6 may. 2010

El rescate a Grecia es sólo el principio

por Martin Wolf

A grandes males, grandes remedios. Después de meses de retraso, la eurozona ha presentado un enorme plan de ayudas para Grecia. Al contar con la intervención del FMI, a petición de Alemania, se han obtenido algunos recursos extraordinarios y un mejor programa. Pero, ¿funcionará? Por desgracia, tengo mis dudas.

¿En qué consiste el programa? En términos generales, es una ayuda de 110.000 millones de euros, el equivalente a algo más de un tercio de la deuda pendiente que tiene Grecia. El FMI aportará 30.000 millones de euros de esa cantidad, mucho más de lo permitido en estos casos, y el resto de la ayuda, correrá a cargo de la eurozona. Esto debería ser suficiente para que Grecia no tenga que recurrir a los mercados durante más de dos años.

A cambio, Grecia se ha comprometido a poner en marcha un plan de consolidación fiscal del 11% del PIB en un plazo de tres años, con objeto de alcanzar un déficit del 3% para 2014, frente al 13,6% registrado en 2009. Grecia prevé ahorrar 30.000 millones de euros con su plan de austeridad, que incluye recortes salariales y de las pensiones, una posterior congelación salarial durante tres años y la supresión de las pagas extraordinarias. Las medidas fiscales reduciría el déficit en 4 puntos porcentuales del PIB. Aún así, las previsiones apuntan a que la deuda pública supere el 150% del PIB.

En los aspectos más importantes, el programa es mucho más realista que su predecesor intraeuropeo. Atrás quedaron los sueños que auguraban una suave contracción de la economía en 2010, a la que seguiría un nivel de crecimiento estable. El nuevo programa contempla una caída acumulada del PIB que ronda el 8%, aunque esas expectativas no son, ni mucho menos, precisas. Además, el plan anterior se creó contando con que Grecia reduciría su déficit presupuestario a menos del 3% del PIB a finales de 2012. El nuevo ha pospuesto ese objetivo hasta 2014.

Merece la pena destacar otros dos aspectos del nuevo programa: primero, no habrá reestructuración de la deuda. Segundo, el BCE ha decidido suspender la aplicación del umbral mínimo de rating crediticio aceptado como colateral dentro de las operaciones crediticias del Eurosistema en el caso de los instrumentos de deuda emitidos por el Gobierno de Grecia. Pero ¿se ajusta el programa a las necesidades de Grecia y a las de la eurozona? Sí y no en ambos casos.

Comencemos con Grecia. Ahora mismo no tiene acceso a los mercados. Por tanto, la alternativa a este plan de rescate, (con independencia de que se pueda o no poner en práctica) sería la quiebra. El país incurriría en un impago de los intereses de la deuda, pero cerraría su déficit fiscal primario, de entre el 9% y el 10%, de inmediato. Esta situación sería mucho más drástica de la que tendrá Grecia a partir de ahora. Además, su sistema bancario se colapsaría como consecuencia del impago de la deuda. El país hace bien en intentar ganar tiempo para eliminar su déficit primario de forma más gradual.

No obstante, cuesta trabajo creer que Grecia pueda evitar la reestructuración fiscal. Supongamos que, de momento, todo marcha según lo esperado. Y pensemos también, que el interés medio de la deuda griega a largo plazo acaba siendo del 5%. El país tendría entonces un superávit primario del 4,5% del PIB, con unos ingresos del 7,5% del PIB dedicados al pago de los intereses. ¿Soportarían los ciudadanos griegos esa pesada carga año tras año?

En segundo lugar, incluso las nuevas previsiones del FMI se me antojan demasiado optimistas. Con el duro plan de austeridad que deberá acometer el país, y dada la ausencia de compensaciones en materia monetaria, todo apunta a que Grecia se verá inmersa en una prolongada recesión. ¿Ayudarían en algo las reformas estructurales? No, a menos que aporten una drástica caída de los costes laborales unitarios, dado que Grecia necesitará un aumento prolongado de las exportaciones netas para compensar los ajustes fiscales. La alternativa sería una amplia expansión del déficit financiero del sector privado griego, lo que parece inconcebible. Además, si cayeran los salarios nominales, la deuda superaría las peores previsiones.

Como apuntaba hace poco Willem Buiter, economista jefe de Citigroup, otros países con rentas altas, como Canadá (1994-98), Suecia (1993-98) y Nueva Zelanda (1990-94), han emprendido con éxito programas de consolidación fiscal. No obstante, las condiciones de partida eran mucho más favorables. A Grecia se le está pidiendo que haga como América Latina en la década de los ochenta. Eso supuso una década perdida y, al final, los beneficiados fueron los acreedores extranjeros. Además, ¿quién sustituirá a los actuales acreedores? Este plan mantendrá a Grecia alejada de los mercados durante unos cuantos años. Se necesitará más dinero si la reestructuración de la deuda se descarta de forma imprudente. Para otros miembros de la eurozona, el programa evita una conmoción inmediata de los frágiles sistemas financieros.

Abiertamente, es un rescate de Grecia, aunque encubiertamente estemos ante un rescate bancario. No queda claro, sin embargo, que el plan ayude a otros miembros que también están en el punto de mira. Los inversores bien podrían pensar que la magnitud del plan de rescate de un país pequeño como Grecia y los obstáculos para su aprobación, sobre todo por parte de Alemania, dificultarían enormemente la puesta en práctica de otros programas similares. Podría, por tanto, pensarse que otros miembros de la eurozona no contarán con estas ayudas. Por el momento, ningún país atraviesa una situación tan grave como la de Grecia, aunque algunos tienen ya déficit fiscales insostenibles y su nivel de endeudamiento aumenta a velocidades de vértigo. En este sentido, su situación no es muy distinta a la de Reino Unido y EEUU, pero no cuentan con las mismas alternativas políticas de estos dos países.

En resumen, esta historia no acaba aquí. La eurozona ha extraído dos conclusiones: primera, o permite impagos de deuda soberana, por complicados que resulten, o crea una verdadera unión fiscal, con una férrea disciplina y fondos necesarios que respalden los ajustes de las economías en peores condiciones. Buiter es partidario de un Fondo Monetario Europeo de 2 billones de dólares; la segunda conclusión es que, si la eurozona está dispuesta a sobrevivir con una demanda prácticamente paralizada, se abrirá un escenario marcado por una política proteccionista de desinflación competitiva, que dependerá cada vez más de los mercados mundiales. A pocos les gustaría este resultado. La crisis a la que estamos asistiendo no hace más que confirmar la sabiduría de los que siempre pensaron que el euro era un proyecto muy arriesgado. Estas noticias no deberían resultar sorprendentes. Al contrario, podían haberse previsto.

El temor a que el hecho de unir países tan diversos aumentaría las tensiones, en lugar de reducirlas, también parece haberse confirmado: no hay más que ver el sentimiento antieuropeo que hay ahora mismo en Alemania. Ahora que la eurozona se ha creado, debe funcionar. El intento de rescate a Grecia sólo es el comienzo de la historia. Todavía queda mucho por hacer como respuesta a esta crisis y para reformar la propia eurozona en un futuro no muy lejano.

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