19 may. 2011

Las divergencias para sacar a Grecia de la crisis

Por David Wessel

Cuando estaba en la escuela primaria, los maestros de matemáticas amaban los diagramas de Venn, esos círculos superpuestos que mostraban los elementos en común que tenían diferentes conjuntos. Pregúnteles a funcionarios europeos y cada uno esbozará alguna forma de solucionar la crisis de la deuda griega. Sin embargo, sus círculos no se superponen.

Esta es la historia hasta el momento: Grecia mintió para entrar a la zona euro, y como podía tomar prestado en la moneda común pudo sobreendeudarse. Ahora, no puede pagar la cuenta. Hace un año, el resto de Europa y el Fondo Monetario Internacional le prestaron a Grecia 110.000 millones de euros (US$155.000 millones) para sobrellevar la situación. Ese crédito se basaba en un plan que resultó ser excesivamente optimista.

Grecia se ajustó mucho el cinturón, aunque no todo lo que había prometido. Su economía empeoró, lo que implicó una menor recaudación fiscal. Todo eso produjo un déficit más grande e implica que Grecia necesita más dinero y es poco probable que lo obtenga del mercado, como se esperaba inicialmente. Pocos analistas ven alguna forma de que la economía griega pueda crecer y su gobierno adelgazar de una manera lo suficientemente rápida como para pagar sus deudas a tiempo.

Si Grecia fuera un cliente común del FMI, podría prometer que lo hará mejor y el mundo dejaría de preocuparse. Pero Grecia comparte el euro por lo que dista de ser un cliente ordinario. Entre otras cosas, ya no tiene su propio banco central para imprimir dinero para financiar al gobierno. Y como lo que ocurre en Grecia no se queda en Grecia, lo que está en juego es algo mayor que cuando Argentina o Uruguay incumplieron sus deudas, no solamente para otros países de la zona euro sino para el resto del mundo, dada la virulencia de los virus financieros.

Estos son los círculos que no se superponen:

Grecia dice que necesita dinero, y dice que su gente no puede hacer más conseciones. El FMI no mantendrá el dinero fluyendo a menos que Europa también se meta la mano al bolsillo. Alemania dijo que no prestará más sin un cambio contundente, como podría ser obligar a los tenedores de bonos de Grecia y a los banqueros a cobrar menos de lo que se les prometió, o al menos a esperar más para que se les pague. El Banco Central Europeo objeta y amenaza con negarse a aceptar valores del gobierno griego como garantía para préstamos a bancos. Lorenzo Bini Smaghi, del consejo del BCE, dice que una reestructuración equivale a pedirle a Grecia que se suicide.

Pero los mercados y muchos economistas privados ven pocas posibilidades de que Grecia sea capaz de pagar sus deudas como prometió, y esa es la razón por la que los rendimientos de los bonos de ese país a 10 años están a casi 16%.

Las afirmaciones de los funcionarios griegos y europeos en sentido contrario no ayudan a cambiar la opinión de los mercados. En su lugar, están socavando la credibilidad de los funcionarios. Cuando un funcionario dice con firmeza que Grecia puede evitar la reestructuración; ¿por qué habría que creer en sus garantías sobre España?

Grecia supone que el resto de Europa teme el daño colateral —sobre Portugal, Irlanda, quizás España— si entra en cesación de pagos y lo está aprovechando.

El FMI sabe que si aparece como dándole a Europa un tratamiento especial será tomado como una provocación (con buenas razones) por parte de sus accionistas de los mercados emergentes que han aceptado duras condiciones para tomar prestado del Fondo.

El gobierno alemán teme la ira de los votantes si más dinero de los contribuyentes germanos es enviado a los derrochadores griegos sin aplicar algún castigo ya sea a Grecia o a sus acreedores, sin considerar que los bancos alemanes se destacan entre ellos. Los políticos que simpatizan con el euro dicen que a pesar de los números, no pueden ignorar a los cada vez más populistas enojados que cuentan con el respaldo de votantes a quienes les preocupan los rescates.

Y ahora todo esto es mucho más difícil de resolver con el arresto de Dominique Strauss-Kahn, que, hasta la noche del sábado, era un embajador diplomático para las capitales europeas a las que viajaba en busca de compromisos.

Al final, como ocurre frecuentemente con las crisis financieras, la solución no está en los números sino en la política, en encontrar una forma que permita que cada parte mantenga su prestigio a salvo al obtener concesiones o descubrir un liderazgo político que hasta ahora no ha aparecido.

"La política no es el arte de lo posible", escribió el economista John Kenneth Galbraith hace 50 años en una carta al presidente estadounidense John F. Kennedy, contradiciendo el aforismo del canciller alemán Otto von Bismarck. "Consiste en elegir entre lo desastroso y lo desagradable".

Fuente: WSJ