30 abr. 2010

Por qué una reforma prudente es la opción arriesgada

por Martin Wolf

Los estadounidenses están obsesionados con la demanda lanzada por la Comisión del Mercado de Valores contra Goldman Sachs. Por fin, esperan muchos, los malhechores recibirán su castigo. Pero este deseo no capta lo esencial. El problema es más lo que está permitido que evitar lo que no lo está.

Con esto no quiero decir que no hubiera muchas actuaciones fraudulentas detrás de la crisis financiera. Tal y como escribió John Kenneth Galbraith, la “malversación de fondos” siempre aumenta en épocas de bonanza. Pero la verdadera catástrofe, tal y como expuse la semana pasada, es el riesgo que asumieron los participantes que trabajaban legalmente dentro del sistema.

El papel de las grandes entidades es, obviamente, problemático: son, al mismo tiempo, el casino, los grandes apostantes de las mesas de juego, los agentes del resto de jugadores y, si la situación se tuerce, los beneficiarios de responsabilidades limitadas y rescates gubernamentales implícitos y explícitos. Es una garantía para que se repita la catástrofe. Bajo el patrón oro, la escala de los rescates fue limitada. En un sistema de moneda fiduciaria [no respaldada por reservas físicas], no existe semejante límite, hasta que el valor del dinero se colapsa.

¿Qué soluciones existen? Empecemos con lo mínimo que sería necesario para hacer más creíble una mayor estabilidad.

Una solución obvia es la de volver a un sistema bancario oligopolista y estrictamente regulado. Este es el tipo de sistema del que ha disfrutado Canadá. Pero es pesado. También es incoherente con la globalización. El acceso de los residentes a la financiación extranjera y de las entidades domésticas al riesgo exterior hace inestables este tipo de cárteles.

La alternativa, así, sería la de intentar hacer que el actual sistema sea seguro. Para ello, tendríamos que dar una mayor solidez a las entidades y a las conexiones entre ellas, mejorar la calidad de la información y motivar a los participantes para que sean menos despreocupados. Habría siete puntos fundamentales.

Primero, aumentar los requisitos de capital. Hay muchas situaciones imaginables en las que las entidades con sus actuales niveles de apalancamiento serían insolventes. Los ratios de apalancamiento de 30 a 1 son peligrosos. Tres a uno parece una proporción más sensata.

Segundo, las entidades también deben disponer de sustanciales deudas que puedan convertirse en capital, o tratarse como si lo fueran, en un proceso de quiebra. Es una condición necesaria para las entidades problemáticas. Lo sucedido tras el colapso de Lehman demostró que los procesos de bancarrota habituales no sirven para los grupos complejos.

Tercero, dar a los requisitos de capital un fuerte carácter anticíclico.

Cuarto, garantizar que los bancos conservan una importante cantidad de activos de fácil valoración por los prestamistas de último recurso.

Quinto, modificar los incentivos dentro de las firmas. Los gestores de las entidades con problemas deberían recibir sus bonus en acciones que no puedan vender hasta varios años después de haberlas abandonado. Si eso reduce el número de agresivos tomadores de riesgo, mejor que mejor. Las medidas también deben aplicarse a otros empleados. De lo contrario, resulta muy fácil obtener enormes beneficios con estrategias comerciales con una alta probabilidad de estallar.

Sexto, imponer requisitos de capital y de colateral mucho más altos frente al comercio de derivados. Todas estas actividades deben llevarse a las bolsas. Sí, se ralentizaría la innovación, pero cuando los costes de esta los asumen otros, tiene todo el sentido del mundo.

Séptimo, mejorar radicalmente la calidad de la información disponible. Es de especial importancia un cambio en el pago a las agencias de ráting. Al ofrecer un servicio público, tienen que estar financiadas por un impuesto general.

¿Mejoraría con todo ello el sistema? Sí. Pero el sistema financiero seguiría siendo una máquina de desastres. Hay tres problemas. Primero, no existe una base sensata para decidir la cantidad de capital necesaria. Segundo, tal y como señala Andy Haldane, del Banco de Inglaterra, “los riesgos potencialmente dañinos dentro del sistema financiero no los determina Dios, sino el hombre”. Resulta rentable asumir riesgos cuyos beneficios van a parar a tu bolsillo pero cuyos inconvenientes los sufren otros. Así que, cuanto más seguro intenten hacer los reguladores el sistema, más riesgo podrá asumir este. Finalmente, resulta fácil crear el riesgo deseado mediante el arbitraje regulatorio. Eso es precisamente lo que hizo el “sistema bancario en la sombra”.

Entonces, ¿qué más podría intentarse? Una reforma estructural. Hay tres propuestas sobre la mesa.

La primera, de Paul Volcker, es la de prohibir el comercio con capital propio por parte de las entidades aseguradas. Si esto fuera posible (que lo dudo), debería hacerse.

La segunda, de mi colega John Kay, entre otros, apoya la “banca limitada” (narrow banking), bajo la que las entidades receptoras de depósitos estarían seguras, pero el resto del mundo estaría poco regulado. Sigo sin creer que el Gobierno pudiera ignorar cómo funciona (o, más bien, cómo no funciona) el sistema de creación de créditos. Nadie planeaba rescatar a los fondos del mercado monetario. Sin embargo, durante la crisis, fueron salvados igualmente.

La tercera propuesta la plantea Laurence Kotlikoff de la Universidad de Boston en su nuevo libro, La banca de propósito limitado. Me gusta esta idea. En esencia, lo que viene a decir es que no puedes jugar con el dinero de otros, porque, si pierdes, el Estado se verá obligado a pagar. Así que, en lugar de tener entidades poco capitalizadas que asuman riesgos con los créditos de los balances, los grupos financieros se convertirían en fondos de inversión. El riesgo lo asumirían clara y explícitamente los hogares que, en cualquier caso, poseen todo el capital. En este mundo, los intermediarios financieros no deberían fingir que pueden cumplir con sus obligaciones porque, en muchas regiones del mundo, sencillamente no pueden.

Nada de lo dicho resuelve por completo el gran problema de garantizar una mayor estabilidad macroeconómica: pero un sistema financiero menos inestable seguramente facilitaría las cosas. Tampoco soluciona la cuestión de la coordinación internacional: en una economía mundial abierta, sin controles del cambio, resulta difícil garantizar la estabilidad sólo en un país. Finalmente, ninguna de las propuestas aborda el problema obvio de la transición de lo que tenemos en la actualidad a un sistema más sano.

Pese a todo, esta discusión deja dos cosas claras. La primera es que conseguir que cualquier cosa parecida al actual sistema sea más segura requiere cambios radicales en las reglas. No basta una supervisión más estrecha. Los incentivos tienen que cambiar por completo. La segunda es que un sistema financiero en el que los intermediarios asuman los riesgos en su propia contabilidad es intrínsecamente inestable. Es muy probable que cometan los mismos errores juntos, generando pánico y poniendo en peligro al sistema, con consecuencias económicas devastadoras. Este es el talón de Aquiles de las economías de mercado. Se nos ha puesto sobre aviso. La próxima vez, será una catástrofe para las dañadas economías desarrolladas.

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