12 nov. 2009

En defensa del uso de información privilegiada en los mercados

Por Donald J. Boudreaux

Los demonios más aterradores en el mundo de los negocios son los operadores que transan con información privilegiada, escondidos detrás del escritorio de todas las firmas de corretaje y sentados en las mesas de restaurantes de cuatro estrellas. Susurran oscuros secretos corporativos en los oídos de especuladores corruptos e infligen daños sobre inversionistas comunes y corrientes.

Es hora de dejar de contar historias de terror. Los agentes federales están malgastando su tiempo esposando a operadores de fondos de cobertura como Raj Rajaratnam, el financiero acusado recientemente de negociar con información privilegiada ligada a IBM, Google y otras grandes compañías. La realidad es que la información privilegiada es de utilidad para los mercados y los inversionistas y es imposible impedirla por la fuerza.

Determinar las diferencias entre la negociación con información privilegiada legal e ilegal es algo fútil, y no es de ayuda a los inversionistas. Lejos de ser tan perjudicial para la economía que su práctica debe ser penalizada por ley, los operadores que compran y venden acciones según su conocimiento juegan un papel importante en mantener la honestidad de los precios, al impedir que las cotizaciones de las acciones mientan al público acerca de las realidades corporativas.

La prohibición de la negociación con información privilegiada impide al mercado ajustarse lo más rápido posible a cambios en la demanda y el suministro de activos corporativos. El resultado son precios que mienten. Y cuando los precios mienten, los participantes en el mercado son inducidos por error a comportarse de maneras que les perjudican no sólo a ellos sino también a la economía en general.

¿Recuerda la imposición de techos sobre el precio de la gasolina en Estados Unidos en los años 70? Al hacer que los precios de venta mientan sobre el nivel de escasez del petróleo, ese techo hizo que los estadounidenses malgastaran un sinnúmero de horas en colas para comprar gasolina. Este tipo de ineficiencias ocurren cuando los activos corporativos no tienen los precios que verdaderamente corresponden.

Suponga que una mala gestión lleva a la empresa X al borde de la bancarrota. Ya que no tienen escrúpulos, los gerentes de la empresa X consiguen ocultar su peligrosa situación financiera al público. Durante esta fase de mentiras, los precios de la acción de la empresa X estarán demasiado altos. Los inversionistas comprarán acciones de la empresa X a precios que ocultan el destino inminente de la compañía. Los acreedores extenderán financiación a la empresa X en términos que no compensan los riesgos reales que están asumiendo sin saberlo. Tal vez algunos empleados de la empresa X rechazarán buenas ofertas de empleo en otras firmas para permanecer en la que creen es una sólida empresa X.

En algun momento, claro, esos inversionistas, acreedores y empleados que han sido desinformados sufrirán pérdidas financieras. Pero la economía en general, también. El capital que de otra forma habría sido invertido en firmas más productivas que la empresa X nunca llega a esas firmas. Así que, contrario a lo que habría pasado si la gente no hubiera sido engañada por el alto precio de las acciones de la empresa X, esas firmas mejor gestionadas no pueden incrementar su eficiencia como lo harían de otro modo. No expanden tanto sus operaciones. No crean tantos buenos empleos. Los consumidores no disfrutan del mayor nivel de producción, mejor calidad de producto y precios más bajos que se habrían conseguido de otra manera.

En resumen, la eficiencia económica general se ve reducida.

Es de interés público, por ende, que los precios se ajusten lo más rápido y completamente posible a las condiciones económicas de base, para conferir a los participantes en el mercado de la manera más clara posible la situación real.

Tal y cómo argumentó de manera convincente Henry Manne en su libro de 1966 Insider Trading and the Stock Market, (algo como Información privilegiada y el mercado bursátil), las restricciones al uso de información privilegiada impiden que los precios de los activos se ajusten de esta manera. Manne, decano emérito de la escuela de leyes de la Universidad de George Mason, señaló que cuando los operadores transan usando su información privada, hacen que los precios de los activos reflejen esa información de modo más rápido de lo que sucedería de otra manera y por lo tanto impulsan a otros participantes en el mercado a tomar mejores decisiones.

Ese logro puede tener ramificaciones más allá de un aumento de varios puntos porcuentuales en el crecimiento de la productividad.

Según Manne, los escándalos corporativos como los de Enron y Global Crossing ocurrirían con mucha menos frecuencia e impondrían costos menores si el gobierno no prohibiera el uso de información privilegiada. Como dijo Manne hace unos años en una entrevista radiofónica, "no creo que los escándalos hubieran ocurrido si fuera permitidoel uso de información privilegiada, porque hubiera habido suficientes personas en esas compañías al tanto de lo que estaba pasando, y que no hubieran resistido la tentación de enriquecerse negociando con esa información, y la bolsa habría reflejado esos problemas muchos meses antes de lo que lo hizo en realidad, con este sistema regulatorio ridículo que tenemos".

Otro beneficio potencial de eliminar la prohibición del uso de información privilegiada es explicado por el economista de la Universidad de Harvard Jeffrey Miron: "En un mundo sin este tipo de prohibición, los pequeños inversionistas podrían temer a negociar acciones individuales y tendrían un mayor incentivo para diversificar; lo que también es algo bueno".

La competencia sancionará a las firmas que sean demasiado o muy poco inclusivas con la información que protejan de las negociaciones con información privilegiada.

Este método competitivo descentralizado para determinar qué información puede usarse y cuál no, menos burocrático y politizado, es preferible a la prohibición total actual. Al permitir a las compañías, mientras compiten por capital, que experimenten con diferentes métodos para lidiar con el uso de información privilegiada, podríamos descubrir qué prohibiciones funcionan mejor para cada firma, al tiempo que la política quedaría al margen de esta importante labor.

—Donald J. Boudreaux es profesor de economía en la Universidad de George Mason y académico invitado en Mercatus Center.