9 ago. 2010

Para recuperarse, la economía de EE.UU. tendría que recurrir a estrategias más creativas

Por Jon Hilsenrath

El desalentador informe de julio sobre el desempleo en Estados Unidos plantea un peliagudo dilema para las autoridades de ese país.

El gobierno ha agotado las medidas convencionales para lograr que la economía vuelva a crecer a un ritmo más acelerado: redujo las tasas de interés a casi cero e inyectó más de US$800.000 millones en estímulos fiscales.

Ahora que las herramientas convencionales ya están descartadas, puede ser que las autoridades estadounidenses tengan que recurrir a otro tipo de estrategia no probada para revitalizar la economía, sobre todo si esta anémica recuperación se ralentiza aún más.

La mayoría de las ideas en consideración presenta inconvenientes. La inversión en infraestructura, por ejemplo, se ve atractiva para el gobierno de Barack Obama, debido a que muchas de las carreteras, puentes y túneles del país necesitan reformas y a que muchos trabajadores de la construcción están sin empleo. Pero nuevos gastos podrían provocar protestas de la oposición de cara a déficits presupuestarios de millones de millones de dólares y ningún plan para reducirlos. Los republicanos prefieren recortes fiscales permanentes, pero esta solución también enfrenta limitaciones de déficit.

Laura Tyson, profesora de la Escuela de Negocios Haas de la Universidad de California en Berkeley, quien fue la principal asesora económica del ex presidente Bill Clinton, prefiere un programa de inversión a largo plazo financiado por bonos conocidos como Build America, bonos municipales subsidiados por el gobierno federal y gravables, y un banco nacional de infraestructura, una iniciativa que el presidente Barack Obama ha propuesto. El gobierno pondría el capital y el banco captaría sus propios recursos a través de la emisión de deuda para financiar proyectos, a veces asociándose a empresas privadas. El problema es que esto también se sumaría a la deuda pública, pero de manera indirecta.

Robert Reich, quien se desempeñó como secretario del Trabajo de Bill Clinton, propone una exención fiscal en la nómina sobre los primeros US$20.000 que los trabajadores reciban en ingresos, financiada por un nuevo impuesto a la seguridad social sobre los ingresos anuales de los trabajadores que reciban más de US$250.000. La teoría económica reza que las personas de bajos ingresos son más propensas a gastar un dólar de ingreso adicional que las personas de altos ingresos, así que hacer llegar más dinero a las manos del primer grupo daría un impulso a la economía.

"Esta alternativa podría ser puesta en acción de inmediato, poniendo más dinero en las manos de los consumidores propensos a gastar, y reduciendo los costos de las nuevas contrataciones para las empresas", dice Reich. El obstáculo para esta solución es que la población de bajos ingresos ya tiene tanta deuda por pagar que es poco probable que la teoría se pueda aplicar.

Martin Feldstein, profesor de Harvard que fue el principal asesor económico del presidente Ronald Reagan, sugiere ayudar a los bancos pequeños, haciendo que sea más fácil para ellos vender sus carteras de bajo desempeño de préstamos del programa de Sociedades de Inversiones Público-Privadas del Tesoro de EE.UU., dándoles así más tiempo para amortizar las pérdidas en las que incurrirían estas ventas.

Dado que el déficit es un obstáculo para cualquier propuesta del gobierno que implique gastar más o reducir impuestos, Frederic Mishkin, profesor de la Universidad de Columbia y ex gobernador de la Reserva Federal de EE.UU., dice que la gran apuesta real aún no comprobada consiste en adoptar medidas concretas ahora para hacer frente a futuros déficits. Si el gobierno de Obama y el Congreso de EE.UU. alcanzan primero un plan creíble para reducir el déficit a largo plazo, tendrán más libertad para incurrir en deudas de corto plazo en caso necesario.

Abordar los déficits presupuestarios a largo plazo ahora, señala Mishkin, le daría la flexibilidad a la Fed, que podría comprar más bonos para bajar las tasas de interés a largo plazo. Un problema es que la Fed se muestra reacia a comprar deuda del gobierno por temor a ser acusada de facilitar los grandes déficits federales, lo que a su vez podría provocar un resurgimiento de la inflación.

La Fed podría tomar medidas más radicales si la economía se descarrila. Con las tasas de interés estacionadas en cero, un aumento de la inflación significaría que el costo real del crédito caería, lo que, en teoría, impulsaría la demanda. Como presidente de la Fed, Ben Bernanke ha rechazado esa idea, en parte porque EE.UU. no tiene una deflación ahora.

La conclusión es que no hay ninguna alternativa segura cuando se trata de resolver este problema económico. Eso plantea lo que podría ser la mayor apuesta de todas: no hacer nada y esperar que la economía se sane por sí sola.

Fuente: WSJ