11 may. 2010

Alemania paga los errores de cálculo de Merkel

por Wolfgang Münchau

Ha sido un fin de semana caro para Angela Merkel, tanto en el aspecto financiero como en el político. Durante meses se había deleitado con su imagen de nueva Canciller de Hierro de Alemania –“Madame No”, había llegado a denominarla la prensa francesa–.

Disfrutó de las adulaciones de los defensores de la disciplina fiscal de su propio partido y permaneció en silencio cuando la xenofobia anti Grecia estalló en Alemania. Fue un gigantesco error político que ha costado a la eurozona 750.000 millones de euros.

¿Por qué lo hizo? ¿Fue sólo a consecuencia de esas elecciones en Renania del Norte-Westfalia del pasado domingo? No lo creo, pero las elecciones tuvieron parte de culpa. El 11 de febrero, cuando Merkel firmó un acuerdo político en apoyo de Grecia, parecía vagamente posible que el gran test de los mercados de capitales no se produjera hasta mediados de mayo. Cabe la posibilidad de que calculase que el día de la verdad podría posponerse al menos hasta esa fecha.

Otro factor importante era la incierta situación legal. Los asesores de Merkel le habían advertido de que cualquier intento de ayudar a Grecia con créditos por debajo de los tipos de interés del mercado provocaría la ira del Tribunal Constitucional alemán. También esto demostró ser un error de juicio. Conocemos el escepticismo del Tribunal sobre la idea de una mayor integración europea, y ya dejó clara su opinión el año pasado en su fallo sobre el Tratado de Lisboa. Pero el Tribunal Constitucional de Alemania no es ningún insensato. Como era de esperar, desestimaron casi de inmediato la frívola demanda contra el paquete de ayuda a Grecia interpuesta por cuatro profesores euroescépticos. Si Merkel hubiese actuado en febrero, la situación legal no habría sido distinta.

Oí que se asustó cuando Dominique Strauss-Kahn, el director gerente del Fondo Monetario Internacional, y Jean-Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo viajaron a Berlín para advertirla de que el futuro de la eurozona estaba en juego. Era hora de actuar, y estuvo de acuerdo. Pero Merkel no consiguió preparar a Alemania para su radical giro, y la reacción del país fue una mezcla de confusión y perplejidad. En su discurso en el Bundestag el pasado miércoles a favor del paquete griego, la canciller desaprovechó una buena oportunidad para explicar por qué era necesario. No fue hasta el fin de semana cuando, por primera vez, defendió que salvar a la eurozona redundaba en el interés nacional de Alemania.

Para entonces, su coalición ya se encaminaba hacia una derrota en Renania del Norte-Westfalia. Como señaló el director del canal de televisión alemán ZDF, Grecia fue un factor importante en las elecciones –pero tuvo menos peso la decisión de ayudar a Grecia que las evasivas y la falta de liderazgo de Merkel–.

Escribo esta columna durante una visita a Fráncfort, y de las conversaciones que he mantenido aquí no cabe la menor duda de la falta de entusiasmo en Alemania hacia este paquete de ayuda. Lo curioso es que los alemanes, Merkel probablemente incluida, creían de verdad en la cláusula de “no rescate”. La realidad les indignó. No entendieron que el Artículo 125 del Tratado de Lisboa es esa clase de ley irrelevante hasta que se convierte en necesaria, momento en el cual su aplicación se hace imposible. Tal vez se debiera a 20 años de adoctrinamiento sobre una política orientada hacia la estabilidad, o simplemente a una pereza intelectual que llevase a la clase política, económica y legal del país a concluir que la unión monetaria podría regirse eternamente por las normas, sin la gestión política.

Aquí, en Alemania, la opinión mayoritaria es que este paquete no es una solución. Coincido en ello. ¿Cómo puede la garantía de crédito solucionar un problema de excesivo endeudamiento? Seguramente salvase a la eurozona, que de lo contrario habría estado al borde del abismo esta semana. Pero más allá de esta semana, los beneficios son menos claros. En el mejor de los casos, da la suficiente estabilidad como para permitir a España y Portugal seguir adelante con las reformas. Así que el éxito de este programa dependerá fundamentalmente de si los dos países pueden reformar sus mercados laborales, poner en orden sus sectores bancarios, mejorar la productividad y acelerar los ajustes fiscales. Deberíamos recordar que, a diferencia de Grecia, el problema en España y Portugal no es fundamentalmente fiscal, sino un excesivo endeudamiento del sector privado. La deuda privada constituye una buena parte del pasivo del Estado como consecuencia de las garantías de crédito –el resultado de otra cara cumbre europea hace dos años–. Así que, a menos que José Luis Rodríguez Zapatero vaya a presentar la madre de todos los paquetes de reforma económica, resulta difícil ver cómo va a funcionar la madre de todos los rescates.

Cuando Merkel viajó a Bruselas el viernes, llevaba un nuevo pacto de estabilidad en su bolso. Dos días después, ella y su país despertaron para darse cuenta de que la unión monetaria europea va a ser algo muy distinto de lo que habían imaginado. Me pregunto cómo va a explicarlo.

Fuente: FT