13 oct. 2009

El plan de Europa para dominar el mundo

por Gideon Rachman

¡Por fin! Irlanda ha aprobado el Tratado de Lisboa y ahora la UE puede seguir adelante con su plan para dominar el mundo. En unos meses, es probable que la UE nombre a un presidente y a un ministro de Exteriores. Tony Blair está haciendo calentamientos para ocupar el máximo cargo. Varios candidatos suecos, holandeses y belgas se disputan el puesto de ministro de Exteriores.

Reforzada por su nueva estructura de política exterior, la Unión reivindica que se la tome en serio como superpotencia global. David Miliband, el ministro de Exteriores británico, señala: “El mundo no debería dividirse en un G-2 compuesto por EEUU y China. Debería haber un G-3 con la UE”.

Pero lo que suceda en Bruselas –o incluso con los acuerdos a tres bandas entre EEUU, China y Europa– es algo secundario. La verdadera clave para las ambiciones globales de Europa es el G-20.

Jean Monnet, el padre fundador de la UE, creía que la unidad europea “no era un fin en sí misma, sino sólo una etapa en el camino hacia el mundo organizado del mañana”. Sus sucesores en Bruselas no ocultan que consideran el estilo de gobierno supranacional de la Unión como un modelo global.

En la última cumbre del G-20 en Pittsburg hace algunas semanas, comprendí que el G-20 es el Caballo de Troya de Europa. El entorno y la atmósfera eran extrañamente familiares. Y entonces lo comprendí; había vuelto a Bruselas, y esto no era más que una versión global de una cumbre de la UE.

El procedimiento y el formato eran los mismos. La cena de los líderes antes de la cumbre; un día para negociar un comunicado impenetrable y cargado de jerga; la creación de oscuros grupos de trabajo; las salas para las conferencias de prensa posteriores a la crisis.

Todos estos procedimientos son muy familiares para los líderes europeos –pero bastante nuevos para los políticos asiáticos y estadounidenses a los que Europa está enredando cuidadosamente en esta nueva estructura–. Al ver deambular sin rumbo fijo, y aparentemente despreocupado, a un delegado indonesio, en el centro de conferencias de Pittsburg, sentí cierta lástima. “No sabes donde te metes”, pensé. “Te vas a pasar el resto de tu vida hablando de cuotas de pesca” (o, como en este caso se trata del G-20, de cuotas de emisiones de CO2).

Los europeos no sólo fijaron el tono en el G-20 –también dominaron las reuniones, gracias a su alta representación–. Los países de gran extensión como Brasil, China, India y EEUU están representados cada uno por un líder. Los europeos consiguieron asegurarse ocho asientos en la mesa de conferencias para Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, España, Holanda, el presidente de la Comisión Europea y el presidente del Consejo Europeo. La mayoría de los funcionarios internacionales más relevantes también eran europeos: Dominique Strauss-Kahn, el director gerente del Fondo Monetario Internacional; Pascal Lamy de la Organización Mundial de Comercio; Mario Draghi del Consejo de Estabilidad Financiera.

En consecuencia, los europeos parecían mucho más centrados en lo que estaba sucediendo que otras delegaciones. Mientras cavilaba sobre los nuevos poderes otorgados al FMI en las conclusiones finales para controlar las políticas económicas nacionales, me interrumpió una vieja amiga de la Comisión Europea, que reconoció el lenguaje de inmediato. “Ah sí”, dijo, “el método abierto de coordinación”.

¿Pero realmente importa nada de esto? Después de todo, las cumbres y declaraciones de la UE se han convertido en un sinónimo de maquinaciones tortuosas y poco efectivas que, con frecuencia, tienen poco efecto en el mundo real. El proceso que dio origen al Tratado de Lisboa comenzó hace ocho años. Incluso pese a que Irlanda haya votado Sí, el proceso aún podría verse desbaratado por los recalcitrantes gobiernos de la República Checa o Reino Unido.

Sin embargo, la historia del Tratado de Lisboa puede leerse de otra forma. Una vez que la UE se marca un objetivo, nunca lo abandona. Los procesos que comienzan en las cumbres de la UE –que con frecuencia parecen papeleos burocráticos menores–, años más tarde, resultan tener muy a menudo importantes implicaciones políticas. Lo mismo podría suceder con algunas de las decisiones tomadas en Pittsburg –como el discurso sobre los paraísos fiscales y los bonus de los banqueros–.

Desde el principio, la UE avanzó mediante pequeños pasos, en apariencia técnicos, que se centraban en cuestiones económicas –el denominado “método Monnet”–. El propio Monnet creía que Europa se construiría a través de “la gestión en común de los problemas comunes”. ¿Es tan distinta esta idea al reciente llamamiento del presidente Barack Obama para que se encuentren “soluciones globales a los problemas globales”?

Sin duda, aún existe una inmensa brecha entre la capacidad de la UE moderna y la del G-20. No existe un ejército de funcionarios del G-20 que iguale a los burócratas de Bruselas. No hay ningún organismo legislador del G-20 o un tribunal que haga respetar las decisiones del grupo. Tampoco existen perspectivas inmediatas de que EEUU o China –países ambos que protegen con celo su soberanía– cedan verdaderos poderes a un organismo legislador del G-20.

Sin embargo, se ha implantado el germen de algo nuevo. Para entender su potencial, merece la pena remontarse a la Declaración Schuman de 1950, que inició el proceso de la integración europea. “Europa”, decía, “no se creará de inmediato, o de acuerdo a un único plan. Se construirá mediante logros concretos, que creen en primera instancia una solidaridad de facto”.

El G-20 ya ha tiene en su haber varios logros y un floreciente sentimiento de solidaridad entre los miembros de este nuevo y exclusivo club. ¿Quién sabe qué deparará el futuro?

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