10 jun. 2010

Ha llegado la hora de planificar la era post-keynesiana

por Jeffrey Sachs

La economía keynesiana encara su última victoria. Los estímulos fiscales globales promovidos el año pasado por la Administración Obama se están retirando, repudiados por el mismo G-20 que los aprobó. Ahora, con el telón de fondo de una creciente crisis de la deuda soberana, debemos abandonar las estrategias a corto plazo a favor de las inversiones a largo plazo necesarias para generar un crecimiento sostenible.

El paquete de estímulo keynesiano se asentaba sobre cuatro premisas discutibles: que era necesario para prevenir una depresión global; que un estímulo fiscal a corto plazo supondría un impulso para la economía; que los proyectos podrían aunar las agendas cíclica y estructural, de carácter cortoplacista y largoplacista respectivamente; y, finalmente, que el rápido aumento de la deuda pública ocasionado por los estímulos no tenía por qué ser motivo de preocupación. El hecho de que estas ideas gozasen de una aceptación tan generalizada daba testimonio del eterno atractivo político de los recortes fiscales y el aumento del gasto.

De hecho, las continuas referencias el año pasado a la Gran Depresión carecían de fundamento; entre los políticos cundía el pánico. La hábil banca central podría, y lograría, evitar una depresión. Los paquetes de estímulos elaborados de forma apresurada suponían una vuelta al keynesianismo. Lo relevante es que EEUU, Reino Unido, Irlanda, España, Grecia y otras naciones habían abusado del crédito durante una década, así que el descenso del consumo después de 2007 no era una anomalía contra la que luchar, sino un ajuste que debía ser aceptado.

Cierto gasto anticiclo es fundamental por motivos sociales. Pero medidas de estímulo como los recortes fiscales temporales para los hogares o los esquemas de ayuda a la compra de vehículos no eran más que formas de malgastar el escaso tiempo y dinero. Reflejaban la esperanza de que un puente fiscal temporal nos devolviera a la senda del crecimiento basado en el consumo y la vivienda –una propuesta discutible teniendo en cuenta que la vieja “normalidad” había sido insostenible desde el punto de vista financiero–.

Las declaraciones sobre una recuperación verde, que defendían que la caída del consumo se vería compensada por la inversión en energías sostenibles, eran, y siguen siendo, razonables. Sin embargo, pronto desaparecieron ante la insistencia de los políticos en sus rápidos paquetes de ayuda. Los sistemas de energía sostenible son fundamentales, pero son un proyecto a largo plazo. Nunca podrían servir como programa de empleo a corto plazo. Tal vez en China existan proyectos de suficiente escala, pero no en EEUU.

Tras asumir el cargo en enero de 2009, el presidente Barack Obama heredó el mayor déficit presupuestario en tiempos de paz de la historia de EEUU. Al ampliarlo, lo convirtió en suyo. Tanto él como sus asesores ignoraron uno de los descubrimientos clave de la macroeconomía moderna: que el resultado de la política fiscal no depende exclusivamente de los impuestos y gastos actuales, sino también de la trayectoria que se prevé para ellos en el futuro.

EEUU no se encontraba en una posición creíble para aumentar un déficit ya de por sí enorme “de forma temporal”, ya que las perspectivas para reducirlo en el futuro eran, y siguen siendo, extremadamente confusas. En Norteamérica no existe consenso sobre cómo restablecer el equilibrio presupuestario, ya que se ve atrapada entre un gobierno federal que realiza muy pocas inversiones y ofrece escasos servicios públicos, y una opinión pública que hace gala de una oposición casi maniática a las subidas de impuestos. No se puede elaborar una política fiscal a largo plazo creíble si se empieza avanzando en la dirección opuesta, con mayores déficit.

El actual panorama económico global muestra una débil demanda en EEUU y Europa, enormes déficit presupuestarios, rebajas del ráting de la deuda soberana y unos consumidores reacios a solicitar créditos. Los gobiernos luchan por la credibilidad del mercado mediante recortes draconianos del gasto. También es un enfoque equivocado. Aquí les ofrezco algunas sugerencias.

Primera, los gobiernos deberían trabajar con un marco presupuestario a medio plazo de cinco años, y fijar una estrategia de transformación económica a 10 años. Los recortes del déficit deberían iniciarse de inmediato para alcanzar ratios deuda-PIB razonables antes de 2015.

Segunda, los gobiernos deberían explicar, y la opinión pública entender, que hay poco que la política económica pueda hacer para crear empleos de alta calidad a corto plazo. Los buenos empleos son resultado de una buena educación, tecnologías de vanguardia, infraestructuras fiables y un gasto adecuado de capital privado. Por lo tanto, son el resultado de años de inversiones públicas y privadas sostenibles. Los gobiernos tienen que potenciar de forma activa la educación de posgrado.

Tercera, los gobiernos deben, por supuesto, garantizar también los esquemas de seguridad social: los subsidios a personas con bajos ingresos, el acceso universal a la sanidad y educación básicas, el aumento de los programas de formación y la promoción de la educación superior.

Cuarta, los gobiernos deberían impulsar las necesarias transformaciones estructurales a largo plazo. Los países con déficit exterior como EEUU y Reino Unido tendrán que potenciar las exportaciones en los próximos años, y todas las naciones deberán promover las energías limpias y la construcción de nuevas infraestructuras de transporte.

Quinta, los gobiernos y la opinión pública deberían insistir en que los ricos paguen más impuestos sobre su renta y patrimonio –de hecho, muchos más–. La redistribución de los últimos 25 años ha convertido nuestras economías en extravagantes zonas de recreo para los más ricos. Los políticos tanto de la izquierda como de la derecha en EEUU y Reino Unido han beneficiado con bajos impuestos a aquellos que pagan las facturas de sus campañas. Incluso las zonas de recreo debería cobrar entrada cuando son multimillonarios los que quieren acceder a ellas.

En resumen, tenemos que recomponer nuestras agendas macroeconómicas. No existen los milagros a corto plazo; sólo la amenaza de que surjan más burbujas si perseguimos ilusiones económicas. Para reconstruir nuestras economías, el lema debe ser la inversión, no el estímulo.

Fuente: FT