20 may. 2010

La muerte del sueño europeo

por Gideon Rachman

Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa el año pasado, algunos líderes europeos se permitieron soñar con un nuevo orden mundial –en el que la UE fuera reconocida finalmente como una superpotencia global, al mismo nivel que EEUU y China–.

En las últimas semanas, no cabe duda de que Europa ha atraído la atención del resto del mundo –pero no de la forma que esperaba–. En lugar de admirar a la UE por su dinamismo y poder, el resto del mundo observa la crisis económica que se desarrolla en el continente con fascinación y horror. La asistencia desde Washington o Pekín a la lucha por salvar al euro es similar a presenciar un accidente de coche desde el carril de sentido contrario de la carretera. Ya es bastante malo ser espectador de ello, pero es que además temen ser alcanzados por los restos que saltan.

Los espectadores estadounidenses y asiáticos tienen buenos motivos para temer un contagio de la crisis de la deuda soberana en Europa. Un largo periodo de baja demanda en la UE –que, colectivamente, sigue siendo la mayor economía mundial– también perjudicaría a la recuperación económica global.

Es lógico que la atención internacional se centre en primera instancia en las repercusiones económicas de la crisis en Europa. Pero también existen importantes consecuencias políticas, aunque a primera vista menos obvias. Resulta fácil burlarse de las pretensiones de las autoridades de Bruselas. Pero el hecho es que la UE significa –o tal vez lo hiciera– algo importante en la escena mundial.

Lo que Europa representa no es tanto el poder puro como la fuerza de una idea –un sueño europeo–. Para los internacionalistas de todo el mundo, para los que creen en una mayor cooperación entre naciones, para aquellos que presionan para que se establezca un orden legal internacional, la UE es un ejemplo para la esperanza.

Si el experimento europeo empieza a desmoronarse –después de más de 60 años de concienzudos avances–, las ideas que representa Europa también se verán severamente dañadas, y pueden cobrar fuerza las opuestas –la primacía del poder sobre la ley, la supremacía del estado nación, el autoritarismo–.

Los partidarios extranjeros del sueño europeo no son sólo profesores poco conocidos de facultades de letras estadounidenses –aunque existen muchos–. Entre sus defensores están el primer ministro de Japón y el presidente de EEUU.

Poco antes de asumir el cargo, Yukio Hatoyama, el primer ministro japonés, pidió el establecimiento de una divisa panasiática a imagen del euro y citó como inspiración personal a los primeros defensores de la unidad europea. Barack Obama, el presidente estadounidense, ha mostrado su admiración por el modelo europeo de forma mucho menos abierta. Los privilegios del poder americano y las restricciones de la política estadounidense son importantes limitaciones para su adopción explícita de Europa como modelo.

Sin embargo, tanto la política interior como la exterior de la Administración Obama parecen mucho más europeas que las de la Administración Bush. Las reformas sanitarias de Obama se apoyaron desde Europa. Y, pese a que la Administración Bush mostraba a menudo un abierto desprecio hacia las ideas en política exterior promovidas por los europeos, la Administración Obama es mucho más comprensiva.

La oficina de planificación política del Departamento de Estado –que en otras épocas albergó a grandes mentes como George Kennan y Francis Fukuyama– está dirigida en la actualidad por Anne-Marie Slaughter, una académica y abogada internacional que expone que la idea definitoria de la política exterior de la Administración Obama es la creencia en que los mayores problemas globales –como el cambio climático y la proliferación de armas nucleares– no los puede resolver EEUU sólo. La cooperación internacional es indispensable. Es el tipo de argumento que se escucha continuamente en Bruselas pero que no estaba precisamente de moda en el Washington de Bush.

Sin embargo, la crisis económica europea ha complicado la postura de aquellos estadounidenses o asiáticos que quieren defender que el resto del mundo debería aprender de Europa. La semana pasada, conocí a un miembro de la clase dirigente japonesa que se reía de la idea de que su primer ministro hubiera llegado a creer en algún momento que Europa podría ser un modelo. En EEUU, los conservadores han aprovechado la crisis financiera europea para exponer que la supuesta adopción de Obama del “socialismo” de estilo europeo llevará a EEUU a la quiebra.

Mientras que los admiradores extranjeros de la UE están a la defensiva, aumenta el número de euroescépticos. Charles Grant, director del Centro para la Reforma Europea, un gabinete asesor defensor de la UE, asegura que se ha visto sorprendido en sus recientes viajes por el creciente desdén hacia Europa en Nueva Delhi, Pekín y Washington. “Se nos ve atrapados en un permanente declive económico y demográfico, y nuestras pretensiones sobre el poder se tratan con desprecio”, lamenta.

Hace algunos años, Jeremy Rifkin, un escritor estadounidense, publicó un libro titulado El sueño europeo, que provocó un gran revuelo en Bruselas. Rifkin exponía que Europa era un modelo para el futuro. “Mientras que el espíritu americano languidece, está naciendo un nuevo sueño europeo”, escribió. “Es un sueño mucho más adecuado para la próxima fase del viaje del ser humano –uno que prometa dar a la humanidad una conciencia global acorde con una sociedad cada vez más interconectada–”.

Al leer hoy esas palabras, no se si reír o llorar.

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