13 may. 2010

Europa no está preparada para la austeridad

por Gideon Rachman

Aunque Europa intenta ganar tiempo con el rescate de 750.000 millones de euros para blindar su moneda, a largo plazo, sus problemas persistirán. Gran parte de la Unión Europea vive por encima de sus posibilidades.

Los déficit gubernamentales se han desbordado y la deuda del sector público sigue aumentando. Si los gobiernos europeos no utilizan este nuevo respiro para controlar el gasto, el nerviosismo no tardará en apoderarse de los mercados financieros.

Lamentablemente, ni los votantes ni los políticos europeos están preparados para la época de austeridad que les espera. Siempre pensé que Europa había dado en el clavo. La idea era que EEUU fuera una superpotencia militar, que China se convirtiera en el gigante económico, mientras Europa era una superpotencia en calidad de vida.

La época en la que los imperios europeos dominaron el mundo había llegado a su fin, pero no importaba. Europa podía seguir presumiendo de contar con las ciudades más hermosas, la mejor comida y los vinos más exquisitos, de ser la cuna de la civilización occidental, de tener las vacaciones más largas y los mejores equipos de fútbol. La calidad de vida de la mayor parte de los europeos nunca había alcanzado cotas tan altas. Era una excelente estrategia, pero tenía un gran fallo: Europa no podía permitirse un retiro confortable.

La crisis financiera griega es, por desgracia, un ejemplo extremo de un problema que se extiende a toda Europa. Los inversores llevan meses mirando con recelo e inquietud los niveles de deuda y los déficit presupuestarios de España, Portugal e Irlanda. Pero incluso las cuatro principales economías de la eurozona, Reino Unido, Francia, Italia y Alemania, tampoco son inmunes a esta sensación de incertidumbre.

La deuda pública de Italia ronda el 115% del PIB. De esta cifra, el país necesita refinanciar el 20% a lo largo de este año. En cuanto a Reino Unido, su déficit presupuestario se acerca al 12% del PIB, uno de los mayores de Europa. George Osborne, que seguramente se convertirá en el ministro de Finanzas del nuevo Gobierno, ha descrito las previsiones económicas de su país como un "trabajo de ficción".

El Ejecutivo francés lleva más de tres décadas sin contar con unos presupuestos equilibrados. Y uno de los motivos del recelo que ha despertado en Alemania el rescate a Grecia es la constatación de que a su propio país le cuesta equilibrar sus cuentas. Cabe recordar que los ciudadanos de Letonia e Irlanda ya han sufrido recortes salariales y de sus pensiones, aunque se trata de dos países que no hace mucho vivieron una situación de pobreza, a la que siguió un boom insostenible. Ambos son conscientes de que en los últimos años se vivía una situación un tanto irreal.

Como ponen de manifiesto los disturbios que tienen lugar en las calles de Atenas, no todos los europeos reaccionarán de forma tan estoica a los drásticos recortes del gasto.

Muchos consideran que la jubilación anticipada, la asistencia sanitaria pública y los generosos subsidios de desempleo son derechos fundamentales. Hace mucho tiempo que dejaron de preguntarse de dónde salía el dinero para pagar tales prestaciones. Es esta sensación de derecho lo que dificulta tanto las reformas. Como ha quedado en evidencia en la campaña electoral británica, los políticos tienen una enorme reticencia a presentar al electorado las drásticas medidas que hay que poner en práctica.

No obstante, si los europeos no aceptan los planes de austeridad ahora, acabarán enfrentándose a algo mucho peor: el incumplimiento del pago de la deuda pública y el colapso del sector bancario. Para muchos europeos, ese tipo de cosas sólo pasan en América Latina. El crecimiento en tamaño y poder de la UE han contribuido a alimentar una peligrosa sensación de complacencia. Para los países del sur y centro de Europa, Bruselas era una especie de póliza de seguros a la que podían recurrir en última instancia.

Cuando entraron en la UE, parecía que la guerra, las dictaduras y la pobreza ya eran parte del pasado. Todo el mundo podría aspirar al estilo de vida relativamente confortable de franceses y alemanes. Durante muchos años, funcionó perfectamente, ya que la calidad de vida de países como España, Grecia y Polonia mejoró de forma significativa. En los últimos años, la unidad europea también se ha vendido como una póliza de seguros para los miembros fundadores de la Unión.

Tanto el presidente francés Sarkozy, como la canciller alemana Angela Merkel, hablan de una Europa protectora. Hasta ahora se creía que una Unión que englobaba a veintisiete países era lo suficientemente grande para proteger a un modelo social europeo único de las incertidumbres de la globalización. Al nivel más fundamental, la UE sí funciona como escudo protector.

No obstante, aunque los europeos ya no se sientan amenazados por los ejércitos extranjeros, comienzan a sentir respeto por los tenedores de bonos extranjeros. La superpotencia en calidad de vida que es Europa ha funcionado gracias a un importante flujo de créditos. El último plan de rescate es la última línea de crédito a gran escala para los gobiernos europeos que puedan necesitarla.

Pero, por mucho que se hable de la solidaridad paneuropea, uno de los costes de este crédito será un drástico aumento de las tensiones políticas en el seno de la UE. En Grecia ya se lamentan por haber perdido soberanía nacional y Alemania se queja por la cuantía de los rescates de los irresponsables países del sur de Europa. La semana pasada, me entrevistaba con un alto cargo de Bruselas que lamentaba las duras recriminaciones entre griegos y alemanes y la forma en la que la crisis "ha enfrentado a algunos países".

Eso, en su opinión, es lo más parecido a una guerra en la Europa actual. Esperemos que así sea, porque los europeos se están dando cuenta de que el "proyecto europeo" no les protege de los rigores del mundo exterior. Las cosas todavía pueden empeorar, incluso en el seno de la Unión Europea.

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