18 feb. 2010

Dejemos que Grecia se tome unas vacaciones de la eurozona

por Martin Feldstein

Las garantías de crédito o los préstamos temporales de Alemania y Francia pueden permitir a Grecia evitar una nueva crisis de refinanciación a finales de esta primavera.

Pero los parches financieros temporales no abordarán el verdadero problema: el déficit presupuestario de Grecia, que asciende al 13% del producto interior bruto (PIB). Para evitar una explosión del ratio deuda gubernamental/PIB, Grecia debe reducir sus futuros presupuestos anuales y subir los impuestos de forma que, juntos, equivalgan al menos al 10% del PIB.

Por desgracia, semejante contracción fiscal provocaría un fuerte aumento de la tasa de desempleo, que se sitúa ya en el 10%; y la oposición política hace que una actuación así sea imposible.

Si Grecia dispusiera aún de su propia divisa podría, en paralelo, devaluar el dracma para reducir las importaciones y aumentar las exportaciones, recortando su déficit comercial del 15% del PIB. El PIB y el índice de ocupados de Grecia podrían crecer entonces si el aumento de las exportaciones y el descenso de las importaciones aportase más al empleo y a la producción que lo perdido por medio de las subidas de impuestos y el recorte del gasto gubernamental. Pero como Grecia no dispone ya de su propia divisa, no es libre para seguir esta estrategia.

Así que, ¿qué puede hacer? Puede, sencillamente, subir los impuestos y reducir el gasto, pidiendo a su población que sufra muchos años con un alto índice de paro. O puede buscar un rescate real de sus socios europeos, por el que estos den al Gobierno griego, año tras año, suficiente dinero como para pagar sus deudas sin tener que aumentar los impuestos.

Incluso si el pequeño tamaño de la economía griega lo hiciera posible, esta opción sería rechazada, ya que Alemania y Francia temerían, con acierto, que al hacerlo surgieran presiones para efectuar rescates similares de países de la eurozona más grandes. Otra opción es que Grecia salga de la eurozona, iniciando, tal vez, un proceso en el que otros países con grandes déficit fiscales y comerciales también la abandonen.

Ninguna de las opciones anteriores resulta atractiva para Grecia o sus socios de la eurozona. Pero existe una mejor idea que podría preservar la moneda única al tiempo que ayudase al atribulado país a ajustar sus déficit.

El resto de la eurozona podría permitir a Grecia absentarse temporalmente con el derecho y la obligación de volver con un tipo de cambio más competitivo.

Para ser más exactos, Grecia cambiaría su divisa del euro al dracma, con una tasa inicial de cambio de un euro el dracma. Los balances y las deudas de los bancos seguirían estando denominados en euros. Los salarios y los precios se establecerían en dracmas.

Si el acuerdo exigiese que Grecia se reincorporarse con un tipo de cambio de 1,3 dracmas por euro, la divisa griega caería inmediatamente cerca de un 30% en relación a la moneda común europea y a otras divisas. Si la inflación inducida de Grecia es baja, o simplemente inexistente, los productos griegos serían sustancialmente más competitivos tanto en el mercado doméstico como en los extranjeros.

A cambio del permiso para reajustar su tasa de cambio, Grecia tendría que aceptar severas medidas fiscales para reducir su déficit con rapidez y mantenerlo en un nivel bajo. Aunque el mayor coste de las importaciones reduciría los ingresos reales locales, el daño se vería limitado por el hecho de que las importaciones representan menos del 20% del PIB griego.

Cabe la posibilidad de que otros miembros de la eurozona pusieran objeciones a concederle a Grecia esta mejora en la competitividad. Podrían temer que otros países con grandes déficit comerciales presionen para obtener acuerdos similares. Pero permitir que Grecia reajuste su tasa de cambio podría seguir siendo mejor que la opción de que el país abandone de forma permanente la eurozona. Sería sin duda preferible a condenar a los griegos a una década de padecimiento. También sería mejor que la idea de que Alemania y otros países ofrezcan una asistencia financiera constante a Grecia, ya que ese proceso podría hacer que el propio Berlín quiera abandonar la eurozona.

La unión económica y monetaria europea tiene dos imperfecciones básicas. Primero, obliga a los distintos países a vivir con un tipo de interés y de cambio que puede no ser adecuado para todos los miembros. Segundo, la combinación de una divisa única con políticas presupuestarias independientes fomenta el derroche fiscal. La situación griega es la manifestación de estos defectos. Si los líderes políticos quieren, no obstante, preservar el actual sistema, permitir que Grecia reajuste su tasa de cambio de forma temporal puede ser la mejor opción.

Martin Feldstein, profesor de Economía en Harvard y presidente emérito de la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas.

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