13 feb. 2009

El proteccionismo podría hundir a la UE

por Editorial. Financial Times

La decisión de la UE de reunir a sus miembros en dos cumbres de emergencia con el objetivo de fortalecer las defensas contra el virus en mutación del proteccionismo es, en principio, una buena idea –siempre y cuando se cristalice en la concienciación colectiva de lo que está en juego y por qué–.

La respuesta de Europa a esta emergencia ha sido desigual, algo que tal vez no resulte sorprendente dada la impersonalidad global de la crisis y su profundidad aparentemente sin fondo. Pero esa no es excusa para implementar políticas que perjudiquen a los países vecinos y para una guerra de subvenciones –representada por el vergonzoso llamamiento del presidente Nicolas Sarkozy a los fabricantes franceses de coches para que “repatríen” su producción a Francia desde las plantas de ensamblaje del este de Europa–.

El sistema empresarial europeo se pone en riesgo a medida que los líderes sindicales abandonan los principios más elementales de la solidaridad y compiten jugando con fuego.

Sarkozy, que sufre claramente un problema de tono, no es, por desgracia, el único culpable. Por ejemplo, Gordon Brown, el primer ministro británico y podría decirse que el líder de la UE que mejor comprende el funcionamiento de las finanzas globales, predica la cooperación internacional en el extranjero mientras que practica el nacionalismo financiero en casa. Esto no es lo adecuado.

Tampoco basta con desestimar este comportamiento calificándolo de hipocresía predecible o de respuesta comprensible a circunstancias extremas.

El éxito de la UE es el resultado de su personalidad híbrida: parte intergubernamental y parte federal. Sus lazos de unión tradicionales han sido la integración económica y el mercado único.

Esto es lo que se está atacando de forma más específica con esta inclinación hacia el proteccionismo: el dominio común sobre las políticas de comercio y competencia, las dos atribuciones fundamentales de la Unión.

Esto no comenzó con la crisis crediticia. Empezó hace 15 años con la decisión de los líderes de la UE de poner fin a la era de Jacques Delors –el símbolo de la ambición europea– y “repatriar” el poder desde Bruselas a las capitales nacionales. Este proceso ha ido demasiado lejos.

Ha dado como resultado una débil Comisión Europea. Este ejecutivo concreto –que vive sus últimos días– y su presidente, Jose Manuel Barroso, que busca una nueva legislatura, no están bien posicionados para resistir un asalto de los poderosos estados miembros al patrimonio colectivo de la UE.

La demanda ayer –realizada por Giuliano Amato, ex primer ministro de Italia, y Emma Bonino, ex comisaria europea, en las páginas de Financial Times– de que la Comisión se ponga al frente de los operativos de la UE para coordinar las ayudas estatales a bancos y fabricantes de coches tiene mérito. Si Bruselas no consigue reafirmar su autoridad en el dictado de las políticas del mercado único, la UE corre el riesgo de separarse. Esta unión necesita una Comisión más fuerte.

The Financial Times Limited 2009. All Rights Reserved.

12 feb. 2009

Medidas anti crisis en Europa: El coche

por Eduardo Martínez Abascal

El gobierno alemán ha decidido subvencionar con 2.500 euros la compra de cada coche nuevo. Además, paga la publicidad para estimular la compra de coche nuevo y por tanto la renovación del parque móvil (que, así de paso, será menos contaminante).

El resultado ha sido inmediato: los concesionarios de coches han pasado de vender poco, a tener que abrir los sábados para atender a los clientes. Esto ha tenido también efectos en España, donde algunos fabricantes han ampliado el número de jornadas a trabajar (y reducido sus EREs), para satisfacer esta demanda del mercado alemán.

En España el sector automóvil (fabricantes de coches más la industria auxiliar que provee los materiales) representa un 9% del PIB. No es un sector baladí. ¿No deberíamos pensar en un plan similar al de Merkel? Sobre todo si a los alemanes parece que les funciona. No soy amigo de subvenciones, pero sí creo que cualquier propuesta hay que estudiarla y hacer los números.

He preguntado a algunos directivos con muchos años de experiencia en el sector del automóvil y me dicen que, más o menos y en números "gordos", una subvención de 2.000€euros por coche, generaría una demanda extra de 100.000 coches, y unos 10.000 puestos de trabajo (2.500 en fábricas de coches y 7.500 en la industria auxiliar del automóvil). Eso le costaría al Estado 200 millones de euros. No es tanto si se compara con los 80 millones que se dan al cine español.

¿Y cuánto le cuesta al Estado 10.000 personas en paro? Supongamos un coste salarial promedio de 30.000/año por trabajador. Números gordos, 7.000 van a la Seguridad Social (parte empresa) y otros 5.000 van al IRPF y a la Seguridad Social (parte del trabajador). Al trabajador le llegan 18.000 euros (¡no es para tirar cohetes!). Pues bien, si el trabajador se va al paro, el Estado deja de recibir 12.000 euros/año y además, tendrá que pagar unos 10.000 euros por subsidio de paro. Total, la broma te cuesta 22.000 euros por trabajador que se va al paro, y 220 millones toda la operación (10.000 trabajadores).

Con estas cifras, claramente compensa el plan 'Renove'. Mejor es gastar 200 millones por trabajar que 200 millones por estar parado. Primero, porque el paro realmente deprime mucho al individuo. Segundo, porque no conviene estimular al caradura (seguro que son pocos) a que se vaya al paro. Y tercero, porque ya de paso algunos compraremos coches, nos animaremos y animaremos a los vecinos y de paso al conjunto de la economía. ¿No ha pensado en esto el Gobierno?

Fuente: Expansión

11 feb. 2009

Crece el desempleo entre los latinos de EE.UU.

Por Miriam Jordan

LOS ÁNGELES—Durante una década viviendo en Estados Unidos, la mexicana Linex Rivera dio a luz a tres hijas, cuyas nacionalidades estadounidenses les abrían la posibilidad de permanecer en el país de las oportunidades. Sin embargo, las opciones de empleo en EE.UU. se están limitando para su esposo, así que la semana pasada Rivera se unió a un grupo de compatriotas en el consulado mexicano en Los Ángeles para averiguar cómo sus hijas podían obtener la nacionalidad mexicana.

"Estamos pensando en regresar a México y queremos que nuestras hijas tengan todos los derechos de los ciudadanos mexicanos", dice Rivera. Las niñas tienen 3, 5 y 9 años.

Después de una ola histórica de inmigración, muchos latinoamericanos se están preparando para regresar a sus países de origen a medida que se profundiza la recesión estadounidense. El año pasado, los mexicanos que residen en EE.UU. solicitaron en números récord la nacionalidad azteca para sus hijos estadounidenses.

Detrás de esta tendencia está la recesión estadounidense, que está golpeando especialmente duro a los hispanos, según un nuevo estudio del Centro Hispano Pew, una organización de investigación independiente. La tasa de desempleo entre los hispanos que nacieron fuera de EE.UU. saltó a 8% en el cuarto trimestre de 2008, frente a 5,1% en el mismo trimestre del año previo. Durante ese mismo período, la tasa de desempleo para todos los trabajadores en EE.UU. subió de 4,6% a 6,5%.

"Existe evidencia de que menos inmigrantes hispanos están entrando (a EE.UU.) y que más están saliendo", dice Rakesh Kochhar, el economista que preparó el informe de Pew.

El número de personas que fueron atrapadas intentado cruzar ilegalmente a EE.UU. a través de la frontera con México está en su nivel más bajo desde mediados de 1970. Esto se debe en parte a un patrullaje más estricto de la frontera, pero también al debilitamiento de la economía estadounidense. Agentes de la Patrulla Fronteriza detuvieron a 705.000 personas intentando ingresar a EE.UU. en los 12 meses que terminaron el 30 de septiembre. Esto se compara con los 858.638 de un año antes y el 1,1 millón de dos años atrás.

Cabe aclarar que es difícil monitorear los cambios a corto plazo de los 12 millones de inmigrantes indocumentados que se estima viven y trabajan en EE.UU. Algunos dudan de que los mexicanos, que en la década de los 90 llegaron en masa a EE.UU. para trabajar en empleos que pagaban cinco veces más de lo que ganaban en su país, ahora estén regresando en números altos. "Creemos que es un mito la creencia que muchos mexicanos están volviendo", dice un diplomático mexicano en Washington que pidió no ser identificado. "Pero dada la situación económica, algunos quizá lo estén considerando".

Varios indicadores sugieren que lo están considerando en serio. Entre enero y septiembre del año pasado, 32.517 acudieron al consulado mexicano para solicitar la ciudadanía mexicana para sus hijos nacidos en EE.UU., frente a los 28.687 que lo hicieron en todo 2007 y los 20.791 en 2006. El total para este año podría superar los 35.000, según el consulado mexicano.

La nacionalidad estadounidense ha sido considerada por mucho tiempo como un bien preciado por los inmigrantes de los países en desarrollo. Quienes se oponen a la inmigración acusan a los hispanos de tener hijos en EE.UU. para acceder a beneficios sociales.

La ciudadanía mexicana tiene sus propios beneficios, como cuidado médico, educación y el derecho al voto. Además, los ciudadanos mexicanos no enfrentan las restricciones a la propiedad de inmuebles o negocios que enfrentan los extranjeros.

"Están registrando a sus hijos porque están volviendo a México o haciendo planes para volver", dice el vicecónsul mexicano Federico Bass, en San Bernardino, California.

Una mañana reciente, en una zona comercial de Los Ángeles, 40 jornaleros hispanos esperaban que alguien les ofreciera un trabajo. Al mediodía, sólo uno había sido contratado.

"En los viejos tiempos no habría encontrado un alma aquí a esta hora", afirma Braulio González, un jornalero veterano. "Hay más gente y menos trabajo".

En muchas esquinas, los jornaleros que antes no aceptaban empleos de menos de US$15 la hora, ahora se pelean por los trabajos. Gonzáles cuenta que hace poco perdió un empleo en construcción porque otro inmigrante aceptó trabajar por la mitad del dinero.

Rivera y su esposo, Felipe Pérez, dicen que muchos de sus amigos se están asegurando de que sus hijos estadounidenses obtengan la ciudadanía mexicana. "Algunos ya se fueron. Otros, como nosotros, quieren asegurarse de que estén listos si decidimos volver", dice Pérez.

Pérez, quien trabaja como mesero en una compañía en Los Ángeles que provee comida en eventos corporativos y universitarios, dice que antes trabajaba seis días a la semana, pero desde noviembre sólo trabaja dos o tres veces a la semana. "Nuestros ahorros se están esfumando rápido", señala Pérez.

10 feb. 2009

Solidez económica aumenta el protagonismo político de Brasil en Latinoamérica

Por John Lyons

São Paulo, Brasil—En los años desde que los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 reenfocaron la política exterior estadounidense hacia Medio Oriente, los gobiernos de Brasil y Venezuela compitieron para reemplazar a Estados Unidos como el principal negociador en las relaciones latinoamericanas. La actual caída del precio del petróleo podría determinar al ganador: Brasil.

Venezuela depende de su riqueza petrolera para promover una agenda antiestadounidense en la región mediante programas de ayuda internacional que incluyen vender crudo a precios rebajados a varios países y otorgar préstamos a Argentina y otros a tasas menores que las del mercado. Los programas están siendo recortados este año a medida que sus ingresos petroleros se desploman y su crecimiento económico se acerca a un punto muerto.

Aunque la economía de Brasil, la décima en el mundo y rica en materias primas, será golpeada por el bajón, se espera que le vaya mejor que la mayoría, creciendo lentamente aun cuando las de EE.UU., Europa y Japón se contraigan, proyectan los economistas.

A diferencia de la diplomacia de la chequera practicada por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, las fuentes de la influencia de Brasil son más diversas y menos vulnerables a las penurias económicas.

La ventaja diplomática de Brasil es un acontecimiento bienvenido para las autoridades estadounidenses. Durante los años de George W. Bush, Washington consideró a Brasil como un importante contrapeso para la influencia de Venezuela y alentó su mayor asertividad.

Bajo el presidente Barack Obama, esa relación bilateral podría afianzarse a medida que EE.UU. busca alianzas diplomáticas para abordar temas hemisféricos como la energía y el narcotráfico. América Latina le provee a EE.UU. un tercio de sus necesidades petroleras y es el origen de la mayoría de los inmigrantes ilegales en ese país.

"La cooperación con Brasil va a ser crucial para cualquier progreso en la agenda hemisférica", asegura Michael Shifter, vicepresidente de Inter-American Dialogue, un centro de estudios de Washington.

Brasil —el mayor exportador mundial de mineral de hierro, carne de res, pollo, azúcar y café— quiere un mayor acceso para sus bienes al mercado estadounidense. A cambio, Brasil y su carismático presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, podrían ayudar a EE.UU. a reparar su imagen en la región, la cual empeoró marcadamente bajo el gobierno de Bush.

Brasil, que hace poco descubrió grandes yacimientos petrolíferos en alta mar, también podría convertirse en un aliado de EE.UU. en cuestiones energéticas a medida que cae la producción de crudo de México y Venezuela. La producción de Brasil ha aumentado 46% a 1,9 millones de barriles diarios este año y podría dispararse de nuevo cuando los nuevos descubrimientos sean explotados.

Una mala administración y una decreciente inversión han reducido la producción de Venezuela en 700.000 barriles diarios, a unos 2,35 millones de barriles diarios, en la última década.

Obama le ha solicitado a un partidario de las relaciones entre EE.UU. y Brasil durante los años de Bush, el subsecretario de Estado para el hemisferio occidental, Thomas Shannon, que permanezca en su cargo. En enero, Obama llamó a Lula y se comprometió a avanzar las conversaciones comerciales. Los dos líderes planean reunirse en marzo en Washington.

Sin embargo, Brasil no es un aliado incondicional de EE.UU. Lula visita Caracas de forma regular y empresas brasileñas, como el gigante de la construcción Odebrecht, hacen negocios en Venezuela. Los dos líderes comparten la creencia de que EE.UU. no debería marcar la pauta en las relaciones regionales.

A medida que los intereses económicos de Brasil se expanden más allá de sus fronteras, el país parece estar adoptando posturas respaldadas por EE.UU., como promover el acceso a los mercados y la estabilidad regional. En una reciente cumbre regional, Brasil logró quitar retórica antiestadounidense de la resolución final, lo que representó una clara victoria sobre Venezuela.

Hasta los años 90, la política exterior de Brasil consistía en rogar por asistencia financiera mientras tambaleaba de una crisis a otra. Una estabilidad económica duramente conseguida y una expansión impulsada por las exportaciones cambiaron eso.

La importancia de Brasil en Latinoamérica creció a medida que EE.UU. luchaba su guerra contra el terrorismo. Los brasileños desde hace mucho han sostenido que el tamaño de su país y la creciente población de 180 millones de habitantes le justifican prominencia internacional. Brasil quiere un lugar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, por ejemplo, y afianzar su preeminencia regional es una forma de hacer presión para conseguirlo.

—Peter Millard, en Ciudad de México, contribuyó a este artículo.

Fuente: WSJ

9 feb. 2009

Robert Solow: “Hay que evitar que el déficit se vuelva crónico”

El Premio Nobel de Economía en 1987 destaca que para evitar las “tentaciones” del proteccionismo y del “gorroneo” es necesario que “el estímulo fiscal sea global” y los planes se adopten de forma simultánea.

Robert Solow es famoso internacionalmente por el modelo que elaboró en 1956 para explicar el crecimiento a largo plazo de las economías. Desde los años 60 –cuando sirvió de asesor en la Administración Kennedy– ha sido siempre un emblemático defensor del pensamiento keynesiano.

Obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1987. Su claridad expositiva y afabilidad personal como profesor del Massachussets Institute of Technology (MIT) es legendaria. Uno de sus alumnos fue nada menos que Ben Bernanke, el actual presidente de la Reserva Federal. A sus 84 años mantiene su despacho en el Instituto, donde sigue teniendo por vecino a su buen amigo y también Premio Nobel, Paul Samuelson. Invitado conjuntamente por las Fundaciones Rafael del Pino y Barrié de la Maza, ha venido a España para hablar, desgraciadamente, no de las perspectivas de crecimiento a largo plazo, sino de la recesión económica que el mundo está atravesando.

Usted vivió de niño la Gran Depresión de los años 30. ¿Ve algún parecido entre aquella crisis y la que estamos viviendo? ¿Cree que Estados Unidos saldrá pronto de ella?

La recesión que estamos viviendo es, desde luego, seria, pero no es comparable con la Gran Depresión. Entonces el desempleo en Estados Unidos llegó al 30%, mientras que ahora subirá, como mucho, hasta el 10%. Ahora tendremos alguna caída ocasional del nivel de precios –es decir, con inflación negativa–, pero no un proceso acumulativo de deflación, como el que vivimos durante la Gran Depresión.

Para los optimistas, la economía americana podría tocar fondo a finales de este año o principios de 2010. Incluso así, el crecimiento seguiría muy por debajo del potencial hasta por lo menos 2011. No debemos descartar, sin embargo, que la recesión pueda durar algo más. Por eso, debemos tomar las medidas precisas para evitar que la recesión se prolongue.

La capacidad productiva de la economía americana sigue intacta. En los últimos 18 meses la población activa en Estados Unidos ha aumentado en 2 millones de trabajadores; el stock de capital sigue aumentando, porque aunque el volumen de inversión ha disminuido, la inversión neta –es decir, descontada la amortización de capital– ha seguido siendo positiva; y nuestros conocimientos técnicos y tecnologías siguen ahí. Somos, pues, tan potencialmente productivos como antes de la crisis. Lo que falla es, por desgracia, la demanda y por eso estamos en recesión.

¿Cómo se explica la gravedad de la actual recesión? ¿Le ha pillado por sorpresa?
La recesión comenzó en el sector de la vivienda, cuando explotó la burbuja inmobiliaria y empezó a reducirse drásticamente el nivel de construcción. En Estados Unidos tradicionalmente se iniciaban cada año 1,6 millones de viviendas, pero esa cifra subió a 2 millones en la fase álgida, y ahora ha bajado a 600.000. No conozco a fondo la situación de la economía española, pero desde luego la burbuja inmobiliaria ha sido uno de los rasgos comunes a Estados Unidos y España.

En circunstancias normales, esa contracción del sector de la vivienda hubiera llevado a una de las recesiones habituales, relativamente breve y controlable mediante medidas de política monetaria. Pero la crisis se ha visto agudizada al ir acompañada de una crisis financiera, y confieso que su gravedad ha constituido para mí una sorpresa.

En primer lugar, el exceso de casas hizo que sus precios empezaran a caer y eso terminó afectando también a las Bolsas. La reducción de riqueza provocada por la caída de los precios de la vivienda y de la Bolsa ha sido en Estados Unidos en los últimos 18 meses ha sido de entre 7 y 10 billones de dólares, es decir, de unos 20.000 dólares por americano. Eso ha provocado la caída del consumo, de la inversión privada y, en general, de la demanda agregada.

En segundo lugar, la crisis financiera ha provocado la paralización de los mercados financieros y una contracción del crédito (credit crunch). Esa contracción del crédito se debe no sólo a la debilidad de las entidades de crédito y de otras entidades financieras, sino también a que en una recesión escasean los prestatarios solventes. Paul Samuelson suele contar que su suegro era banquero y le explicaba así por qué dejaba de prestar durante las recesiones: “¿Cómo voy a prestar dinero a alguien tan loco como para pedir prestado?”.

La burbuja inmobiliaria fue impulsada, desde luego, por la prolongada política de bajos tipos de interés que mantuvo la Reserva Federal tras la recesión de 2001. Jugaron ahí dos factores: por un lado, la excesiva confianza de Alan Greenspan en la capacidad de los mercados financieros en estabilizarse por sí solos -un error que él mismo ha reconocido públicamente-; por otro, la reticencia de la Reserva Federal a provocar, de forma deliberada, el estallido controlado de la burbuja, en vez de dejar que siguiera creciendo y estallara por sí sola. Pero también el Congreso americano colaboró a que se fraguara la crisis subprime, porque empujó a las agencias Fannie Mae y Freddie Mac a que ampliaran sus operaciones a préstamos hipotecarios de esa naturaleza.

El crecimiento de los mercados financieros durante los últimos años ha sido desorbitado. Una cifra lo ilustra: el importe vivo de uno de los muchos instrumentos derivados –los “credit default swaps” (CDS)– se calcula que asciende a 55 billones de dólares, es decir, casi 4 veces el PIB de Estados Unidos (que es de 14 billones de dólares), más que todo el stock de capital físico de la economía americana (que se estima entre 40 y 60 billones de dólares). Los manuales dicen que la función de sistema financiero es intermediar entre ahorradores e inversores, y distribuir los riesgos inherentes a la actividad económica. Pero para eso no hace falta un mercado de CDS tan descomunal.

En la práctica, el sistema financiero no ha servido para distribuir eficientemente riesgos, sino que ha creado riesgos, de forma oculta y al margen de toda regulación. La ingeniería financiera ha inventado instrumentos útiles –como la “titulización”–, pero se ha servido de ellos para transmitir riesgos a agentes e inversores que no eran conscientes de ello o no sabían gestionarlos.
En el futuro tendremos que proteger mejor la economía real de los excesos del sector financiero.

¿Qué opina de la política que está siguiendo su antiguo alumno, Bernanke?

La Reserva Federal ha reducido prácticamente a cero el tipo de interés, ha venido inyectando liquidez de forma masiva y está comprando activos que en circunstancias normales ningún Banco Central compraría. Está siendo una política valiente: parafraseando el título de un episodio de la serie Star Trek (Where no man has gone before), Ben Bernanke y la Reserva Federal están prestando "a quien nunca se prestó antes". Son medidas excepcionales y entrañan cierto riesgo. Pero pensemos que cuando llegue la recuperación, muchos de esos activos aumentarán de valores, y puede que las operaciones no ocasionen ninguna pérdida.

El problema con la política monetaria es que, por expansiva que sea, es insuficiente para frenar una recesión grave y profunda. Como decíamos antes, usarla como instrumento exclusivo para salir de una recesión es como empujar con un hilo (pushing on a string).

¿Le preocupa que esa expansión monetaria cuantitativa termine provocando inflación?

La Reserva Federal deberá retirar con rapidez el exceso de liquidez que ahora está generando. No será una tarea fácil, pero será esencial para evitar tensiones inflacionistas. Sé que otro antiguo alumno mío, Ken Rogoff, y otros economistas han afirmado que una inflación moderada ayudará en el futuro a reducir el valor real de las deudas y a facilitar el ajuste. Pero no creo que sea ése el camino a seguir.

El aumento de los déficit públicos y las operaciones de capitalización de instituciones financieras obligarán a grandes emisiones de Deuda Pública, lo que ha despertado temores sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas.

¿Qué opina de esos temores?

En materia fiscal siempre he sido enemigo de los déficit y me han considerado un halcón fiscal (deficit hawk). En su día defendí, sin éxito, que la Administración Bush mantuviera el superávit presupuestario de la etapa Clinton y lo dedicara a reducir el nivel de Deuda Pública.

Pero ahora hay que estimular la demanda, y los impulsos fiscales son la única solución. No es el momento de cautelas excesivas. Lo que más deteriora las finanzas públicas son las recesiones prolongadas. Lo importante será evitar que los déficit se vuelvan crónicos. Sé que es difícil convencer a la gente diciendo que, aunque ahora tengamos mucho déficit, el día de mañana los eliminaremos: también cuando piden una copa los alcohólicos prometen a veces que será la última. En materia fiscal habrá que actuar con mucha firmeza y decisión más adelante, lo que exigirá probablemente subir impuestos. Pero ahora no es el momento.

El pasado noviembre el G-20 trató de coordinar los esfuerzos nacionales para salir de la crisis y el Fondo Monetario Internacional propuso un estímulo fiscal coordinado.

En el ámbito internacional las recesiones y los programas de estímulo fiscal hacen imprescindible la coordinación entre Estados. Por un lado, las recesiones suelen provocar una espontánea reacción proteccionista, porque todos los políticos se preocupan por el desempleo en su país, y quiere protegerlo aunque sea a costa de empobrecer al país vecino (beggar thy neighbour). Una ilustración es la cláusula “buy American” que se ha introducido en el paquete fiscal en Estados Unidos, que Obama y sus asesores están tratando de eliminar. Por otro lado, las medidas unilaterales de estímulo fiscal pueden provocar una actitud de "gorroneo" (free rider) de aquellos otros países que, sin estimular su propia demanda interna, aspiran a salir de la crisis gracias a un aumento de sus exportaciones. En algún momento Alemania pareció estar adoptando esa actitud.

Para evitar esas dos tentaciones –el proteccionismo y el gorroneo– es necesario que el estímulo fiscal sea global y todos los países lo lleven a cabo de forma simultánea y concertada. Una cuantía del 2% del PIB, como ha propuesto el FMI, me parece razonable. Lo importante es que se adopten con rapidez y carácter universal.

China parece decidida a introducir un gran estímulo fiscal. En el caso de China lo ideal sería también que subieran los salarios, lo que constituiría una alternativa a la apreciación de su moneda, el rinminbi. Pero la ausencia de un mercado de trabajo libre –a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en India– está frenando ese proceso de subida salarial. Lo cual no deja de ser paradójico: la única gran potencia marxista que queda en el mundo parece servirse de un gran “ejército industrial de reserva” para mantener bajo el nivel salarial.

La productividad en EEUU y Europa
Finalmente, ¿a qué atribuye que la productividad en Estados Unidos siga siendo todavía significativamente mayor en Estados Unidos que en la Unión Europea?
Los países de la Unión Europea no han logrado alcanzar los objetivos de crecimiento potencial que se plantearon en la cumbre de Lisboa. Su productividad es un 15% inferior a la de Estados Unidos. Su crecimiento potencial está en el 1,7% anual, frente al 3% de Estados Unidos.

A mi juicio, para cerrar esa brecha de productividad la clave no está ni en la dotación de capital humano ni en la de capital físico, sino más bien en ese tercer factor que, conocido técnicamente como “productividad total de los factores”, mide el gran de progreso técnico y de eficiencia productiva y organizativa.

Para que mejore, los países de la Unión Europea debieran poner énfasis en tres aspectos: suprimir los obstáculos a la creación y restructuración de empresas; fomentar los gastos en I+D, tanto mediante incentivos a las actividades privadas, como mediante la financiación pública en I+D básica (en Física fundamental, por ejemplo); y, finalmente, poner énfasis en la mejora de productividad del sector de los servicios (comercio, servicios financieros…), en vez de centrarse en exclusiva en las ganancias de productividad en el sector manufacturero.

La gran diferencia del nivel de productividad agregada entre Estados Unidos y la Unión Europea está justamente en la “productividad total de los factores” empleados en el sector servicios.

“Ahora la zona euro debe demostrar que la unión monetaria resiste bien épocas adversas”
¿Qué opina desde Estados Unidos sobre la política seguida en la zona euro?
He estado muy pocas veces de acuerdo con Milton Friedman. Una de ellas fue, sin embargo, cuando, en un congreso en Venecia que se celebró hace unos años, coincidimos en que ambos nos habíamos equivocado: aunque habíamos vaticinado que no funcionaría, la realidad parecía estar demostrando lo contrario. Los dos pensábamos que la Unión Europea no es un “área monetaria óptima”, y no veíamos en ella una Hacienda pública común de suficiente tamaño como para que pudiera actuar de estabilizador automático cuando algunos países concretos sufrieran crisis específicas. En Estados Unidos el Presupuesto Federal representa el 20% del PIB, mientras que el de la Unión Europea es insignificante. Pero en sus primeros años el euro funcionó bien, para nuestra propia sorpresa, tal vez porque fueron años de prosperidad y de “buen tiempo”.

Ahora que ha llegado la recesión los países integrados en el euro deberán demostrar que la unión monetaria también resiste bien las épocas adversas y el “mal tiempo”. A mi juicio, eso exigirá crear una política fiscal europea –es decir una Hacienda central–, que hasta ahora apenas ha existido. Por otro lado, las medidas nacionales de estímulo fiscal también parecen bastante tímidas, sobre todo en Alemania, especialmente a la vista de la caída del PIB prevista para este año.

En cuanto a política monetaria, el Banco Central Europeo se mostró demasiado pasivo durante mucho tiempo, tal vez porque, a diferencia de la Reserva Federal, tiene como único objetivo la estabilidad de precios. Pero últimamente ha adoptado una postura más activa y parece haber reconocido el carácter excepcional de la situación.

Dejemos de lado la crisis. ¿Cree que la lucha contra el cambio climático puede provocar un proceso de innovación tecnológica que desate una ‘oleada schumpeteriana’ de inversión que disminuya el coste de ese esfuerzo y, además, estimule el crecimiento económico?

Sí, creo que es posible. La innovación tecnológica en el sector de energías renovables podría ejercer durante los próximos años un papel dinamizador similar al que jugó años atrás la llegada de los ordenadores y las tecnologías de la información y comunicación. El desarrollo de energías limpias puede entrañar, además, necesidades adicionales de inversión. En Estados Unidos, por ejemplo, la red de transporte de electricidad se concibió en una época en la que el grueso de la electricidad se generaban en centrales térmicas, próximas a los yacimientos de carbón: ahora será preciso hacer nuevas inversiones, para adecuar la red al desarrollo de otras fuentes, como la eólica.

“El gasto público debe promoverel crecimiento y no un despilfarro”
¿Está satisfecho con el programa de estímulo fiscal que se está discutiendo actualmente en el Senado americano? ¿Le parece suficiente?

El programa tiene un tamaño adecuado: sus casi 900.000 millones de dólares para un período de dos años equivalen, aproximadamente, a un estímulo anual del 3% del PIB (el PIB americano es de unos 14 billones de dólares). En circunstancias como las actuales, es mejor pecar de exceso (overkill) que de timidez.
El programa contiene demasiadas reducciones de impuestos para las empresas. Obama las introdujo para conseguir el apoyo de los Republicanos en el Congreso, pero, paradójicamente, todos votaron en contra de la propuesta. Esas reducciones de impuestos pueden estar justificadas desde el punto de vista de la eficiencia y de estimular el crecimiento a largo plazo: pero la prioridad ahora debe ser estimular con rapidez la demanda y, en especial, el consumo privado.

La reducción de impuestos a las familias e individuos tampoco será muy eficaz, porque la experiencia demuestra que en épocas de crisis las reducciones de impuestos se destinan en gran medida al ahorro. Sólo tienen sentido medidas dirigidas a aquellos que están reduciendo su consumo por falta de liquidez, como serían un aumento de las prestaciones por desempleo o una disminución de impuestos a los trabajadores de menores ingresos.

El aumento del gasto público tendrá un papel esencial. Deberá concentrarse en partidas que no hagan que disminuya el gasto privado. Las transferencias federales a los Estados serán especialmente útiles, porque la falta de ingresos ha obligado a muchos Estados a reducir sus gastos –especialmente en proyectos de infraestructura y en educación–. Los fondos deben utilizarse con rapidez –en dos años, como máximo–, en proyectos y actividades intensivas en empleo. Es verdad que Keynes no descartaba que unos empleados abrieran zanjas y que otros las cerraran, pero lo ideal es que el gasto público promueva el crecimiento a largo plazo y no constituya un despilfarro.

Fuente: Expansión