1 oct. 2010

El presidente del Banco Mundial pide a los economistas que estudien más en las causas del desarrollo

Por Bob Davis

WASHINGTON (Dow Jones)—El presidente del Banco Mundial Robert Zoellick retó a los economistas a que asuman retos más duros en el campo de la economía del desarrollo y que consulten a una gama más amplia de profesionales en los países en desarrollo, abriendo un debate sobre qué tan efectivos han sido los economistas a la hora de atacar los problemas de pobreza global.

"Muy a menudo los economistas no parecen empezar sus investigaciones con los huecos en el conocimiento que enfrentan aquellos que estudian el desarrollo, sino que buscan preguntas que puedan responder con las actuales herramientas favoritas de la industria", dijo Zoellick en una conferencia en la Universidad de Georgetown.

Zoellick no es un economista. Es un funcionario gubernamental de carrera que ha ocupado altos cargos en el Departamento de Estado y el Tesoro estadounidenses y se desempeñó como representante comercial antes de ser nombrado presidente del Banco Mundial en 2007. Sin embargo, comparte la frustración de muchas de las personas involucradas en el mundo del desarrollo con los economistas y el hecho de que no hayan logrado entender completamente los temas más importante, incluyendo qué hace que los países crezcan rápidamente a lo largo de cierto período de tiempo.

Pocos economistas predijeron el ascenso de China, por ejemplo y existe un continuo debate sobre si la economía de mercado y/o los inteligentes mandarines fueron los responsables del auge económico chino.

El presidente del Banco Mundial, cuyo discurso fue pronunciado una semana antes que economistas y funcionarios del gobierno se reúnan en Washington para la reunión anual del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, dijo que los economistas necesitan entender mejor "cómo evoluciona la estructura de una economía". Eso incluye el preguntarse si el crecimiento alimentado por exportaciones usado por China y otros países de Asia es sostenible, dados los problemas económicos de EE.UU., Europa y otros acaudalados importadores.

"Necesitamos saber qué funciona: necesitamos una agenda de investigación que se concentre en los resultados", dijo.

Michael Spence. economista ganador del premio Nobel, quién lideró una comisión sobre el crecimiento económico dijo que los comentarios de Zoellick están "no sólo en la dirección correcta, sino que son muy útiles". El economista de Harvard Dani Rodrik, quien apoya una mayor intervención del gobierno en el desarrollo también alabó al presidente del banco Mundial. "El discurso toca todas las notas correctas: la necesidad de que los economistas muestren humildad, dejen al lado los esquemas… y se concentren la evaluación, pero no a costa de las grandes preguntas", dijo Rodrik.

Sin embargo, la reacción no fue unánime. El economista de la Universidad de Nueva York William Easterly, quien anteriormente se desempeñó como economista del Banco Mundial y ha manifestado su escepticismo frente al valor de la ayuda extranjera, llamó a los comentarios de Zoellick "sorprendentemente presuntuosos". Agregó que el actual sistema de investigación económica, en el que las ideas son desglosada por otros economistas, funciona bien. Si acaso, dijo, los economistas del Banco Mundial son a menudo la excepción debido a que sus jefes los presionan para que "lleguen a las conclusiones 'adecuadas'", dijo Easterly, que para la institución significa el decir que los préstamos del banco Mundial son útiles y que la ayuda extranjera es productiva.

Para hacer la investigación más relevante para los países en desarrollo, Zoellick dijo que esta debería ser "democratizada", lo que significa que los investigadores en Washington y los centros académicos de occidente deberían colaborar más con profesionales de los países en desarrollo. "El modelo no puede seguir siendo únicamente el investigar un asunto específico y escribir un informe esperando que alguien lo lea", dijo Zoellick. "El nuevo modelo debe ser 'al por mayor' e interconectado".

Para lograr esta meta, el Banco Mundial está poniendo en línea buena parte de la información que recolecta en los países para ayudar a los trabajadores de ayuda locales. También trabaja en un software que permitirá que los investigadores y otos profesionales examinen las cifras y teorías que componen los reportes del Banco Mundial, para que usen la información en formas diferentes y puedan formas sus propias conclusiones.

30 sept. 2010

Crecen los temores por un mayor proteccionismo y guerra cambiaria

Por Tom Lauricella y John Lyons

Crecen las tensiones en los mercados cambiarios internacionales a medida que se calienta la retórica política y los países luchan por proteger a sus exportadores. Los últimos acontecimientos intensifican los temores de que se desaten guerras comerciales dañinas.

Al menos una media docena de países están activamente tratando de reducir el valor de sus monedas. El de más alto perfil es Japón, que intenta detener el alza del yen que desde mayo ha trepado 14%. El Congreso de Estados Unidos considera un proyecto de ley que acusa a China por mantener su moneda artificialmente baja. El presidente del banco central de Brasil, mientras tanto, dijo que el país podría imponer un impuesto a la inversión extranjera en renta fija, que ha contribuido a un alza importante en el real.

En el actual entorno, con muchas economías aún debatiéndose para recuperarse de la crisis financiera global, crece la preocupación por la posibilidad de que los legisladores podrían volverse más agresivos en la defensa de los intereses comerciales de sus países.

El incremento del proteccionismo es "un riesgo muy grande", sostiene Erin Browne, estratega del mercado bursátil en Citigroup.

Los problemas en los mercados cambiarios podrían ser también un tema de discusión en la próxima asamblea del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial que se realizará en Wa shington. En ella se reunirán los presidentes de los bancos centrales y funcionarios de los ministerios de Economía.

El gobierno japonés intervino en los mercados cambiarios este mes por primera vez en años. Para contrarrestar el alza del yen, el Banco de Japón vendió unos US$20.000 millones de yenes, en lo que fue considerado el mayor esfuerzo hecho en este sentido en un mismo día.

Japón se sumó a otros países asiáticos emergentes que están combatiendo el alza de sus monedas casi a diario, tales como Taiwán, Corea del Sur y Tailandia. En América Latina, Brasil, Colombia y Perú también han intervenido para combatir el alza de sus respectivas divisas.

En tanto, en EE.UU., las presiones proteccionistas han aumentado, especialmente con respecto a China, que se considera ampliamente que está manteniendo a su moneda, el yuan, en niveles artificialmente bajos para incrementar sus exportaciones y para que a sus habitantes les resulte más caro comprar productos fabricados en el extranjero. Se espera que el jueves, la Cámara de Representantes apruebe una ley que llevaría a las compañías estadounidenses a argumentar que la política cambiaria china constituye un subsidio injusto.

El director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, dijo que no descarta una guerra cambiaria y que los funcionarios tanto del Fondo como de los países del G-20 están trabajando activamente para evitar una batalla de devaluaciones competitivas.

Sin embargo, en declaraciones a la prensa, Strauss-Kahn dijo que no cree que exista un riesgo importante de que esa guerra se produzca. "No hay nada bueno que esperar de una intervención", dijo. "La historia muestra que el efecto de ese tipo de intervención no dura por mucho tiempo".

Parte del desafío proviene de que los movimientos en el mercado cambiario que están generando la ira de los bancos centrales y los políticos son impulsados por inversionistas de largo plazo.

Los principales mercados emergentes están atrayendo capital del mundo desarrollado, incrementando la demanda por las monedas locales. Mientras tanto, la inflación está cobrando fuerza en Asia, llevando a tasas de interés más altas. Los inversionistas perciben esos desajustes y están llevando el dinero de Occidente a Oriente, atraídos por los altos retornos.

La retórica más encendida de esta semana provino de Brasil, donde el real ha subido más de 30% contra el dólar a consecuencia de que los inversionistas buscan favorecerse de sus altas tasas de interés. El lunes, el ministro de Finanzas, Guido Mantega, criticó a EE.UU., Japón y otros países ricos que estarían dejando que sus monedas se debiliten para alentar su crecimiento, a costa de otros exportadores como Brasil.

[divisas]

"Estamos en medio de una guerra internacional de tipos de cambio", dijo Mantega. "Esto nos amenaza porque se lleva nuestra competitividad", agregó.

El presidente del banco central de Brasil, que ha estado interviniendo en los mercados cambiarios para frenar el alza del real, fue más circunspecto el martes. "Existe un problema cambiario muy serio que debe ser enfrentado", dijo Henrique de Campos Meirelles. Agregó que subir los impuestos a los flujos de capital es una posibilidad.

El gobierno dice que la tasa de referencia brasileña de 10,75% es necesaria para aplastar la inflación y evitar que la economía más grande de América Latina se sobrecaliente. Pero esas tasas atraen un flujo de inversiones de especuladores que toman prestado en EE.UU. y Japón, donde el dinero está barato, y lo depositan en Brasil. El ingreso de capitales impulsa todavía más al real.

Con las elecciones presidenciales brasileñas fijadas para este domingo, el fortalecimiento de la moneda es el principal problema económico que enfrentará el próximo mandatario.

Fuente: WSJ

29 sept. 2010

En una viña portuguesa, el BCE empezó a planear el rescate del euro

Por Marcus Walker, Charles Forelle y Brian Blackstone

LISBOA—El 6 de mayo, los altos funcionarios del Banco Central Europeo (BCE) cenaban junto a sus esposas en el elegante Salón Emperador del Palacio da Bacalhoa, una hacienda y viña del siglo XV al sur de la capital portuguesa, cuando las acciones en Nueva York iniciaron una caída aterradora.

Los BlackBerry se iluminaron con mensajes frenéticos. El euro se desplomaba. El Promedio Industrial Dow Jones había perdido 1.000 puntos en cuestión de minutos.

Jean-Claude Trichet, el presidente del BCE, temía que la tormenta fiscal de la diminuta Grecia, que había consumido a Europa durante meses, había desatado una nueva crisis financiera global.

Quizás haya sido el peor de varios momentos de alta tensión que vivió Trichet, un francés de 67 años apodado "el señor euro", por dedicar gran parte de sus 40 años de carrera a construir la moneda común. Ahora parecía posible que el pánico pudiera descarrilar la obra de su vida.

El siguiente relato de cómo Trichet y otros líderes europeos forjaron un pacto incómodo para impedir que la zona euro se desmoronara —un arreglo que aún muestra signos de tensión— se basó en entrevistas con decenas de funcionarios en todo el continente.

Trichet, nacido en los años de la Segunda Guerra Mundial, comparte el inmenso orgullo de su generación por los logros de la Europa de posguerra. Le gusta mostrar a quienes visitan su oficina en Fráncfort un colorido mapa de Europa en el siglo XVII que tiene en su pared, para ilustrar los progresos del continente tras la fragmentación política del pasado.

Pero Trichet también está muy consciente de los defectos en la construcción de la unión monetaria: a pesar de compartir una moneda y un banco central, las políticas económicas están mal alineadas. La zona euro, asimismo, carece de una autoridad central con el poder de evitar que los gobiernos nacionales gasten más de lo que tienen.

El despilfarro fiscal había puesto en riesgo el euro y el señor euro tenía que asumir la responsabilidad.

Esa noche en la viña, Trichet tenía dos opciones y ninguna era atractiva. El BCE podía recurrir a su autoridad para crear euros y comprar los bonos que los inversionistas privados desechaban. La medida mantendría a flote a los endeudados gobiernos de la periferia europea y calmaría a varios países, en especial a Francia, que pedían a gritos que el BCE asumiera el liderazgo en un rescate. Pero también podía hacer añicos la credibilidad del BCE como una entidad que no cede a las presiones políticas, una credibilidad vital para el éxito del euro.

La segunda opción era que el BCE se quedara de brazos cruzados, preservara sus principios, y se arriesgara a ver cómo se desmoronaba la unión monetaria.

Durante los tres días siguientes, Trichet buscó una escapatoria al exhortar a los líderes europeos a superar la desunión y poner manos a la obra, pero se topó con la mayor falla política de la UE: no había nadie a cargo.

Cuando los jefes del BCE se reunieron en Lisboa, la zona euro corría el riesgo de desmembrarse. Dos semanas antes, el primer ministro griego George Papandreou había aparecido en televisión nacional para pedirle ayuda públicamente a Europa. Luego de mucho debate, los líderes europeos y el Fondo Monetario Internacional acordaron prestarle 110.000 millones de euros durante tres años, al expandir una oferta previa de 45.000 millones.

Pero incluso esa generosa suma llegó demasiado tarde para detener la paliza de los mercados financieros. El pánico de los inversionistas se extendió por todo el Mediterráneo e infectó a los bancos y bonos soberanos de España y Portugal. Los temores de una cesación de pagos dispararon los retornos de los bonos griegos por encima del 10%, una tasa de interés prohibitiva que hacía casi imposible que Atenas reparara sus finanzas.

Trichet era renuente a involucrarse. Ese día, luego de la reunión mensual de política del BCE, fue directo cuando los periodistas le preguntaron si el organismo intervendría y compraría deuda: "No discutimos esa opción", señaló.

Lo que el mundo no sabía era que lo discutieron después de la cena.

Cuando los mercados se tambaleaban, Trichet llamó a una reunión informal del consejo de gobierno del BCE. En la bodega de vinos del Palacio da Bacalhoa debatieron la compra de bonos durante 45 minutos.

La estrategia dividía a los banqueros. Funcionarios alemanes equiparaban la compra de bonos con "imprimir dinero", lo cual podía generar inflación. El paso era tan polémico que los observadores del BCE lo bautizaron como "la opción nuclear".

A pesar de las reservas alemanas, una clara mayoría de las autoridades reunidas en la bodega de vinos estaba preparada para avanzar. Pero prefirieron aplazar una decisión formal hasta ver que los gobiernos adoptaran medidas drásticas por su cuenta.

El día siguiente, los líderes de la zona euro debían reunirse en Bruselas para aprobar el paquete griego. Los eventos los superaban: los préstamos entre los bancos europeos se congelaban y los inversionistas huían de los bonos de los países más débiles del bloque.

El presidente francés Nicolas Sarkozy buscó apoyo para su plan: los líderes debían anunciar un enorme fondo de rescate ese mismo día.

Sarkozy se reunió con la canciller alemana Angela Merkel y la instó a tomar una decisión: "Es el momento de la verdad", aseveró. Merkel se negó a respaldar el plan.

Trichet, que también estaba presente en la cumbre de Bruselas lanzó una advertencia: la crisis estaba por cobrar otra víctima —Portugal— y los gobiernos debía actuar, de inmediato.

El llamado de Trichet condujo a un enfrentamiento con Sarkozy, quien lo presionó con insistencia para que el BCE se comprometiera a intervenir en los mercados de bonos. Trichet, que no quería mostrar sus cartas, levantó la voz y respondió que el BCE no recibía órdenes de nadie.

Ante otro impasse franco-alemán, el presidente de la UE Herman Van Rompuy gestionó un compromiso de última hora: los líderes declararían la constitución de un "fondo de estabilización" europeo, al cual los ministros de Finanzas darían forma durante el fin de semana.

Al día siguiente, Merkel sorprendió a Sarkozy con una propuesta: un rescate para la zona euro de 500.000 millones de euros. Si Alemania iba a apoyar un fondo, debía tener un alto impacto y convencer a los mercados. La propuesta de Merkel incluía duras condiciones.

Sarkozy y la Comisión Europea en Bruselas tenían otras ideas. Al día siguiente, 9 de mayo por la tarde, los 27 comisionados firmaron un borrador de un pacto que irritó a Merkel por la influencia de Francia. Alemania debería cambiar gran parte del borrador antes de que terminara el día.

Con un funcionario holandés sirviendo como intermediario entre Francia y Alemania, los ministros finalmente alcanzaron un acuerdo. Los primeros 60.000 millones de euros del fondo de rescate provendrían de préstamos de la comisión. Pero la mayor parte vendría de una entidad especialmente creada, registrada como una empresa financiera en Luxemburgo y con tres años de vida, con pagos garantizados por gobiernos de la zona euro. Minutos antes de la apertura de los mercados en Tokio, todas las partes alcanzaron un acuerdo.

El júbilo duró poco.

El pacto le permitió al BCE iniciar el programa de compra de bonos y el fondo de rescate alivió a los mercados. Cuatro meses después, sin embargo, las causas de raíz de la crisis griega siguen presentes: no hay una autoridad central para siquiera coordinar políticas nacionales de impuestos y gastos.

[UE]
Fuente: WSJ

28 sept. 2010

El comité secreto para salvar al euro que casi acaba por hundirlo

Por Marcus Walker, Charles Forelle y Brian Blackstone

BRUSELAS—Dos meses después del colapso de Lehman Brothers en 2008, un pequeño grupo de líderes europeos formó un comité tan secreto que lo apodaron "el grupo que no existe". Su misión: esbozar un plan para evitar la cesación de pagos de uno de los 16 miembros de la Unión Europea que comparten el euro.

Un año después, cuando Grecia estaba en apuros, el cónclave, sobre cuya existencia no se había publicado nada hasta ahora, aún no había definido una estrategia. En un preludio del acalorado debate que retrasaría la respuesta europea a su crisis fiscal, el comité tuvo enormes dificultades para superar los profundos desacuerdos sobre cómo y cuándo la zona euro salvaría a uno de los suyos. Nunca encontró la respuesta.

Una investigación de The Wall Street Journal, basada en decenas de entrevistas con funcionarios de la UE, revela que las divisiones que aquejaron al grupo dejaron a la unión monetaria al borde del precipicio. A principios de mayo, apenas unas horas antes de que Alemania y Francia llegaran finalmente a un acuerdo para respaldar un fondo de un billón de dólares (millón de millones) para rescatar a los países de la zona euro en problemas, la ministra de Finanzas francesa Christine Lagarde le dijo a su delegación que la zona euro estaba a punto de desintegrarse, según fuentes cercanas.

El casi-desplome del bloque tendría importantes ramificaciones para el resto del mundo. Una ola de cesaciones de pagos en la periferia de Europa podría haber desatado una nueva crisis financiera internacional, con incluso peores consecuencias para la economía global que el hundimiento de Lehman.

La peligrosa vacilación fue alimentada por divisiones ideológicas que siguen paralizando la búsqueda de soluciones a las deficiencias estructurales de la región. Las profundas diferencias sobre política económica entre el norte frugal de Europa y el sur más derrochador, entre Alemania y Francia y entre los gobiernos nacionales y las instituciones centrales de la UE bloquearon una reacción inmediata y efectiva a la crisis. Hizo falta que los líderes se vieran al borde de una catástrofe (el colapso de la zona euro) para que dejaran de lado sus diferencias y alcanzaran un compromiso.

Para complicar más la situación, los dos políticos con poder para decidir el futuro de la moneda común tenían, a menudo, agendas enfrentadas y mucho en juego a nivel personal.

El presidente francés Nicolas Sarkozy, conocido en Francia como el "hiperpresidente" por su incansable ráfaga de iniciativas, enfrentaba una caída en su popularidad a medida que la reestructuración de su economía llegaba a un punto muerto. Sarkozy vio la crisis de Grecia como una oportunidad para demostrar su capacidad de liderazgo y apuntalar su popularidad.

Para la canciller alemana Angela Merkel, la crisis representaba el mayor desafío de su carrera. Licenciada en física y conocida por su estilo cauto y deliberativo, Merkel temía una reacción negativa de los electores y legisladores, y como consecuencia, una derrota en la corte suprema de Alemania, si ponía en riesgo el dinero de los contribuyentes para salvar a Grecia. Pese a la presión de Sarkozy, Merkel se resistió tenazmente a un rescate de emergencia.

El peligro de una crisis de deuda soberana en la zona euro empezó a convertirse en una inquietud palpable en octubre de 2008. Hungría, un miembro de la UE pero que no utiliza el euro, estaba teniendo problemas para vender bonos a inversionistas nerviosos. La UE, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial respaldaron a Hungría prometiéndole préstamos por 20.000 millones de euros.

Pero pronto quedó de manifiesto que la zona euro carecía de herramientas para rescatar a uno de los suyos. Los tratados de la UE dejaban claro que el vehículo utilizado por Hungría no estaba al alcance de los integrantes de la zona euro y para la mayoría acudir al FMI era un tabú. Sus créditos estaban bien para las economías pobres y ex comunistas, pero no para los miembros desarrollados de la UE.

Mientras tanto, el grupo secreto, coordinado por el presidente del Comité Económico y Financiero, la entidad encargada de manejar la política económica del bloque, llevaba reuniéndose clandestinamente desde noviembre de 2008 para diseñar un plan en caso de que se desatara una crisis al estilo de Hungría en un país de la zona euro. La membresía estaba limitada a importantes autoridades de Francia, Alemania, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y la oficina de Jean-Claude Juncker, el primer ministro de Luxemburgo que preside la asamblea de ministros de Finanzas del bloque.

El comité aprovechaba las numerosas cumbres en Bruselas, Luxemburgo y otras capitales para reunirse, a menudo a las 6 de la mañana o a altas horas de la madrugada. Los participantes mantenían a los colegas en sus gobiernos a oscuras, por temor a filtraciones que pudieran generar una desenfrenada ola de especulación en los mercados.

Los candidatos a sufrir una crisis eran obvios: Portugal, Irlanda, Grecia y España, un grupo de países altamente endeudados.

Rápidamente se abrió una brecha entre Alemania, apegada a las normas y poco dispuesta a rescatar a países derrochadores, y Francia, que quería mayor libertad para que los gobiernos pudieran ofrecer ayuda a su discreción. El enfrentamiento ideológico persistió casi un año. Pero en octubre del año pasado, dejó de ser teórico.

Ese mes, el nuevo gobierno socialista de Grecia declaró que la deuda fiscal para 2009 ascendería al 12,5% del Producto Interno Bruto (PIB), triplicando las previsiones oficiales.

Los inversionistas empezaron a deshacerse de los bonos griegos. Para febrero era evidente que la zona euro tendría que tomar cartas en el asunto. El comité secreto de Francia, Alemania y los burócratas de la UE abrió sus puertas al resto de los miembros, excepto Grecia.

En las austeras oficinas de la cancillería en Berlín, Merkel no estaba contenta. Según sus asesores, la crisis griega iba más allá de un problema de liquidez. El país era económicamente poco competitivo y vivía por encima de sus medios. Advirtieron que si no era acompañado de una reforma radical, un rescate de emergencia sólo mantendría a Grecia a flote durante unos meses.

En plena madrugada, Merkel llamó a otros líderes de la zona euro, incluido Sarkozy y dejó en claro que se opondría a cualquier promesa de asistencia a Grecia a menos que Atenas tomara medidas más drásticas para recortar el gasto fiscal y reformar la economía.

Para Sarkozy, en cambio, era el momento en que Europa debía ayudar.

Para mediados de marzo, el primer ministro griego George Papandreou le suplicaba abiertamente a Europa que anunciara medidas concretas de asistencia. Ese mes, Merkel declaró que Grecia no necesitaba ayuda, pero lideraba tras bambalinas un plan de contingencia.

Había un factor respecto al que el comité secreto había llegado a un acuerdo: Europa, y no el FMI, gestionaría cualquier rescate.

Involucrar al FMI, una entidad ligada a Estados Unidos, en un rescate de Grecia supondría un reconocimiento de la debilidad europea, dijo públicamente el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble. Sin embargo, Merkel anuló ese consenso. Su mensaje era que Alemania sólo toleraría un paquete de ayuda si formaba parte de un exhaustivo programa del FMI para reformar la economía griega. El dolor de tener que cumplir con las exigencias del FMI también disuadiría a otros miembros de la zona euro de pedir ayuda. Sarkozy, que reconoció que cualquier rescate necesitaba de la participación de Alemania, cedió a regañadientes: la zona euro rescataría a Grecia sólo si estaba a punto de caer en cesación de pagos y el FMI formaría parte de cualquier paquete de rescate.

El 11 de abril, la UE puso finalmente el dinero sobre la mesa. Tal como quería Alemania, los 30.000 millones de euros del primer año vendrían en 15 préstamos intergubernamentales independientes, mientras que el FMI facilitaría otros 15.000 millones de euros. Las autoridades esperaban que esa cifra, que cubría las necesidades de financiamiento de Grecia por menos de un año, fuera suficiente para calmar a los mercados. Pero no lo fue.

[Brink]

Fuente: WSJ

27 sept. 2010

Crisis de naviera expone los límites del modelo estatal de crecimiento en Vietnam

Por James Hookway y Patrick Barta

HANOI—El casi colapso de una de las empresas más importantes de Vietnam ilustra los problemas de este país para mantener el ritmo de su crecimiento.

Considerado como una de las estrellas de una nueva generación de mercados emergentes, Vietnam, de régimen comunista, se levantó luego de años de guerra para convertirse en una pieza esencial del engranaje de la economía global, al fabricar toda clase de productos, desde componentes de computadoras y teléfonos celulares hasta camarones, zapatos y petróleo.

Gran parte del crecimiento ha sido impulsado por pequeñas empresas privadas, con talleres que fabrican bienes para Europa y Estados Unidos, mientras los inversionistas extranjeros inyectan miles de millones de dólares en plantas de calzado, ropa y electrónicos. Sin embargo, alrededor de una tercera parte de la economía de Vietnam es controlada por empresas estatales, dentro de una política para asegurar que industrias clave como la petrolera, la minera y la de la construcción naviera se mantengan bajo control vietnamita.

Ahora, los peligros de esa estrategia se están volviendo más claros en medio de un escándalo financiero en la naviera Vietnam Shipbuilding Industry Group Inc., o Vinashin, que plantea preguntas entre los inversionistas sobre cuánto tiempo más puede el país seguir manteniendo a sus empresas estatales.

En las últimas semanas, el primer ministro Nguyen Tan Dung ha despedido a dos jefes sucesivos en Vinashin, luego de que acumularan más de US$4.700 millones en deudas, lo que dejó a una de las mayores empresas de Vietnam al borde de la bancarrota. El ex presidente de la junta directiva, Pham Thanh Binh, fue arrestado en agosto por supuesta falsificación de las declaraciones financieras de la empresa y violar otras leyes; su sustituto, Tran Quang Vu, fue arrestado el mismo mes, y queda pendiente una investigación sobre sus actividades al frente de los astilleros de la empresa. Ni Binh ni Vu estuvieron disponibles para realizar comentarios.

El problema fundamental de Vina shin, según documentos internos del gobierno revisados por The Wall Street Journal, es que se expandió demasiado en su empeño por convertirse en una importante constructora naviera global. La supervisión poco rigurosa y un profundo desapego por las regulaciones financieras sumaron motivos para la crisis, según los documentos. Algunos analistas independientes afirman que los fuertes lazos políticos de la empresa también impidieron que se conociera la extensión de su crisis hasta que fue demasiado tarde.

El presidente de la junta, Binh, invirtió grandes sumas en empresas fuera del área de especialidad de la compañía, como hoteles, cervecerías y seguros, mientras compraba barcos obsoletos para el negocio de carga marítima de Vinashin, sostiene el análisis del gobierno sobre la situación. Muchos de los negocios de Vinashin estaban "fuera de control", concluyó un informe gubernamental, con fecha del 4 de agosto y compartido con acreedores. La gestión de "empresas estatales y grupos económicos en general y Vinashin en particular (es) ineficiente e inadecuada", agregó el informe.

Con todo, analistas e inversionistas afirman que no hay evidencia de que las demás grandes estatales de Vietnam, como la petrolera Vietnam Oil & Gas Group, o PetroVietnam, tengan problemas. La economía del país en general sigue expandiéndose a pesar de los problemas de Vinashin.

[Vietnam]

¿Auge sostenible?

De todos modos, los pasos en falso han alarmado a los inversionistas. Mientras los mercados de valores en las vecinas Indonesia y Filipinas alcanzan alzas históricas, el principal índice bursátil de Vietnam cayó 8,3% desde comienzos de año, a medida que los inversionistas temen por la sostenibilidad del auge del país.

Eso podría ahuyentar a fabricantes extranjeros que cada vez más identifican a Vietnam como una plataforma de producción alternativa a China, donde los salarios están subiendo con rapidez. Intel Corp., Foxconn Technology Group y Canon Inc. se encuentran entre los mayores inversionistas aquí. Los problemas de Vietnam deprimieron su moneda, y aunque eso reduce algunos costos también elevó el precio de las materias primas importadas y en algunos casos condujo a una escasez de dólares.

Muchas de las 4.000 empresas estatales vietnamitas expandieron su alcance en los últimos años, a medida que el capital ingresaba al país. PetroVietnam se expandió en el rubro del turismo, estableció subsidiarias financieras y está construyendo un hotel de cinco estrellas en la capital. La estatal de electricidad, Electricity Vietnam Group, invirtió grandes sumas en redes de teléfonos celulares e inyectó US$250 millones en la construcción de un balneario en la playa.

En muchos casos, Vinashin y otras estatales fueron alentadas a expandirse y asumir más riesgos por parte de un gobierno ansioso por convertirlas en potencias globales, afirman los economistas. Sin embargo, estas empresas resultan a menudo demasiado ineficientes para competir en el escenario global, afirman los analistas.

Vietnam ha reducido el número de firmas estatales de las 12.000 que tenía en 1989 a unas 4.000 hoy en día, a través de fusiones y privatizaciones. Aun así, las estatales siguen representando un tercio de la economía vietnamita, comparado con el doble hace una década. De las 50 mayores compañías del país por ingresos, 34 son estatales, incluyendo las nueve que encabezan la lista.

Fuente: WSJ