9 nov. 2010

El milagro coreano se agota y el gobierno busca ajustar el modelo

Por Evan Ramstad

Mientras se dispone a darles la bienvenida a los líderes de 20 países esta semana, Corea del Sur debe confrontar una verdad incómoda. La exitosa estrategia económica que la puso en condiciones de ser anfitriona de esta reunión del Grupo de los 20, G-20, se está agotando y sustituirla no será fácil.

Hace 50 años, aparentemente inmersa en la pobreza y el hambre, Corea del Sur comenzó una vertiginosa expansión hacia la riqueza mientras no perdía de vista a su vecina, Corea del Norte, que la había invadido diez años antes y que la continúa amenazando. Corea del Sur es hoy la decimoquinta economía del mundo, sede de multinacionales de la talla de Samsung y Hyundai y un modelo para los países en desarrollo.

Pero la estrategia económica que funcionó tan bien durante tanto tiempo ya recorrió su camino. Corea del Sur alcanzó el nivel de riqueza que se puede obtener a través de la dependencia de las exportaciones. El porcentaje de su producción que depende de las exportación de bienes, 43%, es el más alto de las países avanzados.

"El país está en un punto de inflexión", dijo el ministro de Finanzas, Yoon Jeung-hyun, en un reciente discurso. "Aparentemente hay un límite en las industrias de exportación para crear nuevos empleos y valor agregado", reconoció.

La pregunta que enfrenta Corea del Sur es simple y, al mismo tiempo, difícil: ¿puede hacer los ajustes necesarios, económicos, políticos y culturales, que le permitan continuar su trayectoria ascendente?

Los economistas coreanos y extranjeros concuerdan en que el país debe realizar cambios fundamentales en su sociedad jerárquica y dominada por los hombres, no solamente incorporando a más mujeres a la fuerza laboral, sino fomentando la innovación y el espíritu emprendedor, ascendiendo a los empleados por sus méritos y no por los años que llevan en una empresa y abriendo la puerta a los inmigrantes.

Corea del Sur también tendrá que reducir la profunda injerencia del Estado en la economía, un vestigio de la época en la que poderosos presidentes y ministros tomaban decisiones difíciles respecto a la asignación de un capital escaso. También tendrá que relajar la adhesión del país a las jerarquías basadas en el confucianismo, siguiendo el camino tomado por vecinos como Japón, China, Hong Kong y Singapur.

El presidente de Corea del Sur, Lee Myung-bak, describió en términos amplios los obstáculos al avance económico en el país. "Hay mucho trabajo que hacer en la reforma de muchas de las instituciones sociales o de las normas, prácticas y tradiciones que hemos tenido en este país durante muchos, muchos años", dijo Lee. "Tenemos ahora la necesidad de intentar cambiar", agregó.

La forma en que Corea del Sur enfrente estos desafíos será observada de cerca por docenas de pequeños países que imitaron su exitoso modelo de desarrollo exportador y por países de ingresos medios, incluyendo Taiwán, Arabia Saudita, Israel y Portugal que están llegando a mesetas en cuanto a su desarrollo y potencial.

Auge y estancamiento

El veloz auge de Corea del Sur comenzó en la década de los 60 bajo el dictador militar Park Chung-hee, que dirigió el escaso capital a muchas de las mismas industrias que hicieron de Japón una potencia: los textiles, el acero, los autos y los productos electrónicos. Los surcoreanos se rebelaron contra el gobierno autoritario y establecieron una democracia constitucional en 1987, pero la economía siguió creciendo aceleradamente.

El ingreso per cápita de Corea del Sur llegó a los US$20.000 en 2007 y si bien la crisis asiática de 1997 y 1998 asestó un golpe a la tradición que existía del empleo vitalicio y obligó a las empresas a focalizarse en la rentabilidad más que en el crecimiento como un fin en sí mismo, la interrupción de la trayectoria ascendente del país fue breve.

Bajo la superficie de esa creciente prosperidad, sin embargo, comenzaban a germinar los problemas.

El crecimiento económico de Corea del Sur promedió 4,3% anual durante la última década, por debajo del 6,2% de los años 90. Este año, el Producto Interno Bruto se expandirá alrededor de 6%, porcentaje superior al de las economías avanzadas. Sin embargo, este resultado vendrá después de dos años de bajo crecimiento. Los economistas esperan que el próximo año el crecimiento se ubique entre 3% y 4,5%.

Además, el potencial de expansión ha caído más en los últimos 15 años que en cualquier otro país desarrollado, según la Cámara de Comercio e Industria de Corea del Sur. Un estudio reciente elaborado por la entidad muestra que el potencial de crecimiento, el máximo posible cuando todos los factores de producción como trabajo y capital son utilizados, alcanza 4% anual y posiblemente se reduzca a entre 2% y 3% anual en los próximos 10 años.

Todo esto ocurre a un nivel de ingresos mucho menor que el que tenía Japón cuando le sucedió lo mismo. A fines de los 80, cuando el potencial de crecimiento de Japón declinó a entre 3% y 4%, su ingreso per cápita excedía los US$30.000. El de Corea del Sur hoy ronda los US$20.000.

Parte de la razón del estancamiento es demográfica. El país simplemente no tiene suficientes personas para desempeñar empleos que impulsen el crecimiento. Con solamente 1,15 bebés por madre, la tasa de natalidad de Corea del Sur es la más baja de todos los países desarrollados. La cantidad de gente entre los 25 y los 49 años ya alcanzó su nivel máximo y entre 2017 y 2019 el conjunto de la población en edad productiva comenzará a bajar.

Asimismo, Corea del Sur ha llegado a un punto en el que tanta gente se ha educado que pocos se presentan para empleos de baja remuneración y de poca especialización. Esto ha dejado a las granjas y la industria en busca de trabajadores al tiempo que muchos egresados de la universidad pasan años esperando oportunidades en las grandes compañías y en el gobierno.

El modelo hoy para Corea del Sur, dicen los economistas, deberían ser los países de Europa y América del Norte que desarrollaron un robusto sector de servicios, que absorbe a los empleados altamente calificados y complementa al sector manufacturero, creando diferentes entornos de trabajo que estimulan la innovación y la creatividad.

Al tope de la lista de prioridades del gobierno está dejar de microadministrar la economía. Ese involucramiento tenía sentido cuando el país se levantaba de la nada con un capital limitado y un bajo nivel educativo. Ahora, sin embargo, se considera que la mano del gobierno ahoga la competencia y el crecimiento. Las regulaciones, por ejemplo, establecen que una cervecera en Corea del Sur tiene que producir 3,8 millones de botellas al año, lo que impide a las empresas nuevas competir con las dos grandes cerveceras.

La forma más veloz de estimular el crecimiento sería aceptar a más trabajadores extranjeros. Corea del Sur tiene 557.000 trabajadores extranjeros, alrededor de 2% de su fuerza laboral de 23 millones. Esa cifra es más alta que en Japón donde es inferior a 1% pero está muy debajo del 10% de Estados Unidos.

Pero los extranjeros pueden quedarse cinco años en las compañías de propiedad coreana, de acuerdo con las leyes laborales. La inmigración permanente es muy poco frecuente, aunque ha crecido en los últimos años para una categoría especial de inmigrantes: las mujeres de otros países, en particular del sudeste asiático, que se casan con los granjeros solteros que quedaron en las zonas rurales luego de que las jóvenes coreanas emigraran a las ciudades.

A pesar de todo esto, un estudio de Danny Leipziger, un profesor de la universidad George Washington, y ex vicepresidente del Banco Mundial, muestra que, con suficientes mejoras de productividad y un mayor nivel de empleo para mujeres y para personas mayores, Corea del Sur podría incluso llegar a la meta de crecimiento de 7% que Lee anunció en su campaña presidencial. "El futuro no está escrito en piedra", dijo Leipziger.

Fuente: WSJ