3 nov. 2009

Una división en tres de las grandes entidades bancarias es lo más lógico

por John Gapper

Cuando se escriba la historia sobre la crisis financiera global, es posible que refleje que Neelie Kroes, la comisaria de la Competencia de la UE fue el único político dispuesto a responder de forma lógica.

Al insistir en la división de ING Group en sus divisiones de banca y seguros –y en que se deshaga de su filial estadounidense de ahorros– Kroes sentó un grato precedente esta semana. Obligó a una problemática entidad demasiado grande como para permitir su caída a reducir su tamaño.

EEUU, entretanto, se une a Reino Unido y otras naciones a la hora de actuar de forma opuesta. En lugar de reducir el tamaño de entidades como Citigroup o Deutsche Bank, las están reforzando y se preparan para intervenir la próxima vez que sucumban.

Tal y como señala Terry Smith, el consejero delegado del bróker Tullett Prebon y ex analista de banca, «es como si los diseñadores del Titanic argumentaran que añadiendo más botes salvavidas se solucionaría el problema».

Yo, al igual que Kroes, banqueros centrales entre los que se incluyen Mervyn King, del Banco de Inglaterra, Paul Volcker y Alan Greenspan –ex presidentes de la Reserva Federal de EEUU– y, por inverosímil que parezca, John Reed, uno de los arquitectos de Citigroup, prefiero el enfoque más sencillo y severo.

Mi colega John Kay ha descrito este proceso como la división de los bancos en empresas de servicio público y casinos –o bancos de ahorros que necesitan el respaldo de los gobiernos y bancos de inversión que comercian con capital propio (proprietary trading) y que no lo necesitan–.

Creo que una división más lógica sería entre entidades de servicio público, casinos y gente que acude a los casinos para apostar –o lo que es lo mismo, bancos comerciales, bancos de inversión y gestores de activos, incluidos hedge fund y firmas de capital riesgo–.

Puede parecer que una división en tres en lugar de en dos es una distinción sutil. Sin embargo es importante, ya que esta mezcla de negocios es lo que contienen muchas entidades demasiado grandes para caer, con todos los conflictos de intereses y problemas sistémicos que ello genera.

Un país que tuviera el valor de aprobar una división similar a la de Kroes albergaría tres tipos de entidades (o cuatro si se cuentan las compañías de seguros).

Primero, habría bancos comerciales, que acumularían depósitos y los usarían para dar créditos a particulares y a pequeñas y medianas empresas. Esas entidades, como los antiguos bancos de compensación británicos, estarían sometidos a una estricta regulación, su forma de operar sería aburrida y predecible, y serían rescatados de ser necesario.

Segundo, habría bancos corporativos, que ofrecerían servicios de asesoría, obtención de capital y seguro a grandes empresas e inversores. Al igual que los bancos de inversión estadounidenses tradicionales, se financiarían de forma independiente sin la barrera de un balance comercial. Eso exigiría, por ejemplo, que Barclays Capital y las filiales de banca de inversión de UBS Deutsche Bank y JPMorgan se separasen de sus matrices y operaran de forma independiente. Si sufrieran problemas, se podría permitir su quiebra.

Esos bancos tendrían que operar con un apalancamiento mucho menor, más capital y mayor liquidez en los balances que durante el momento álgido de la burbuja financiera recurriendo a las posibilidades que ofrece el mercado. De lo contrario, no podrían autofinanciarse.

«Hay un enorme grado de apalancamiento en las filiales de banca de inversión de los bancos europeos que tendría que reducirse paulatinamente si quisieran sobrevivir en solitario», señala Davide Taliente, socio de la consultora Oliver Wyman, que no apoya la división de los bancos.

Eso me parece bien. Uno de los problemas de los bancos de inversión es que sus empleados disponen de incentivos para asumir riesgos con un capital por el que no están pagando el coste total. Sería bueno obligar a los bancos a asumir el coste –y la fragilidad– del capital de forma directa.

El último paso consistiría en forzar a los bancos de inversión a interrumpir las negociaciones con capital propio y a deshacerse de sus filiales de gestión de activos. Todo, desde la gestión de fondos de inversión y hedge fund a las operaciones de capital riesgo, se haría de forma independiente.

Sin duda, bancos de inversión como Goldman pondrían el grito en el cielo si se les obligase a abandonar la gestión de activos (aunque Morgan Stanley podría optar por convertirse en un gestor de activos en lugar de un banco), pero serían varios los beneficios.

Para empezar, se reduciría el perfil de riesgo de los bancos de inversión eliminando el comercio con capital propio. Seguirían asumiendo riesgos con la creación de mercado, pero las mesas de operaciones desaparecerían.

También se pondría fin a los conflictos de intereses derivados de que los bancos de inversión gestionen un cóctel poco transparente del dinero tanto propio como de otros al tiempo que actúan como asesores y financieros en acuerdos de capital riesgo.

Por último, se crearía un sector de gestión de activos en el que las grandes firmas podrían coexistir con gestores de hedge fund e incluso boutiques de comercio con capital propio (si pudieran obtener el capital fuera de los bancos de inversión).

Estos podrían asumir los riesgos que decidiesen con el dinero de los inversores, siempre y cuando fueran honestos sobre ellos, y cobrar lo que les fuera posible. El gobierno sabría que estos jugadores soportarían sus propias pérdidas.

Algunos políticos y reguladores han expuesto que las finanzas modernas son demasiado complejas como para dividirlas y que aquellos que sugieren esas divisiones están siendo simplistas. Pero una división en tres sería lo suficientemente fácil de implementar si hubiera voluntad para ello.

Ahí reside el problema. Hasta el momento, Washington y Londres no muestran ningún indicio del carácter de Kroes (y París y Berlín se opondrían sin duda a la división de los grandes bancos). Al menos hay alguien que ha hecho algo.

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