20 abr. 2011

Brasil debería permitir la apreciación del real

Por Mary Anastasia O'Grady

Porto Alegre, Brasil—Tal vez no sirva de mucho consuelo para los estadounidenses, pero Washington no es el único lugar que usa matemáticas poco claras para tratar de ocultar su adicción al gasto. Los políticos brasileños emplean tácticas similares.

El economista Raul Velloso, uno de los analistas más respetados de las cuentas fiscales de Brasilia, analizó un ejemplo de los trucos a los que recurre el gobierno aquí la semana pasada en un discurso ante la 23ª edición anual del "Foro para la Libertad" organizado por el Instituto de Estudios Empresariales, orientado al libre mercado.

Velloso les dijo a los asistentes que cuando el Ministerio de Planificación de la presidenta Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores, anunció este año un recorte de 50.000 millones de reales (US$31.000 millones) de gasto proyectado en el presupuesto de 2011, dejó a periodistas y analistas confundidos sobre si esto significaba una reducción real de los gastos del gobierno frente al año anterior. El gobierno respondió con evasivas. Velloso, entonces, acudió al sitio web del propio Ministerio de Hacienda para dilucidar la confusión. Al comparar la nueva cifra con el gasto real de 2010 quedó en evidencia, indicó, que el muy promocionado "recorte" era en realidad un aumento de 9,5% en el gasto primario (sin contar el servicio de la deuda) para 2011.

El punto es que mientras los políticos pueden intentar confundir, Internet y las demandas de los mercados globales de capital dificultan que el gobierno brasileño oculte lo que realmente está haciendo. Esta realidad será importante para los brasileños en los próximos meses, porque la inflación está en aumento y, de no mediar un cambio en las políticas, es probable que siga subiendo.

El problema comenzó con la decisión del ex presidente Lula da Silva de aumentar drásticamente el gasto fiscal y expandir el crédito a través del banco de desarrollo brasileño en 2010 con el objetivo de estimular la economía de cara a las elecciones presidenciales. La estrategia funcionó. Su jefa de gabinete, Rousseff, ganó. Ahora, sin embargo, los brasileños pagan el precio.

En marzo, la inflación anualizada alcanzó 6,3% comparada con la meta del banco central de 4,5%. Numerosos analistas quieren que el gobierno controle la inflación a través de una reducción del gasto. Pero Velloso me dijo que los salarios del sector público y los pagos de transferencia del gobierno, como las pensiones para adultos mayores y los programas sociales incluida "bolsa familia", ahora representan alrededor de 75% del gasto primario en el presupuesto, y que Rousseff no muestra interés de recortarlos. Eso no es de extrañar, puesto que son clave para su poder político.

Controlar los salarios del sector público y los beneficios es importante para el futuro de Brasil, pero la austeridad pura no es la única forma de superar el problema. El fortalecimiento del real también moderaría el alza de los precios. Y eso podría ocurrir en el corto plazo. El problema es que una decisión de apoyar un real fuerte requeriría un replanteamiento de la política industrial brasileña. En esta materia Rousseff también encontraría resistencia política, aunque si estuviera dispuesta a hacerlo.

Brasil ahora es un competidor de primera categoría en los mercados de recursos. Es un exportador neto de petróleo y minerales y también una potencia agrícola. Esto ha convertido al país en un destino atractivo para la inversión extranjera. No hay que perder de vista que un motivo por el cual el país es tan competitivo en productos como la soya es que los productores han podido importar tecnología de todo el mundo para mejorar la producción. A medida que los dólares han llegado al país, el tipo de cambio se ha fortalecido.

Sin embargo, el poderoso es un dolor de cabeza para el sector manufacturero de Brasil debido a que los productores domésticos dependen fuertemente de una moneda débil para que sus productos sean competitivos en el extranjero. Esta realidad, después de seis décadas de política industrial ostensiblemente diseñada para convertir al país en un jugador global de las manufacturas, es una lección de cómo no enfocar el desarrollo económico.

Los altos aranceles y barreras no arancelarias —que dicho sea de paso son mucho más bajos que hace dos décadas— sólo volvió a los fabricantes menos capaces de competir en el exterior. Una regulación laboral sofocante, altas tasas de un complejo código tributario y la práctica del gobierno de usar los ingresos fiscales para generar lealtades políticas en lugar de invertirlos en infraestructura también obstaculizan la competitividad brasileña. El golpe final son las altas tasas de interés, que paradójicamente son consecuencia de los esfuerzos del gobierno por contener la inflación que crea con el gasto fiscal. Esas altas tasas de interés actúan como un imán para atraer el capital golondrina y, de esta forma, aprecian el valor del real. El banco central ha intentado combatir esto mediante la compra de dólares. Velloso me dijo que el costo de esta intervención fue de alrededor de 1,4% del PIB en 2010.

Esta política económica no es sustentable si Brasil quiere reclamar a su legítimo rol en el mercado global. Lo más inteligente sería permitir el fortalecimiento del tipo de cambio, observar la caída de la inflación y las tasas de interés, y permitir que los productores brasileños contraten, despidan, obtengan ganancias e importen en la medida en que sea necesario para ser competitivos. Los políticos no quieren aceptar este aprendizaje, pero como señala Velloso, el siglo XXI no les ofrecerá ninguna alternativa.