25 nov. 2009

China: el despertar de una superpotencia

Por Andrew Browne
Beijing

La flota comandada por el almirante Cheng-ho, un eunuco de la dinastía china Ming, estaba formada por algunos de los barcos más grandes que jamás se hubieran construido: monstruos náuticos que según algunos relatos contaban con hasta nueve mástiles.

Mucho más grandes que las carabelas de Cristóbal Colón que zarparon décadas más tarde hacia el Nuevo Mundo, constituían los buques insignia de una armada que se aventuró hasta la costa este de África en siete expediciones navales. La primera se embarcó en el año 1405 con unos 30.000 hombres; la séptima, en 1430.

Luego, las expediciones se detuvieron de golpe. Las aventuras de Cheng-ho habían arruinado a la dinastía Ming. Los emperadores detuvieron el comercio marítimo y cerraron la industria de la construcción naval; China se encerró en sí misma durante los siguientes cuatro siglos. Las expediciones a los "Mares occidentales" fueron una aberración gloriosa.

Estatus en ascenso

Ahora, en el albor del siglo XXI, el mundo mira a China a la espera de que asuma un rol de liderazgo global que le es muy poco familiar. A medida que el prestigio estadounidense pierde brillo, el estatus de China va en ascenso.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, visitó China la semana pasada en busca de ayuda en temas de todo tipo, desde el cambio climático hasta la amenaza nuclear de Corea del Norte. Durante las reuniones de los países del Grupo de los 20, todos esperan impacientes las opiniones de China sobre temas como la reforma bancaria y la remuneración ejecutiva. Persuadir a China para que se convierta en un líder global será todo un desafío.

La historia hizo poco para preparar a este país para la clase de autoridad que una ansiosa comunidad internacional parece tan dispuesta a asignarle.

A diferencia de EE.UU., China no aspira a cambiar el mundo: su mantra siempre ha sido de "no intervención" en los asuntos internos de otros países. Incluso bajo el mando de Mao, China nunca quiso dominar el mundo, como la ex Unión Soviética, aunque provocó la revolución en otras partes de Asia y más allá. Ahora que China ha descartado el socialismo, es difícil definir lo que queda de su ideología, valores y visión del mundo.

El principio que guía a China en casa y en el extranjero se caracteriza por su inflexible pragmatismo: lo que sea que produzca crecimiento en el producto interno bruto.

El distanciamiento de China respecto al mundo fue interrumpido cuando Occidente tocó a su puerta. En 1793, Lord Macartney fue enviado a China por el rey George III de Gran Bretaña para abrir el país al comercio internacional. Llegó cargado de regalos con la intención de deslumbrar a la corte del emperador Qianlong: relojes mecánicos, cronómetros, telescopios e instrumentos matemáticos. Para transportar los 600 paquetes necesitó 200 caballos y 3.000 porteadores.

"No hay nada que nos haga falta", fue la famosa respuesta del emperador al emisario real. Los británicos abrieron las puertas del comercio a la fuerza, con cañoneros. Una China debilitada fue manipulada por los poderes occidentales en lo que China llama su "siglo de humillación".

Al pasar por los monumentos de Beijing inspirados en los Juegos Olímpicos —el estadio conocido como Nido de Pájaro, el Cubo de Agua, la colosal Torre CCTV, es fácil olvidarse de que hasta hace poco China se había vuelto a aislar del mundo.

Durante la mayor parte de los primeros 30 años de gobierno comunista en China, que comenzó en 1949, era difícil y casi imposible obtener una visa. El esporádico funcionario chino que se aventuraba a visitar Occidente era una curiosidad.

Deng Xiaoping le puso fin a la era de aislamiento sangriento de Mao —sus interminables luchas de clases y catástrofes causadas por el hombre, incluida la peor hambruna mundial— con sus reformas de "Puertas Abiertas" en 1978.

Camino a la estabilidad

La decisión de abrir el país al comercio y la inversión extranjera, colocó a China en camino hacia un crecimiento económico destacable. Se prevé que dentro de poco China supere a Japón como la segunda mayor economía mundial.

Los logros de China han sido un referente para gran parte del mundo emergente: su éxito para sacar a 300 millones de personas de la pobreza, su lucha contra las enfermedades y el analfabetismo, su adopción de la tecnología que llevó a los astronautas chinos al espacio. Todo esto, mientras permitió un florecimiento sin precedentes de las libertades personales.

Ahora que la economía global emerge con debilidad de la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial, China causa admiración en nuevos rincones del mundo.

Mientras los países más ricos se encaminaban al abismo financiero, China avanzaba con cautela. Salió de la crisis con una economía que crece vigorosamente. Sus bancos no están contaminados con activos tóxicos; sus vastas arcas de ahorros nacionales gozan de buena salud.

También hay esperanzas de que China se valga de su nuevo peso estratégico para ayudar a resolver los problemas de seguridad actuales más urgentes.

La meta general de EE.UU., y uno de los principales objetivos de Obama en su visita al país, es la de persuadir a China para que asuma las responsabilidades globales que acompañan su creciente influencia económica de una forma que fortalezca, más que amenace, los acuerdos internacionales existentes.

Sin embargo, el compromiso oficial de China con un "mundo en armonía" se enfrenta a menudo con un EE.UU. que libra dos guerras en Irak y Afganistán. Con frecuencia, esto ha significado que China actuara más como un seguidor reticente que un líder. Los críticos afirman que el historial de China en los centros conflictivos del mundo, desde Corea del Norte a Irak y Darfur, sugiere que define sus responsabilidades según sus intereses económicos.

En Corea del Norte, China ha encabezado esfuerzos diplomáticos para intentar controlar el programa nuclear de Pyongyang. Pero es reticente a poner en riesgo el flujo de petróleo y alimentos chinos que mantiene vivo al régimen. Los escépticos en EE.UU. afirman que China no actúa porque teme un colapso de Corea del Norte que no sólo

desataría una oleada de refugiados a través de su frontera sino que también pondría a las fuerzas estadounidenses cara a cara con las suyas.

Tensiones similares entre los intereses económicos de China y sus obligaciones internacionales se observan en África, donde las empresas chinas invierten grandes sumas en energía y materias primas para apuntalar el crecimiento chino. Las inversiones "sin compromisos" desde Nigeria a Etiopía contrastan con los esfuerzos occidentales de condicionar la inversión a los avances en derechos humanos y medioambientales. En Sudán, China envió conciliadores a la región de Darfur, a la vez que respalda al gobierno comprando petróleo y vendiéndole armas.

Irán podría ser la mayor prueba hasta la fecha de la voluntad de China para ejercer un rol de liderazgo. Washington y sus aliados europeos consideran que el rol chino es crítico en el esfuerzo por presionar a Teherán sobre su programa nuclear. Hasta ahora, China se ha resistido a imponer sanciones más duras contra un país que es su segundo mayor proveedor de petróleo después de Arabia Saudita.

Modestia aparte

Los líderes chinos visten sus aspiraciones de gran potencia de modestia. Así, insisten, por ejemplo, en que China es aún un país en desarrollo pobre, con una décima parte del PIB per cápita de EE.UU.

Sin embargo, China moderniza con rapidez sus fuerzas militares. Un desfile militar en octubre, celebrado para conmemorar el 60 aniversario de la fundación de la República Comunista de China, envió un mensaje poderoso a los 1.300 millones de chinos. Los misiles balísticos intercontinentales que retumbaron por la avenida de la Paz Eterna, en Beijing, y los aviones cisterna que los acompañaban, señalaban que China también podía proyectar poder más allá de sus orillas.

Hoy en día, el apetito de China por "objetos ingeniosos" de Occidente no tiene límites. Cuenta con unos 650 millones de teléfonos móviles y superó a EE.UU. como el mayor mercado automotor del mundo.

Ningún país emergente ha aprovechado las oportunidades del comercio global con más entusiasmo que China. Su decisión de unirse a la Organización Mundial del Comercio en 2001 situó su economía en una nueva órbita. Los excedentes del comercio exterior —en especial con EE.UU.— ayudaron a China a acumular más de US$2 billones (millones de millones) en reservas de moneda extranjera.

Entonces, ¿qué quiere hacer China con este nuevo estatus que persigue y que el mundo parece igual de ansioso por concederle?

Hace alrededor de dos milenios y medio, el filósofo chino Laozi escribió: "Gobernar un país grande es como freír un pescado pequeño". El consejo apuntaba a los funcionarios-académicos que dirigían China, una clase de mandarines que se convirtió en el modelo de gobierno del mundo antiguo. El toque suave nunca fue una característica del régimen comunista, ni de sus estadistas. Eso es muy importante en un mundo en el que la influencia y la legitimidad derivan más que nunca del atractivo de los ideales de gobierno de un país.

Fuente: WSJ