8 dic. 2010

En busca de un modelo económico post-crisis

Por Mark Whitehouse

El físico Doyne Farmer piensa que deberíamos analizar la economía igual que estudiamos las epidemias y el tráfico. El psicoanalista David Tuckett cree que la clave para los vaivenes del mercado está en las obras de Sigmund Freud. A su vez, el economista Roman Frydman cree que nunca podremos pronosticar con exactitud lo que pasará con la economía.

Pese a que sus ideas pueden parecer divergentes, estos tres expertos tratan de resolver un acertijo con el que esperan catalizar una revolución en la economía: ¿cómo entender un mundo que ha demostrado ser mucho más complejo que lo que asumían los modelos más avanzados?

La pregunta dista de ser académica. Durante décadas, la mayoría de los economistas, incluyendo los presidentes de los bancos centrales más poderosos del mundo, han dado por sentado que la gente es lo suficientemente racional y que el funcionamiento de los mercados es lo suficientemente fluido, como para que el conjunto de la economía pueda ser reducida a un puñado de ecuaciones. Luego transforman estas fórmulas en modelos matemáticos con los que intentan imitar la conducta de la economía. Desde Washington a Fráncfort, pasando por Tokio, los modelos son utilizados a la hora de tomar decisiones cruciales para todo, desde el nivel adecuado de las tasas de interés hasta la regulación de los bancos.

Luego de la crisis financiera y una dura recesión que los modelos no lograron predecir, un creciente número de economistas está comenzando a cuestionar las bases intelectuales sobre las que se construyen. Investigadores están comenzando a ofrecer una serie de ideas con las que esperan formar los bloques para construir un nuevo paradigma.

Algunas de las voces más reconocidas del mundo académico aseguran que las nuevas ideas están fuera de la corriente principal de pensamiento por una buena razón: están todavía muy lejos de producir un modelo que haya probado ser mejor que el status quo.

"Me parece que esperaré hasta ver lo que pueden y no pueden hacer estos modelos", dice Robert Lucas, un economista de la Universidad de Chicago que ganó el premio Nobel por su trabajo sobre las "expectativas racionales", el concepto en tela de juicio por la ortodoxia moderna.

Los modelos de hoy emergieron de su propia revolución. En la década de los 70, los economistas querían entender la forma en que las decisiones de política económica, como subir los impuestos o recortar las tasas de interés, podían cambiar el comportamiento de la gente. También estaban ansiosos por someter sus propios razonamientos a la implacable lógica económica.

Así que poblaron sus modelos con gente racional que pudiera calcular el valor de varias opciones y optar por el mejor camino.

Al traducir las preferencias de las personas en ecuaciones, y determinar el punto en que coinciden con las de empresas y otros implicados, los modelos predecían una trayectoria exacta para la economía. Esto los convierte en una herramienta atractiva para los economistas, que pueden limitarse a introducir una modificación en los tipos de interés y ver exactamente cómo afectaba toda la producción de un país para los próximos años.

El problema, dice Farmer, es que los modelos tienen poca relación con la realidad. La gente no es tan racional como asumen los modelos, señala. Farmer apunta a un defecto quizás mayor en la estructura matemática de los modelos. Un modelo típico como el de "equilibrio general dinámico estocástico" —así llamado porque incorpora los elementos de tiempo y cambios al azar— consiste en unas cuantas, a veces decenas, de ecuaciones relacionadas entre sí, que deben concordar antes de que el modelo pueda ofrecer una solución. Si las ecuaciones se vuelven demasiado complejas, los modelos tienen dificultades para encontrar el punto en el cual todas las preferencias de los actores de la economía se encuentran.

Para mantener las cosas simples, los economistas suelen dejar fuera partes importantes de la realidad. Antes de la crisis, la mayoría de los modelos no incluía bancos, cesaciones de pago ni mercados de capital, un hecho que resultó problemático cuando golpeó la crisis financiera. Normalmente incluyen solamente familias, empresas, bancos centrales y el gobierno.

La propuesta de Farmer consiste en crear una simulación compleja por computadora como las que utilizan los científicos para modelar los patrones climáticos, las epidemias y el tráfico. Con suficiente respaldo de las computadoras, estos modelos basados en los distintos agentes económicos pueden incluir a millones de actores individuales, que no tienen por qué ser racionales o estar de acuerdo unos con otros.

La parte difícil es crear reglas que tengan relación con la realidad. Con ese objetivo, Farmer y tres economistas (Robert Axtell, de la Universidad George Mason; John Geanakoplos, de la Universidad de Yale, y Peter Howitt, de la Universidad Brown) tienen la esperanza de incluir a decenas de expertos en conducta de los consumidores, inversionistas y empresas, en un proyecto masivo de construcción de un modelo.

Idear mejores reglas que expliquen la conducta humana requerirá que los investigadores caven más profundo en la psique humana, dice Tuckett, profesor de la University College de Londres. En concreto, está investigando cómo las necesidades inconscientes y los miedos pueden causar grandes altibajos en los mercados financieros. Extensas entrevistas con gestores de dinero lo han llevado a afirmar que dado que algunos instrumentos financieros son tan volátiles y difíciles de valorar, disparan la tendencia humana a fantasear. Valiéndose de la jerga de Freud, llama a esos activos financieros "objetos fantásticos", que la gente ve alternativamente como capaces de cumplir sus sueños de riqueza y poder o totalmente repulsivos e inútiles.

Los modelos económicos necesitan tener en cuenta la forma en que los cambios de la conducta de la gente varían con el contexto psicológico. Cuando la gente está fantasiosa, es capaz de concederle un valor astronómico a lo que sea, desde tulipanes holandeses hasta complicados valores vinculados a las hipotecas. Tuckett quiere crear una encuesta de cómo piensan distintos inversionistas, con la que construir un modelo basado en agentes, parecido al que está desarrollando Farmer.

Por su parte, Frydman, profesor de la Universidad de Nueva York, no ofrece una manera mejor de hacer predicciones. En su lugar, cree que los economistas y autoridades deben asumir los límites de su conocimiento. A su juicio, lo mejor que pueden hacer es limitar las fluctuaciones extremas. Un banco central podría, por ejemplo, establecer parámetros indicativos para los precios de activos como las acciones, los bonos y las casas. Si los precios superan esos parámetros, los compradores potenciales habrán sido advertidos que están tomando un riesgo agregado y podrían pensárselo dos veces.

Farmer cree que los modelos tradicionales siempre serán útiles para ciertos tipos de análisis, pero no es optimista respecto a que vayan a proveer la solución completa.

Fuente: WSJ