situaciones en las que un gobierno sólo reprograma, es decir que no paga a tiempo, sino que hace una promesa creíble de pagar por completo la cantidad que se debe en una fecha posterior. Tal "cesación de pagos suave" de seguro no representaría el fin del euro.

La verdadera pregunta entonces es: ¿Una aparatosa (y masiva) cesación de pagos bajo la cual el país se niegue a pagar su deuda significaría el fin del euro?

Si y no.

Una cesación de pagos aparatosa de seguro pondría fin a la idea del la zona euro como un club en el que todos sus miembros son iguales y trabajan por una meta común, es decir la estabilidad de la moneda común. La membresía en tal club protege en contra de los problemas financieros debido a que se supone que los miembros deben portarse bien y ayudarse entre si en caso de ataques especulativos injustificados. Aunque el tratado de la UE dice que sus miembros no tienen que responder por la deuda pública de los otros, hay un compromiso político implícito, como estamos viendo actualmente, de proveer ayuda de emergencia.

El quid pro quo para esta solidaridad es por supuesto, la expectativa de que todos los miembros se rijan por ciertos estándares, por ejemplo aquellos representados en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que apuntan a limitar los déficit presupuestales y deudas. Los continuos informes falsos de cifras fiscales presentados por Grecia ya han dañado severamente la idea del euro como un "club de caballeros". Pero el club aún podría ser salvado si Grecia se embarcara en un esfuerzo nacional para cumplir con su deuda y evitar una cesación de pagos.

Sin embargo, incluso una cesación de pagos aparatosa de Grecia no necesariamente significaría el fin de la zona euro. El día después de una cesación de pagos formal, los bancos griegos ya no tendrían acceso a las operaciones normales de política monetaria del Banco Central Europeo, ya que el BCE ya no podría aceptar su colateral, la deuda griega, la cual inmediatamente tendría estatus de chatarra. Por lo tanto, el país dejaría de ser parte de la zona euro. Su estatus se parecería al de Montenegro, el cual adoptó al euro como moneda legal sin convertirse oficialmente en un miembro de la euro zona.

En Grecia, luego de una cesación de pagos aparatosa, los billetes y monedas aún circularían en la economía, pero un euros en una cuenta de un banco griego dejaría de ser automáticamente equivalente a un euro en una cuenta bancaria en cualquier otra parte de la zona euro, ya que los bancos griegos podrían volverse insolventes inmediatamente y por lo tanto se les cerraría la puerta a los sistemas de pago. Hasta que se reestablezca la solvencia griega, la euro zona perdería de facto a uno de sus miembros, pese a que el presidente del banco central griego seguiría teniendo una silla en el Consejo de Gobierno del BCE y el ministro de finanzas griego seguiría siendo miembro del Grupo Euro, manteniendo intactos sus poderes de votación.

Dados los problemas que esto ocasionaría en los mercados de crédito, la economía griega recibiría un duro golpe. Sin embargo, el impacto sobre el resto de la zona euro sería menos dado que el país representa apenas sólo un 2% del PIB de la euro zona y no alberga a ninguna institución financiera sistémicamente relevante.

En muchas formas, una aparatosa cesación de pagos griega dejaría a la zona euro en mejor condición. Sus instituciones probablemente se fortalecerían debido a que habría quedado claro que la estructura es lo suficientemente fuerte para soportar el colapso de uno de sus miembros. La tolerancia hacia la violación de los estándares de déficit y reporte se reduciría radicalmente. El club se transformaría en una federación a cuyos miembros periféricos se les podría decir que se vayan a "freír espárragos". Como resultado de ello, los votos por mayoría tenderían reemplazar al consenso como la forma normal de tomar decisiones.

Lo que podría descarrilar este tren sería, por supuesto, el contagio. La principal razón por la cual incluso Alemania ha accedido al paquete de rescate para Grecia es el temor de que una cesación de pagos aparatosa desate ataques especulativos sobre la deuda soberana y las instituciones financieras en países sistémicos como España e Italia.

Sin embargo, no ha una justificación fundamental para el contagio. Las capacidades de auto financiamiento de España y especialmente Italia son mucho más fuertes que las de Grecia. No obstante, los mercados a veces pueden ser irracionales. La prueba de fuego para la euro zona es si puede proteger de ataques especulativos a aquellos miembros que al menos siguen el espíritu de sus reglas. Pese a su alto nivel de deuda, Italia, por ejemplo, por la mayor parte del tiempo ha mantenido su déficit presupuestal por debajo del 3% del PIB.

Hasta el momento, las señales de los mercados financieros son alentadoras. Después de una ola inicial de nerviosismo en febrero, cuando se hizo claro por primera vez que la segunda parte de la crisis financiera implicaría cesaciones de pagos soberanas, los mercados han diferenciado cada vez más a los miembros más débiles de la zona euro. Las primas de riesgo han tendido a moverse juntas en la misma dirección, pero con órdenes de magnitud completamente diferentes. (Los seguros contra cesación de pagos de la deuda griega ahora se cotizan en cerca de 600 puntos base, frente a sólo 170 para España e incluso menos para Italia).

La cesación de pagos de cualquier país sistémico implicaría el fin de la zona euro, pero por el momento esto sigue siendo, afortunadamente, sólo un riesgo mínimo.

Gros es el director del Centro de Estudios de Política Europea.

26 abr. 2010

La crisis financiera según uno de sus profetas

Por David Wessel

La izquierda en Estados Unidos ya encontró un villano a quién culpar de la crisis financiera: codiciosos banqueros de Wall Street, en especial los de Goldman Sachs. La derecha también halló su culpable: el gobierno, especialmente los gigantes hipotecarios semiestatales Fannie Mae y Freddie Mac.

Raghuram Rajan, de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago, dice que el tema es más complicado: fallas en las placas tectónicas de la economía mundial empujaron al gobierno y a los gigantes de las finanzas a un terremoto financiero.

Una lección de la crisis es que cuando nueve de cada 10 expertos insisten que todo está bien, la prensa debería dedicar más de 10% de su cobertura a los que opinan lo contrario. Tendría que haber prestado más atención a Rajan, quien en 2005 arruinó un homenaje a la carrera de Alan Greenspan, el entonces presidente de la Reserva Federal, al sugerir que los grandes bancos podrían estar conduciendo la economía hacia el precipicio. En una conversación, Rajan me adelantó argumentos que presentará en un libro que será publicado en julio (Fault Lines: How Hidden Fractures Still Threaten the World Economy, algo así como Fallas: Cómo fracturas ocultas aún amenazan la economía mundial). "Nos equivocamos si buscamos un chivo expiatorio en el sector financiero. Estaba haciendo lo que mucha gente quería. Y no muchas personas estaban haciendo preguntas", señala.

La primera falla tectónica que ve Rajan yace bajo EE.UU. A medida que los ingresos de los más adinerados crecían, los políticos respondieron a la angustia de la clase media por el estancamiento de sus sueldos, la inseguridad laboral y las deficiencias del sistema de salud. Ya que no podían elevar los ingresos fácilmente —Rajan es de los que piensan que una mejor educación es la única cura y eso toma tiempo—, políticos de ambos partidos les dieron a sus electores más dinero para gastar al fomentar un auge del crédito, especialmente para la vivienda. "Cuando el dinero fácil promocionado por un gobierno de grandes recursos entra en contacto con la búsqueda de ganancias de un sector financiero sofisticado y amoral, se crea una profunda falla", escribe Rajan. Los precios de las casas se dispararon, los bancos obtuvieron préstamos baratos y levantaron montañas altamente apalancadas de valores ligados a hipotecas cada vez más riesgosas.

La segunda falla se encuentra en la exportación sin tregua de países como Alemania y Japón. Forjaron dinámicos sectores exportadores que compiten con los mejores del mundo, pero protegieron o ahogaron industrias nacionales como la bancaria y la minorista. China y otros países llegaron a un lugar similar por una ruta diferente. Las crisis financieras de los 90 les mostraron los peligros de depender del dinero que fluye de los países acaudalados a través de los bancos locales para financiar fábricas, torres de oficinas y otras inversiones. Por lo que cambiaron de estrategia y se volcaron a la exportación para impulsar el crecimiento. El resultado fue que grandes sumas de dinero internacionales satisficieron la gran demanda en EE.UU., donde se otorgaron muchos préstamos insensatos.

Una tercera falla expandió la crisis. El método de EE.UU. para combatir la recesión y su red de seguridad social son aptas para las recuperaciones rápidas del pasado, no las lentas y sin empleo de ahora. Eso presiona a Washington para que haga algo: recortar los impuestos, aumentar el gasto y ofrecer tasas de interés muy bajas. Esto lleva a los gigantes financieros a asumir que el gobierno mantendrá el flujo de dinero e intervendrá si ocurre una catástrofe.

Fuente: WSJ