1 oct. 2009

¿Por qué sube la bolsa?

por Manuel del Pozo

Resulta que un señor pesca un magnífico lucio en el lago Michigan y se dispara su nivel de confianza. No lejos de allí, Ben acaba de despertarse, se levanta eufórico tras una noche romántica con su mujer y ve brotes verdes por todas partes.

A esa misma hora, el señor Wertzer da saltos de alegría cuando le entregan en Berlín su nuevo y flamante BMW. Y el IFO, para arriba. La señora Maruja se pone de acuerdo con su vecina Pepi y las dos deciden comprar ternera de la buena en el mercadillo de Alcañiz, lo que eleva el precio en la lonja de ganado de Texas. La consecuencia es que Juan Baldomero se dirige a su banco en Tomelloso y se lanza a comprar acciones de Telefónica. La bolsa sube.

¿Qué hubiera ocurrido si el señor de Michigan sólo pesca una zapatilla, si Ben hubiera discutido con su esposa, si a Wertzer le aplazan la entrega del BMW, y si a Maruja y a Pepi les da por cambiar la ternera por el pollo? Pues que el señor de Tomelloso se habría quedado en casa, no habría ido al banco y la bolsa hubiera caído. Que por qué sube la bolsa. La verdad es que no tengo ni idea. Y algo debería haber aprendido en los cerca de 20 años que llevo en EXPANSIÓN.

En este tiempo he visto cómo el ciudadano medio descubría la bolsa y se abalanzaba a comprar al Estado acciones de empresas privatizadas como Repsol, Telefónica y Endesa. Aquella euforia inicial se convertiría en lloros años después. Vivimos el fenómeno Terra y aquella locura colectiva que contradecía el más elemental sentido común. Cuanto más perdía una puntocom, más subía en bolsa. Aquello era insostenible y la burbuja pinchó.

Los inversores huyeron despavoridos hasta que Alan Burbujita Greenspan –considerado un mago hasta hace 3 años– se puso a inundar el mercado de dólares. La bolsa volvió a subir, pero los españoles, tan espabilados ellos, dijeron: “Esta vez no me pillan, ahora voy a comprar pisos, que el ladrillo nunca cae”. No sólo cayó, sino que se derrumbó sobre nuestras cabezas.

No han pasado ni dos años del batacazo y ahora volvemos a las andadas. El mercado inmobiliario está como para echar a correr, y los bancos no sólo no nos dan ni un euro por nuestro dinero, sino que nos bombardean con unos bonos y unas preferentes que van a dar más de un susto.

¿Es hora entonces de volver a la bolsa y contagiarnos de su optimismo? Parece ser que sí, a la vista de su espectacular evolución, que contradice cualquier lógica económica. Porque por mucho que nos traten de convencer de que la crisis ha tocado fondo y de que estamos en los inicios de la recuperación –fuera de España, por supuesto–, a ver cómo se explica que los índices europeos hayan subido más del 50% desde los mínimos de marzo, y que el Ibex encabece el rally con un 70% desde entonces.

No será por fundamentales, porque los beneficios caen y las perspectivas macroeconómicas españolas son para echarse a temblar: Más deuda, más paro, menos consumo y un Gobierno noqueado que vive en el limbo y que no es capaz de ilusionar ni a sus adeptos.

Pero entonces, ¿por qué sube la bolsa? Los analistas –muy buenos para explicar el pasado, pero no para atisbar el futuro– cuentan que la subida es lógica porque el castigo anterior fue excesivo (el Ibex pasó de los 16.000 puntos de noviembre de 2007 a los 6.700 dieciséis meses más tarde), porque hay una mejora de las expectativas, por la liquidez que han insuflado los gobiernos, por la ausencia de alternativas de inversión, por los bajos tipos de interés y por lo bien que están capeando la crisis los bancos españoles.

Si el Ibex estuviera cayendo, lo explicarían con el argumento de que las empresas ganan menos, que el desempleo no para de crecer, que el país se está endeudando en 580 millones de diarios, que el consumo se ha desplomado y que está por ver si hay alguna subprime debajo de la alfombra de las entidades financieras.

Ahora toca subir, y como dice mi buen amigo Fernández Hódar –que es de los pocos que sí saben de qué va esto de la bolsa–, se ha abierto la veda para la caza del gamusino. Todos quieren cazar las suculentas ganancias que está generando el mercado, pero a más de uno le caerá el gamusino en la cabeza, y se tendrá que convertir a la fuerza en un inversor a largo, que, por definición, es aquel inversor a corto que se ha equivocado.

Hoy nos salieron rana los de Chicago con su índice manufacturero y el Ibex cayó, mañana se conoce el dato de desempleo americano y parece que la cosa no pinta muy bien. Otro día estaremos pendientes de si Ben ha discutido o no con su mujer, suspiraremos porque a Jean-Claude le hayan florecido brotes verdes en el jardín, confiaremos en que los suecos entren en las tiendas de H&M, en que Dell venda más ordenadores, en que el PMI manufacturero –que no es una marca de leche– tire para arriba... Y llegará el tercer viernes de mes y los analistas nos dirán: “Hoy habrá volatilidad porque hay triple hora bruja”. No se trata –como yo pensaba al principio–de que miles de zombies van a la plaza de la Lealtad a celebrar Halloween. Es que ese día hay vencimiento de derivados, opciones y futuros, que no sé lo que es pero impone.

Que por qué sube la bolsa en estos tiempos tan convulsos. Pues porque Maruja y Pepi han comprado ternera en lugar de pollo. Ahora sí que lo entiendo.

Fuente: Expansión