16 oct. 2009

La crisis revierte la democratización del crédito

Por S. Mitra Kalita

Nueva York—Karen King debe casi US$36.000, lo que supera cualquier sueldo que haya tenido hasta ahora (En Estados Unidos, los sueldos se calculan en cifras anuales y son brutos).

Su teléfono no deja de sonar. Los cobradores no la dejan en paz. Está buscando un segundo empleo, a veces se salta las comidas y vive en el abarrotado apartamento de su abuelo para tratar de reducir su deuda y enderezar su vida.

"Hace años, vivía al día. Era tan tonta", lamenta King, de 28 años. "Es deprimente, pero ya no puedo vivir así. Ahora quiero vivir para el futuro".

La recesión les ha causado muchos dolores de cabeza a más de uno, pero nadie los sufre con tanta intensidad como los estadounidenses de bajos ingresos que dependían de préstamos para salir adelante cada día y probar la vida de la clase media. Las constantes modificaciones en las prácticas de crédito a lo largo de las décadas hicieron que sacaran préstamos con la misma facilidad que las personas más adineradas.

Karen King, una residente de Nueva York que sufre por salir de un mar de deudas, ve en una calculadora el monto que deberá pagar por un nuevo traje que compró para asistir a la boda de su hermano.

Ahora, la crisis económica y la recesión han acabado con esta democratización del crédito, con serias consecuencias tanto para los consumidores de bajos ingresos como para las empresas centradas en servirlos.

"Vimos cómo los préstamos se expandían a un nivel socioeconómico mucho más profundo, y (estos deudores) consiguieron acceso a los mismos instrumentos de crédito que la clase media y el resto de estadounidenses promedio", señala Ronald Mann, un profesor de derecho de la Universidad de Columbia. Ahora, "a las familias en lo más bajo de la pirámide de ingresos les resultará mucho más difícil conseguir tarjetas de crédito", pronostica.

Los consumidores de todo el espectro económico de EE.UU. están asumiendo menos deuda, tanto por voluntad propia como por la mayor cautela de los prestamistas, sobre todo para con los más riesgosos. Las familias de pocos ingresos son más proclives a caer en la categoría de "alto riesgo" simplemente por la carga que la deuda supone sobre sus limitados recursos. Datos de la Reserva Federal de EE.UU. muestran que entre 1997 y 2007, la relación de deuda-activos subió más rápido para las dos quintas partes ubicadas en lo más bajo de la pirámide de ingresos que para los consumidores más prósperos.

La democratización del crédito empezó hace décadas. Las leyes de fines de los años 70 prohibieron las prácticas de préstamos discriminatorios de los bancos para poder servir a las comunidades locales. Eso desató una ola de compras inmobiliarias y emprendimientos empresariales en los barrios más modestos. Para 2001, la tasa de propietarios de vivienda entre las familias con ingresos en el segmento más bajo de la pirámide ya había subido casi 49% frente a menos del 44% de 1989, según datos de la Reserva Federal analizados por Mann.

Los préstamos a través de tarjetas de crédito siguieron un camino similar. Una explicación del auge fue el fallo de la Corte Suprema de EE.UU. en 1978 que dispuso que los bancos tenían libertad para cobrar la tasa de interés que fuera legal en el estado donde tuviera la sede su división de emisión de tarjetas. Eso hizo más atractivo ofrecer crédito a deudores más riesgosos.

En 2007, 35% de los estadounidenses que conformaban esos dos quintos de consumidores de menores ingresos tenía una tarjeta de crédito con una deuda pendiente, un alza frente al 21% de 1989. El uso de esas tarjetas se propagó. Su balance promedio, ajustado a la inflación, creció 180% para la quinta parte de la población en lo bajo de la pirámide y 80% para el siguiente quinto.

Cuando la crisis golpeó con toda su fuerza, a fines de 2007, los bancos que habían cortejado agresivamente a estos clientes, repentinamente dejaron de hacerlo. "En vez de conservar las cuentas con un alto potencial de resultar impagas y con oportunidades limitadas de ingresos, la misión se convirtió en cerrar las cuentas activas de estos clientes y sacarlos de los libros contables", decía un informe de TowerGroup, una consultora. Para junio de 2009, los bancos estaban cerrando cuentas de tarjetas de crédito a una tasa de 14% a 15% al año —el doble que un año anterior—, según la consultora.

De cierta forma, las políticas del gobierno han contribuido a que los prestamistas endurezcan sus reglas. Una nueva ley de tarjetas de crédito limita la libertad de los bancos para subir las tasas de interés sin una notificación con 45 días de anticipación. Anticipando este y otros cambios, las compañías de tarjetas arremetieron contra las cuentas impagas y retiraron su patrocinio a clientes considerados en riesgo de no pagar sus deudas, dice Chris Stinebert, presidente de la Asociación Estadounidense de Servicios Financieros. "Tanto los bancos como los emisores de crédito están analizando su propia deuda y tratando de recaudar cuanto les sea posible", agrega.

El secretario del Tesoro, Timothy Geithner, declaró ante el Congreso en julio que reconocía que millones de estadounidenses fueron incapaces "de evaluar los riesgos asociados con un préstamo para complementar la financiación de una vivienda, un auto o una educación".

Todo esto se traduce en una nueva realidad para consumidores como King. Para 2004, la mayor parte de las tarjetas de crédito que tenía ya habían superado sus límites y no siempre pagaba a tiempo los mínimos exigidos. "Empezaba a pagar (mis deudas) y luego mi hermana casi es desalojada de su departamento, o mi abuelo decidió que no podía pagar el alquiler. Necesitaban ayuda", cuenta. Luego, la tienda para la que trabajaba le redujo sus horas.

La parte más prominente de la deuda de King, US$26.000, son préstamos estudiantiles para pagar su título en marketing y finanzas, que ahora están en manos de cobradores. Los otros US$10.000 incluyen deudas en tarjetas de crédito y a una tienda que alquila muebles, facturas de electricidad y deudas tributarias. Otra obligación son los US$400 al mes que contribuye para pagar el alquiler donde vive con su abuelo, madre, tío y hermana.

En mi mundo, dice, "todos mis amigos están pasando por lo mismo que yo".

Al menos, eso parecía durante un almuerzo que organizó hace unos meses, en el que cada invitado trajo algo de comer, para ahorrar costos. Su hermana menor, Janice, dice que también está sumergida en deudas por culpa de facturas médicas y una pasión excesiva por salir de compras. De momento, tiene un trabajo a tiempo parcial en un supermercado. Su madre, también llamada Janice, dejó su apartamento cuando las facturas de la electricidad sin pagar comenzaron a amontonarse. Se mudó a casa de su padre con sus dos hijas. Ahora, intenta pagar los US$5.000 pendientes de deuda para sanear su historial de crédito y conseguir un apartamento para ella sola.

Datos de la Reserva Federal muestran que el uso de tarjetas de crédito ha perdido terreno frente a las de débito, que no involucran préstamos. Un asesor financiero le recomendó a King que usara su tarjeta de débito para las compras para mejorar su puntaje de crédito.

A veces, en los momentos que tiene libre entre el trabajo, los traslados en transporte público y la planificación de presupuesto, King mira el álbum de fotos que documenta cómo era su vida antes: fiestas, cumpleaños, partidos de baloncesto. "Era una persona social. Tenía muchos intereses", dice. "Tenía sueños. Ahora tengo que limitarme a pagar el pasado".

Fuente: WSJ