2 nov. 2009

Adiós a la tendencia precrisis

por Samuel Brittan

Hay un mito sobre el ciclo de negocio según el cual éste es sólo una fluctuación en torno a una tendencia subyacente. Durante las épocas de boom, la producción supera los niveles sostenibles; en cambio, en recesión, se sitúa por debajo de estos. Los déficit presupuestarios en la fase de recesión pueden y deben compensarse por los superávit de las épocas de crecimiento.

Independientemente de que nos mostremos optimistas o pesimistas sobre las políticas de estabilización, el hecho es que están ahí y que la política económica se puede concentrar en las llamadas medidas que fomentan el suministro. Desafortunadamente, los hechos contradicen esta imagen bastante simétrica.

Según la opinión generalizada, el perjuicio de una recesión asociada con una crisis financiera suele ser dos veces más grave que durante la ausencia de crisis. Más importante resulta la conclusión de que buena parte de la pérdida de productividad en una grave recesión es irreparable y que la economía nunca llega a recuperar su tendencia anterior. Esto quedó demostrado en un estudio de Christopher Dow titulado “Graves Recesiones”, publicado en 1998.

Aunque el análisis era riguroso, no está adaptado a los actuales expertos en macroeconomía. El último Panorama Económico Mundial del FMI vuelve, sin embargo, a la carga en su cuarto capítulo, sólo disponible en Internet. Los autores del FMI calculan que después de una crisis financiera, a medio plazo, la producción sigue siendo un 10% inferior a la etapa anterior, que suele ser de siete años. Se trata, por supuesto, de una media que siempre registra variaciones.

En Chile, después de 1981, y en México, después de 1994, la producción aumentó muy por encima de su tendencia anterior, mientras que en Japón, después de 1997, quedó estancada durante muchos años. El cálculo de la media puede dar una impresión exagerada de una pérdida duradera de capacidad productiva. Puede tener relación con los efectos de la recesión, que pueden tardar más de siete años en desaparecer totalmente.

El Tesoro británico, por ejemplo, sitúa la pérdida permanente de productividad en el 5% del PIB. Los países que actualmente siguen inmersos en una crisis bancaria representan cerca de la mitad del PIB real de las economías avanzadas. Esto equivale a un PIB conjunto de aproximadamente 4 billones de dólares (2,7 billones de euros) al año. Si se atribuye una cifra del 5% a la pérdida de productividad perdurable, la economía mundial tendría un agujero de 2 billones de dólares. Resulta alentador, aunque no demasiado, el hecho de que, según el FMI, “las economías que aplican estímulos fiscales y monetarios anticíclicos a corto plazo para amortiguar la caída después de una crisis tienden a registrar menores pérdidas de productividad a medio plazo”.

Curiosamente, estos estudios muestran una eventual recuperación de la tasa de crecimiento anterior a la crisis a partir de este nivel inferior. No puedo evitar añadir que éste es un resultado conveniente para las autoridades, dado que, por mucho que se les responsabilice de la recesión, la producción en la fase de recuperación es inferior al periodo anterior a la crisis, y no se les puede culpar de forma directa de un escaso crecimiento.

Según el análisis del FMI, el aumento del desempleo estructural, la menor acumulación de capital y un crecimiento de la productividad inferior desempeñan un papel importante a la hora de explicar la pérdida duradera de producción después de una crisis financiera. El Instituto Nacional británico recuerda el aumento del precio del riesgo, que aumentaría el coste efectivo de capital, lo que implica un incremento de las primas en el mercado de valores.

Sin embargo, no estoy del todo convencido. Según el punto de vista de Keynes, resumido en los últimos capítulos de su Teoría General, los ahorros sufren una tendencia crónica a exceder las oportunidades genuinas de inversión, por lo que el pleno empleo se consigue sólo en muy raras ocasiones, como en época de guerra o en pleno boom. En este análisis lo que hay que explicar no es la caída de la producción tras una crisis, sino los niveles insosteniblemente altos que la precedieron. Por lo tanto, recomendó unos tipos de interés permanentemente bajos para mitigar las tendencias al estancamiento.

Este panorama no parecía verosímil en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial pero podría cumplirse ahora con la aparición de los excedentes crónicos de ahorros de los países asiáticos. Si China y otros países son unos ahorradores empedernidos, ¿quiénes serán los prestatarios crónicos? Durante varios años fueron los consumidores de economías que seguían el modelo anglosajón. Pero incluso de no haberse producido la crisis bancaria, tarde o temprano se habrían topado con los límites prudenciales a sus ratios de deuda. Por consiguiente, las autoridades gubernamentales serán las únicas que concedan préstamos. Los partidarios de una gestión responsable del dinero pueden exponer que lo hacen con entusiasmo. Pero es posible que la actitud adecuada sea la de San Agustín: “Hazme puro, pero no aún”, con un “no aún” que se prolonga bastante lejos en el tiempo.

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