18 jun. 2010

El lado bueno de los fondos de cobertura

Por Sebastian Mallaby

El primer gestor de un fondo de cobertura, Alfred Winslow Jones, no estudió en una escuela de negocios. No tenía un doctorado en finanzas cuantitativas. No labró su carrera en firmas como Morgan Stanley, Goldman Sachs ni demás incubadoras de amos del universo. En cambio, estudió en la Escuela Marxista de Trabajadores de Berlín, coordinó misiones secretas para un grupo clandestino anti-nazi llamado la Organización Leninista y reportó sobre la Guerra Civil en España. No fue hasta 1949, a los 48 años, que Jones juntó los US$100.000 para lanzar un "fondo cubierto", y abrir una modesta oficina. Sin querer queriendo, Jones improvisó una estructura de inversión que perduraría.

Los fondos de cobertura, con cerca de US$2 billones en activos, representan hoy en día una porción significativa de las operaciones en los mercados financieros y han adquirido una envergadura que habría anonadado a Jones. Pero el éxito ha venido acompañado de notoriedad. La Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) no se fía de los rápidos algoritmos de corretaje que utilizan los fondos de cobertura, a los que algunos culpan por la crisis relámpago (que en inglés se conoce como flash crash) en las bolsas de EE.UU. hace unos meses. Congresistas de ese país amenazan con ejercer un mayor control sobre los fondos de cobertura, obligándolos a registrarse ante la SEC y tal vez reservar más capital. Gestores de fondos como Raj Rajaratnam de Galleon Group son investigados por supuesto uso de información privilegiada y, recientemente, Art Samberg y su difunta firma Pequot Capital Management llegaron a un acuerdo con la SEC para pagar una multa de US$28 millones. Pero a pesar de que muchas veces los fondos de cobertura son criticados por sus excesos, la estructura de inversión de Jones encierra la clave a un sistema financiero más estable.

El fondo de cobertura de Jones, al igual que la mayoría de los que surgirían con los años, se basaba en cuatro principios. El primero era que había una tasa por desempeño. Jones se reservaba 20% de las ganancias del fondo para sí mismo y su equipo. Al mismo tiempo, los hombres de Jones eran disuadidos de hacer apuestas locas. Por norma, debían conservar su propio capital en el fondo, para que los errores les salieran caros.

El segundo principio de Jones era una elusión consciente de cualquier tipo de regulación. Su estrategia para no atraer la atención de los reguladores consistía en no promocionar su fondo. El capital lo recaudaba con el poder del boca a boca. Libre de la supervisión del gobierno, tampoco esperaba ninguna ayuda del Estado. Los hombres de Jones sabían que si calculaban mal los riesgos, su fondo podría estallar en pedazos y nadie los rescataría.

En tercer lugar, Jones estaba a favor de las ventas al descubierto. Como ahora, en los años 50, especular sobre el hundimiento de empresas era visto casi como antipatriótico. Pero Jones defendía la práctica como un "procedimiento poco conocido que ahuyenta a los usuarios sin ninguna motivación aparente".

Al aislar su fondo de los vaivenes del mercado, Jones abrió el camino para su cuarta práctica distintiva, que pasó a convertirse en la más controvertida. Dado que estaba protegido de los riesgos del mercado, se sentía en posición de asumir riesgos en las bolsas así que amplió, o "apalancó", sus apuestas con dinero prestado. Entre 1949 y 1968, la sociedad de Jones cosechó una ganancia acumulativa de casi 5.000%.

Jones inspiró a una ola de imitadores a fines de los 60, incluido al filósofo-financista George Soros que lanzó su propio fondo al estilo Jones en 1969.

Puesto que prácticamente no tienen que preocuparse por los impedimentos regulatorios y dado que su estructura de compensación ha atraído a los mejores cerebros, los fondos de cobertura han continuado la tradición de Jones de superar a sus rivales. Mientras los gestores de fondos mutuos, en conjunto, no superan al mercado, el mejor análisis sugiere que los fondos de cobertura entregan valor a sus clientes. En una serie de trabajos, Roger Ibbotson de la Escuela de Negocios de la Universidad de Yale examinó el desempeño de 8.400 fondos de cobertura entre 1995 y 2009. Tras corregir el sesgo en los datos y restar las sustanciosas tasas que cobran los fondos, Ibbotson y el resto de su equipo concluyeron que el fondo promedio genera "alfas" positivos, es decir, ganancias que no podrían haberse generado si hubieran estado expuestas a un índice bursátil. En EE.UU., sólo inversionistas acaudalados e instituciones pueden cosechar los beneficios de los fondos de cobertura. Pero en Europa y Asia, se dirigen también a ahorristas comunes y corrientes.

Por supuesto, nadie debería colocar todo su dinero en un fondo de cobertura. Al igual que cualquier otra inversión, pueden fallar estrepitosamente. El colapso más famoso de un fondo de cobertura fue en 1998, cuando Long-Term Capital Management perdió casi US$6.000 millones. Ocho años después, un corredor de 32 años perdió US$6.000 millones trabajando para un fondo llamado Amaranth.

Pero aun estas excepciones al usualmente buen desempeño de los fondos de cobertura sirven para recalcar una de sus virtudes. Cuando Amaranth se desplomó, otro fondo llamado Citadel intervino para comprar lo que quedaba de su portafolio: un fondo de cobertura se había incendiado pero otro estabilizó los mercados actuando como un bombero, y los contribuyentes no tuvieron que cubrir sus pérdidas.

La humillación del sistema bancario en 2008 no azotó de lleno a los fondos de cobertura. Golpeó contra bancos, aseguradoras, prestamistas inmobiliarios, fondos del mercado de dinero y, especialmente, los otrora titanes de Wall Street, los bancos de inversión. La respuesta que lleva la delantera en Washington, expresada en un paquete de reformas con sello del Congreso, pasa por regular los bancos de inversión y otras firmas tradicionales basadas en la toma de riesgos. Pero cuando incluso múltiples supervisores, como la SEC o la Reserva Federal, fracasan en múltiples lugares, uno debe aceptar que es posible que las reformas, si bien inteligentes, no cambien el patrón significativamente.

La cuestión para los reguladores es qué clase de institución financiera absorberá el riesgo de forma más efectiva y sin costarles ni un centavo a los contribuyentes. La respuesta aguarda ser descubierta en la historia de A.W. Jones y sus descendientes. El futuro de las finanzas está en la historia de los fondos de cobertura.

Este artículo es una adaptación del libro de Sebastian Mallaby: 'More Money Than God: Hedge Funds and the Making of a New Elite' (algo así como Más dinero que Dios: fondos de cobertura y el nacimiento de una nueva élite), publicado por Penguin Press.Mallaby es un académico de economía internacional del Consejo de Relaciones Exteriores.

Fuente: WSJ