21 jul. 2011

Los retos de China en su camino a la supremacía

Por Ian Bremmer

¿Cuándo exactamente dominará China el mundo?

La hora de la verdad parece acercarse con cada minuto que pasa. Para 2050, China se convertirá en la economía más grande del mundo, según el banco británico HSBC. En realidad lo será en 2040, dice Deutsche Bank, o 2030, de acuerdo con el Banco Mundial. Goldman Sachs apunta a 2020 y el Fondo Monetario Internacional afirma que la economía de China superará la de Estados Unidos en 2016.

Pero no nos apuremos. Existe una considerable dosis de caos subyacente al milagro chino. Considere los eventos más recientes:

• En Hunan, los agricultores que fueron obligados a abandonar sus tierras por urbanizadores ambiciosos descubrieron que las autoridades no están de su lado. Un campesino se prendió fuego y las protestas se propagaron rápidamente de pueblo en pueblo.

• Un derrame químico en un río cortó el suministro de agua a Harbin, una ciudad de cuatro millones de habitantes, lo que generó la ira de la población.

• Disturbios en la provincia de Sinkiang se salieron de control y condujeron a un bloqueo de Internet en una zona casi del tamaño de Colombia.

• En la ciudad costera de Xintang, los guardias de seguridad enviados para disolver una protesta de trabajadores migrantes empujaron a una mujer embarazada al piso, desencadenando una agitación popular que sólo fuerzas paramilitares en vehículos blindados pudieron controlar.

Los servicios de seguridad de China son los mejores del mundo en contener manifestaciones de gran escala y estas protestas no representan ninguna forma de oposición coherente al Partido Comunista. La mayoría de las manifestaciones están dirigidas a funcionarios locales y están alimentadas por agravios locales. Además, tres décadas de crecimiento de dos dígitos ha permitido al liderazgo chino acumular vastas reservas de paciencia popular.

Pero este es un país que mide su incidencia anual de protestas de gran escala en decenas de miles. Para 2006, la Academia de Ciencias Sociales de China registró unos 60.000 "incidentes masivos", un eufemismo oficial para referirse a demostraciones de ira popular en las que participan 50 personas o más. En 2007, la cifra creció a 80.000. Aunque esos números ya no se hacen públicos, información filtrada puso la cantidad para 2008 en 127.000. Es casi seguro que la cifra actual sea más alta.

Es cierto que no hay evidencia creíble de que China está al borde de una crisis, pero toda esa ira pública apunta a desafíos enormes hacia el futuro. Potencias emergentes como India, Brasil y Turquía pueden continuar creciendo durante los próximos 10 años con la misma fórmula básica que impulsó el crecimiento de China durante la última década. China, por otro lado, debe adoptar reformas altamente ambiciosas y complejas que le permitan convertirse en una potencia moderna, y los dirigentes del país lo saben.

La crisis financiera dejó claro que la dependencia de China de los consumidores en Estados Unidos, Europa y Japón crea una vulnerabilidad peligrosa. Aquellos que insisten en que es posible delinear la curva exacta del crecimiento chino parecen asumir que los líderes del país pueden cambiar de forma estable el modelo de expansión nacional hacia un mayor consumo interno, al transferir reservas enormes de riqueza de las poderosas compañías estatales a millones de nuevos consumidores.

Esa es una presunción bastante optimista. A pesar de los mejores esfuerzos de los estrategas políticos en Beijing, la participación del consumo por hogar en el crecimiento de China, de hecho, se movió en dirección contraria, en parte porque hay políticos poderosos dentro de la élite que han ganando bastante dinero con el viejo modelo como para acoger uno nuevo.

Es más, a medida que la brecha entre ricos y pobres sigue ampliándose, la agitación social seguramente llevará a restricciones más severas a la libertad de expresión y de reunión. Esto podría resultar en una reacción violenta si las expectativas sobre un mayor éxito material no se cumplen. Más peligrosas para el partido en el poder son las facciones dentro del gobierno que pueden no estar de acuerdo con la forma en la que el Estado responde a una agitación organizada súbita.

La demografía china será otro desafío. La fuerza laboral del país se está volviendo más cara a medida que China se urbaniza y sube escalones en la cadena de valor de la manufactura. La población también está envejeciendo, ya que la política del hijo único y otros factores dejan a menos jóvenes disponibles para unirse a la fuerza laboral. A medida que más chinos alcanzan la edad de jubilación, la necesidad de expandir y reforzar una red de seguridad social formal para proveer pensiones y cuidado de salud a cientos de millones de personas sumará costos sin precedentes.

Dado que buena parte del crecimiento de China aún viene de proyectos de infraestructura y otras inversiones dirigidas por el Estado, el impacto en un medio ambiente ya exhausto podría llevar el sistema al límite. La degradación de la tierra, la calidad del aire y la escasez de agua son problemas urgentes y que van en aumento. La capacidad de China para tolerar un ambiente en deterioro es mayor que en la mayoría de los países emergentes (sin mencionar al mundo desarrollado), pero las probabilidades de que un incidente ambiental provoque un evento peligrosamente desestabilizador crecen cada día.

También está la inflación, que alcanzó en mayo su punto máximo en 34 años, según la Oficina Nacional de Estadística de China. Los precios de los alimentos subieron 11,7%. Una política monetaria sobreexpansionista, un alza en los precios del transporte ligados a la urbanización y aumentos de los salarios a gran escala son apenas algunas de las variables que aseguran que el gobierno tendrá mayores dificultades para contener la inflación a futuro.

Finalmente, a medida que la demanda popular juega un papel más importante en la forma en que los estrategas políticos toman decisiones, los ciudadanos descontentos pondrán a prueba la habilidad del Estado para implementar políticas estratégicas. Eso también podría limitar el crecimiento de China a largo plazo.

Incluso si los líderes alcanzan un progreso en la reforma interna, encontrarán que el entorno internacional es menos conductivo a expansiones económicas fáciles. El auge de los precios del petróleo, el gas, los metales y los minerales que el país necesita para alimentar su economía pesarán sobre su crecimiento. Los esfuerzos de otras economías emergentes añadirán presión en los alimentos y precios de otras materias primas, suprimiendo tasas de crecimiento y minando la confianza de los consumidores, que ha sido la fuente primordial de estabilidad política y social en China.

Los desafíos colosales que le esperan ofrecen buenas razones para dudar de las proyecciones a largo plazo sobre la supremacía económica y dominio global de China.

—Bremmer es presidente de Eurasia Group, una firma de consultoría especializada en cálculo de riesgo político.