9 dic. 2009

Por qué la política de tipo de cambio china nos concierne a todos

por Martin Wolf

El tipo de cambio de un país no puede ser de su exclusiva incumbencia, ya que debe afectar también a sus socios comerciales. Esto se cumple especialmente en el caso de las grandes economías.

Así que, le guste o no a China, su sobregestionado régimen de tipo de cambio es de la legítima incumbencia de sus socios comerciales. El volumen de sus exportaciones es mayor que el de cualquier otro país. La libertad que da la insignificancia ha desaparecido.

Como es natural, a los chinos les molesta la presión. En la conclusión de la cumbre entre la UE y China en Najing la semana pasada, Wen Jiabao, el primer ministro chino, protestó por las demandas de que Pekín permitiese la devaluación de su divisa. Se quejó de que “algunos países quieren por una parte que el renmimbi se aprecie, pero por otra implementan un proteccionismo comercial descarado contra China.

Esto es injusto. Sus medidas son una restricción para el desarrollo de China”. El primer ministro también repitió el mantra tradicional: “Mantendremos la estabilidad del renmimbi en un nivel razonable y equilibrado”.

Podemos dar cuatro respuestas obvias a Wen. Primera, sea lo que sea lo que puedan pensar los chinos, el grado de proteccionismo frente a sus exportaciones ha sido sorprendentemente bajo, teniendo en cuenta la profundidad de la recesión. Segunda, la política de mantener un bajo tipo de cambio equivale a subvenciones y aranceles sobre las exportaciones, a una tasa fija –en otras palabras, proteccionismo–.

Tercera, después de haber acumulado 2,2 billones de dólares (1,4 billones de euros) en reservas de divisas extranjeras hasta septiembre, China ha mantenido una baja tasa de cambio, en un nivel que no se había visto en la historia de la economía mundial. Finalmente, como resultado, China ha distorsionado su propia economía y la del resto del mundo.

Su tipo de cambio real, por ejemplo, no es mayor que a principios de 1998 y se ha depreciado un 12% en los últimos siete meses, incluso pese a que China es la economía mundial de más rápido crecimiento y la que cuenta con el mayor superávit por cuenta corriente.

¿Son importantes estas políticas para China y para el resto del mundo? La respuesta es sí. Mark Carney, el gobernador del banco de Canadá, señalaba en un discurso reciente que “los grandes e insostenibles déficit por cuenta corriente en las grandes regiones económicas eran esenciales en la aparición de vulnerabilidades en muchos mercados de activos. En los últimos años, el sistema monetario internacional no ha sido capaz de fomentar ajustes económicos oportunos y ordenados”. Lleva razón.

Lo que vemos, tal y como señala Carney, es un fracaso a la hora de ajustarse a los cambios en la competitividad global que tiene desafortunados precedentes, especialmente durante los años 20 y 30, con el auge de EEUU, y, de nuevo, durante los años 60 y 70, con el ascenso de Europa y Japón. También señala: “sólo la integración de China en la economía mundial supone un impacto para el sistema mucho mayor que la emergencia de EEUU con el comienzo del pasado siglo. La cuota de China sobre el producto interior bruto mundial (PIB) ha aumentado con mayor rapidez, y su economía es mucho más abierta”.

Además, en la actualidad, el régimen de tipo de cambio gestionado de China es bastante distinto al de otras grandes economías, algo que no sucedía cuando EEUU saltó a escena. Así, el tipo de cambio gestionado de China está trasladando a otros países la presión para efectuar ajustes.

Esto ya era perjudicial antes de la crisis, pero ahora, en el periodo posterior a ella, es aún peor: algunos países avanzados, especialmente Canadá, Japón, y la eurozona, ya han apreciado importantes revalorizaciones de sus divisas. No son los únicos.

Por desgracia, como se sabe desde hace tiempo, hay dos clases de países que son inmunes a la presión externa para cambiar las políticas que afecten a los “desequilibrios” globales: una es el emisor de la divisa mundial clave; y la otra la componen los países excedentarios. Así, el actual impasse podría prolongarse durante algún tiempo. Pero los riesgos que esto generaría también son evidentes: si, por ejemplo, el superávit por cuenta corriente de China creciese nuevamente hacia el 10% del PIB, el superávit podría alcanzar los 800.000 millones de dólares, en dólares actuales, en 2018.

¿Quién podría absorber semejantes sumas? Los hogares estadounidenses están agobiados por las deudas, al igual que los de la mayoría del resto de países con grandes déficit por cuenta corriente. Ese es el motivo por el que los gobiernos son ahora los prestamistas de último recurso.

Para los países con déficit exterior, la preocupación reside en cómo reducir los déficit fiscales sin empujar nuevamente a sus economías a la recesión. Eso no será posible a menos que puedan restablecer el nivel de créditos y gastos anterior de sus sectores privados, o que disfruten de una rápida expansión de sus exportaciones netas. De las dos, la segunda es la ruta más segura para recuperar la salud. Pero esto, a su vez, sólo sucederá si los países excedentarios expanden la demanda con más rapidez que la producción potencial. China es el participante más importante en este juego.

Afortunadamente, estos ajustes interesan a largo plazo a ambas partes, China incluida. Tal y como señala un informe de la Cámara Europea, los superávit externos de China han sido consecuencia de una política errónea. El capital ha tenido un precio muy bajo durante esta década, gracias a créditos baratos y bajos impuestos sobre los beneficios corporativos, mientras que el tipo de cambio extranjero se mantuvo deliberadamente demasiado caro a través de intervenciones en las divisas.

En el proceso, los ingresos se transfirieron de los hogares a la industria. El resultado fue un extraordinario repunte de las exportaciones y de la industria pesada intensiva en capital, con poca creación de empleo. Los ingresos disponibles de los hogares cayeron a un porcentaje extremadamente bajo del PIB, mientras que las inversiones corporativas, los ahorros y los superávit por cuenta corriente se dispararon. La respuesta a corto plazo a la crisis, con el aumento del crédito y la inversión fija, pese a conseguir sostener la demanda, reforzó estas tendencias en lugar de compensarlas. Parece inevitable que se repitan los inmensos aumentos del exceso de capacidad y los superávit por cuenta corriente.

El régimen de tipo de cambio de China y sus políticas estructurales conciernen a todo el mundo. También lo hacen las políticas de otras potencias importantes. ¿Qué sucedería si los países deficitarios redujeran el gasto en relación a los ingresos mientras que sus socios comerciales mostrasen su determinación a mantener sus propios excesos de producción con respecto a los ingresos y a exportar la diferencia? Respuesta: una depresión. ¿Qué sucedería si los países deficitarios sostuvieran la demanda doméstica con masivos déficit fiscales de duración indefinida? Respuesta: una oleada de crisis fiscales.

Ninguna de las respuestas es aceptable; tenemos que cooperar y hacer ajustes. Sin ellos, el proteccionismo en los países deficitarios es inevitable. Estamos asistiendo al descarrilamiento de un tren a cámara lenta. Tenemos que evitarlo antes de que sea demasiado tarde.

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