4 ene. 2011

El pacto que estrechó la Unión Europea

Por Charles Forelle, David Gauthier-Villars, Brian Blackstone y David Enrich

DEAUVILLE, Francia—El 18 de octubre Angela Merkel y Nicolas Sarkozy dieron un paseo al atardecer en la playa de este elegante resort. Cinco meses antes, Europa se había comprometido a desembolsar US$100.000 millones apara rescatar a Grecia. Ahora, la crisis de deuda del continente se estaba trasladando a Irlanda y a la canciller alemana le preocupaba que Berlín terminara pagando la cuenta de este y futuros rescates.

"Angela, te voy a ayudar", le dijo el presidente francés. Los dos líderes europeos tenían un arriesgado plan: el pacto de Deauville, sellado esa misma noche, establecía que los inversionistas con bonos en países insolventes de la zona euro tendrían que asumir pérdidas sobre ellos a partir de 2013. Eso inculcaría disciplina en los países derrochadores, pero también implicaba que un país de Europa Occidental podría declararse en moratoria. Eso no ha ocurrido en medio siglo y la mera sugerencia sacudiría los mercados, advirtieron los propios asesores de Sarkozy.

Con el pacto, también se arriesgaban a enfurecer al Banco Central Europeo (BCE). Su presidente, Jean-Claude Trichet, de 68 años, había pasado los últimos meses tratando de restaurar la confianza de los inversionistas en la zona euro. Era el banco central el que prácticamente estaba manteniendo a flote a Irlanda y sus alicaídos bancos. Esa tarea se volvería aún más onerosa bajo el pacto de Merkel y Sarkozy, que amenazaba con socavar la propia unión monetaria.

Este recuento de The Wall Street Journal —basado en decenas de entrevistas con funcionarios europeos— ilustra cómo el pacto de Deauville desencadenó una serie de eventos que finalmente llevó a que los líderes de los 16 países que integran la eurozona se vieran atrapados en una unión aún más estrecha.

A medida que los mercados se hundían como consecuencia del pacto, el BCE endureció su posición frente a Irlanda. Amenazó con cerrar el grifo de préstamos de emergencia para Dublín e incrementó la presión sobre el presidente del banco central irlandés para que convenciera al país a aceptar un rescate.

El acuerdo ha tenido el efecto imprevisto de obligar a Europa a adoptar medidas a favor de una mayor cooperación económica y política. En las últimas semanas, los gobiernos europeos han creado un fondo de rescate permanente para lidiar con los países azotados por la crisis. También han considerado recaudar dinero colectivamente mediante bonos europeos, lo que crearía un mercado de bonos similar a los bonos del Tesoro de Estados Unidos.

Desde que se estableció la Unión Europea en 1957, los economistas han advertido que la unión monetaria, sin una autoridad paralela que regule los impuestos y gastos, estaba destinada al fracaso porque no había forma de imponer la disciplina fiscal que requería una moneda saludable. Ahora, los líderes del continente contemplan una idea a la que se siempre se habían resistido: unos Estados Unidos de Europa.

"La crisis ha mostrado que el proceso de construcción de una nación europea es necesario", dijo el ministro de Economía italiano, Giulio Tremonti. "Llevará tiempo, pero no es imposible dar marcha atrás al reloj".

Los cambios distan de ser el salto drástico en medidas fiscales más severas que Trichet urgió hace meses. Además, estos gobiernos podrían volver a caer en la complacencia si los mercados se calman. Su resistencia será puesta a prueba ahora en medio de las crecientes preocupaciones sobre la solvencia de Portugal y España.

Tras rescatar a Grecia en mayo, los líderes europeos intentaron acabar con la crisis de deuda creando un fondo de rescate de US$1 billón (millón de millones) para garantizar a los mercados que Europa podía cuidar de sí misma. Durante un tiempo, funcionó, pero en octubre, empezó a formarse una gran nube sobre Irlanda.

Dos crisis diferentes

Si la crisis de Grecia se originó en sus finanzas públicas, la de Irlanda se gestó en sus bancos. Habían alimentado una burbuja inmobiliaria sin igual en Europa Occidental. Desde que estalló en 2007, los inversionistas dejaron de confiar en los bancos irlandeses. En una arriesgada apuesta que acabaría saliendo cara, Dublín garantizó en 2008 que los ahorradores e inversionistas no incurrirían en pérdidas si los bancos se hundían. A medida que se acumulaban los problemas de los bancos, el gobierno se vio obligado a inyectar miles de millones de euros para mantenerlos a flote. A mediados de año la situación era tan crítica, que el BCE tuvo que intervenir. Para agosto había prestado 60.000 millones a los bancos irlandeses, más de un tercio que la producción económica anual del país. En agosto y septiembre, ahorradores e inversionistas espantados retiraron su dinero, con lo que los bancos se volvieron aún más desesperados por encontrar efectivo.

El destino de Irlanda estaba al borde del abismo. Brian Lenihan, el ministro de Finanzas de Irlanda, buscaba maneras de ajustar el presupuesto de Irlanda mientras de la crisis empeoraba. El 24 de septiembre, los préstamos del BCE a los bancos irlandeses llegaron a US$83.000 millones. Fue una época de "gimnasia financiera", según un banquero irlandés.

Para mediados de octubre, el BCE y los gobiernos europeos sabían que tenían al candidato para el segundo rescate.

Eso colocó a Merkel en una situación delicada. La canciller enfrentaba una presión creciente en su país para limitar lo que los alemanes tendrían que desembolsar para salvar a sus vecinos. La funcionaria quería que las multas para los países con déficits excesivos fueran automáticas, en vez de depender de una votación de otros gobiernos europeos, una práctica que, según ella, dejaba escapar a los responsables sin castigo.

Pero, para imponer cambios contundentes en la UE, Merkel sabía que necesitaba el apoyo de Francia. El 18 de octubre, los ministros de Finanzas se reunieron en Luxemburgo para tratar de resolver el impasse. Sólo dos, los representantes de Francia y Alemania, sabían que el pacto realmente significativo se estaba negociando a muchos kilómetros, en Deauville.

En ese encuentro, ambos líderes sabían que el proyecto europeo corría peligro si no lograban superar sus viejas diferencias. Merkel propuso un acuerdo: Alemania no exigiría las sanciones automáticas, pero a cambio, quería que Francia la apoyara en una idea: en el futuro, si un país de la zona euro necesitaba un rescate, sus bonistas deberían aceptar una reducción de lo que se les debía.

El pacto de Deauville golpeó a Luxemburgo como una bomba. No era solo que Francia y Alemania habían decidido que los acreedores privados podrían perder su dinero, sino también que el acuerdo se había pactado a sus espaldas. "Van a destruir el euro", gritó Trichet, en francés a la delegación de Francia, según fuentes presentes.

Los mercados se revolucionaron. Los inversionistas huyeron de los bonos irlandeses y otras economías europeas débiles. Alienada de los mercados de deuda, Irlanda se enfrentaba a la quiebra.

El 9 de noviembre, Olli Rehn, el comisario de Asuntos Económicos de la UE, transmitió una severa advertencia de Trichet a los banqueros irlandeses. "El grado de exposición del BCE a los bancos irlandeses es insostenible", les dijo Rehn a un grupo de funcionarios en Dublín. En palabras de banquero, la amenaza estaba clara: Trichet estaba dispuesto a cerrar el grifo de ayuda para Irlanda.

Pero el 18 de noviembre, durante la reunión mensual en la sede del BCE, los bancos centrales de Europa le plantearon un ultimátum a su par irlandés, Patrick Honohan. El BCE no dejaría que Irlanda recurriera a su programa de emergencia si no aceptaba el rescate. Ese fin de semana, Irlanda pidió formalmente el dinero. El 28 de noviembre, los ministros de Finanzas aprobaron un paquete de rescate de 67.500 millones de euros para Irlanda.

Con todo, los acuerdos dejaron un cabo suelto: Portugal. Lisboa es vista por muchos como la siguiente en la fila para un rescate, debido a su abultado déficit fiscal y un crecimiento económico crónicamente débil.

Este año, el debate sobre el futuro de Europa continuará. El deseo de la soberanía nacional se enfrentará a la necesidad de mayor coordinación. Si la unión fracasa, argumentan algunos líderes europeos, el euro podría sufrir las consecuencias.

"El euro es nuestro destino común y Europa es nuestro destino común", le dijo Merkel al parlamento alemán este mes.

—Marcus Walter y Adam Mitchell contribuyeron a este artículo.